Saturday, May 03, 2008

YO, FRANCO. Vigentes refutaciones al aseo del domingo

Ya los oigo: marrano, cochino, puerco, ¡guarro!, los españoles. Ya los refuto: embusteros, el domingo, día de culto es, como se sabe desde el principio, jornada de suicidas y de tristeza. Los lunes podrán acudir presurosos a la fragua pero el miércoles ya no sabrán si ser pecado carnal o borrachera aunque se hayan lavado con matinal rigor la entrepierna, los pies, las axilas, el guargüero, pastilla de jabón y enjuagues germánicos mediante, raya en medio o a un costado, ropa de calle almidonada y compaginada, esencia de París o New York. El sábado lo reservarán al ocio, la sala de cine, los centros comerciales, el circo, la variedad, la penumbra de la libido y de la borrachera, baño de apenas un par de minutos a las once o a las diez de la mañana, el resto oficios desganados e inciertos: poca compostura en el vestir, poco afán en el perfume y poco atildamiento en la toilette en general. La máscara de urbanus perdurará hasta ese día, el sábado, gastada e inconsistente, disfraz requerido por el trajín y los pálpitos perturbadores del deseo. Pero el domingo, ¿tendrá razón de ser enjuague alguno? Si el verdadero desenlace de la vida ocurre entre cuatro paredes, en el domicilio y la habitación, si el domingo es día de concentración exclusiva en esta guerra: ¿para qué bañarse?

Acicalarse tampoco: el domingo somos los que somos o así debiera. Si el baño diario es cosa nueva —no quieran persuadir al prójimo de que nacieron limpios, el eufemismo de la limpieza consuetudinaria no tendrá más de treinta años. Antes fueron más consecuentes los vecinos, más friolentos ante el aire del páramo, más pobres también, hecho que demuestra la excepcional existencia de baños calientes, establecimientos públicos abiertos pocos días a la semana que brindaban servicio de agua caliente por luz solar u horno de carbón, y permitían enjuague semanal al tendero y al talabartero—, si el aseo diario es reciente, el baño dominguero lo es más aún, cosa infrecuente, herética y procaz.

¿Cuál será la diferencia en nuestras consecuciones si incurrimos en el baño del domingo? No más que nos consideren falaces cuando todas las necesidades de la convivencia humana expidieron ya, y no tenemos más que vernos con el fuego interno, verdadera razón de la existencia. Bañarse los domingos es cosa de almas demoníacas, derrochadoras e insólitas, almas que se resisten a la verdad de la vida y su vaivén, almas que no aprecian el sabor del ocio y la vagancia. Si no, pregúntenle a Joyce que bien sabía de estas cosas. ¿O acaso desconocen que Joyce, el gran Joyce, no se bañaba nunca? Buena falta le hacía, tan preocupado iba con Leopold y Molly y Stephen Dedalus y la odisea inmunda del ser. No iban a persuadirlo con perfumitos y paños tibios. Un buen ataque a sobaco dominguero: ¡eso es principio de una gran literatura!

El resto que aguarde sobre el andén, de amarillo y bombín, bigotito a lo Dalí, sombrilla mojigata y pañuelo bordado de dama. Pobres domingueros, almas pobres, almas de tontos y enmascarados mortales.

Yo, hiedo. —

3 comments:

Doug said...

Cochino.

Hiruc said...

Shakira tampoco se baña los domingos. Tal vez por eso tenga en cuenta siempre –por esta manía de dar la contra– que no bañarse los domingos implica una directa asociación con la contracultura del pop enlatado. Yo sí me baño los domingos y, lejos de considerarlo perverso, me mantiene atento a no caer en aquel espacio que tanto me empeño en rechazar. A mí me pasa distinto... bañarme los domingos me limpia de los tabúes de las estúpidas masas.

Doug said...

yo sí me baño los domingos. de hecho, es el único día en que me baño, aunque no me haga falta. eso sí, las estúpidas masas me dan problemas, especialmente en ciertos lugares que no voy a nombrar.


salud.