Tuesday, August 07, 2007

Michelangelo Antonioni: el director del viento


Por Francisco X. Estrella

“El único director capaz de filmar el viento”, se dijo de él. Ha muerto Antonioni este lunes 30 de julio, en su casa de Roma, en compañía de su esposa Enrica. Ha muerto el director que convirtió el cine en literatura, el hombre que hizo de la cámara un alma. Como corresponde a los verdaderos artistas, el que ha muerto procuró desaparecer tras su obra, dejar que los elementos hablen con su usual carga de tragedia, mientras él, la boca de una forma de naturaleza, los ojos de una variedad humana, permaneció estático y quedó mudo. El tiempo con su capacidad ineluctable y sinuosa cerró la vida de Antonioni con silencio, silencio para el maestro del silencio, espejo de su obra. Después de callar, Antonioni, las hojas del árbol, exhaló.

Se recordará al hombre como aquel que tejió con la cámara una red con todos los conflictos dignos de ser dichos, los únicos que pueden decirse: los del corazón. Se dirá que el hombre tomó las herramientas de un arte ya fenecido —el cine—, los recursos gastados de un arte que no es más que una técnica, arte que no es arte. Lo asombroso, lo raro, es que este hombre hizo del artificio, de esos pedazos robados a otras artes, de los soportes mismos, toscos e inútiles, una coda del espíritu. Podemos advertirlo en cualquiera de sus cintas, La aventura, El grito, El eclipse, podemos ser cautivos de la pureza de los elementos a través de un crisol cinemático, a través del movimiento de las cosas. Lo raro —tal es la cualidad de algún arte: la rareza— es que ante todo el cine de este hombre fue morosidad, cansancio, movimiento desgraciado de las cosas, palabras alejándose de las cosas. Movimiento al borde de la estática, movimiento de la muerte, estatuario Antonioni.

Michelangelo Antonioni ratificó por vez enésima que el mundo es inútil, una esfera sin amor, un error. Y si es un error, una excreta: ¿qué queda por hacer en el mundo? ¿Aceptarlo en su apariencia, fenómeno, máscara, resignarnos a su espacio en que la voz nunca dice ni es, navegar en el hogar del equívoco? Son las parejas, los matrimonios, los esqueletos del amor quienes responden en estas cintas: parejas de ilusión que pugnan por zafarse, por desatar el nudo, parejas vencidas, deshechas, viejas, que no admiten el fracaso de la única lengua que pudo redimir al hombre de su pecado original. El artista, el camarógrafo, observa las palabras vaciadas de su interés intrínseco, es decir, de su sentido y deja estar a sus seres, congelados. Los finales de El eclipse y de La noche hablan de lo que no se dice, de lo que nunca se ha dicho, de esto. De la desintegración viva.

“Que morir tenemos”, me ha dicho el poeta Carvajal cuando le notifiqué la noticia del deceso. Tres palabras sabias. Mientras tanto, nosotros, vivos, permanecemos. Vivos no, existentes. Aunque no dejo de sentir una viva opresión en el pecho al recordar el rostro de Antonioni, tan gallardo, tan antiguo, entreverado siempre con un fotograma o una secuencia de sus filmes o acaso con la silueta de Monica Vitti, su actriz. Aunque yo muerto, existente nada más, su fin me golpea como si alguna vez hubiese vivido y lo hubiese podido sentir en una época que colapsa: la del cine.