Thursday, January 03, 2008

YO, FRANCO: Los mudos


—La música nunca nos conducirá a la verdad, no es ese su propósito: la música nos apartará, nos alejará, nos extrañará. Detenernos y escucharla es anular la vida, el flujo de la sangre, la vejez de la carne. Oírla es dar la espalda a la vida, abrir la puerta a nuestra antigüedad.

Quien habla no es otro que Daniel, melómano y frustrado, solitario. Daniel habita, cómo explicarlo… un eterno carmesí. Ahora retira delicadamente el extraño Remain in Light con esa canción aún más rara, Listening Wind, pero se la lleva en la cabeza y añora el viento sobre el césped, su paz de sepelio, las inglesas hojas. Daniel nunca ha salido de casa, nunca ha viajado, nunca ha vivido.

El carmesí.

Sobre la repisa apila los álbumes de cantantes franceses e ingleses y las sinfonías de algunos maestros. Algo místico ocurre cada vez que retira el celofán y coloca el vinilo en el tocadiscos, algo religioso, individual e inhumano, algo metálico y plástico. Nunca llegaré a una satisfactoria conclusión sobre qué es.

Daniel encerrado en su estudio en La Floresta escucha la lluvia ligera y una bocina algo afónica mientras The Overload azota los postigos. De pronto una imagen: en el punto de partida el hombre, en la tiza de llegada la belleza y Daniel corre agobiado por el disparo. En el aire se disgregan las notas agolpadas, furtivas, abarrotadas de su cabeza. Si Daniel escribiese, cada lugar sería una palabra, un episodio. Pero en él hay notas y silencios: —La música es la forma que resguarda el silencio, la cerca que lo protege de la invasión del sonido—. O ésta: —la música es la forma de la forma—. La mente de Daniel.

Daniel camina a la repisa: Mahler aparejado de Oldfield, Tchaikovski cerca de Gilmour, Yves Montand en Syracuse, Grace Jones en Libertango, la cerveza derramada sobre la mesa esponja los recortes de periódico, los anuncios de las revistas, los libros, sus lomos. La belleza persiste estática al final de la pista recortada sobre el horizonte amarillo. El muchacho corre como la liebre que huye de su escopeta. En sus patas, manchas de sonido.

La música es la forma de la forma. Una mañana salpicada por diminutas y húmedas gotas de niebla encuentro a Daniel en la puerta de mi casa. Su rostro pecoso filtra el sudor caliente que resbala de su frente. Ahora lo sorprendo: abandonó la palabra a mejor tiempo, se ha quedado mudo. Me mira con sus ojos de ardilla, la boca abierta como si hubiese engullido una pelota de golf, la boca de lobo sin ruido. Lo rodeo, lo sacudo con fuerza, lo abofeteo. Él me reconoce con sus lánguidos e imbéciles ojos. El mudo.

La música es la música es la música.

Friday, December 21, 2007

YO, FRANCO: Miserable árbol de Navidad


Navidad de 1930 en Hollywood. Sentados a la mesa, Buñuel, Ugarte, Peña y yo nos miramos a los ojos. Buñuel dio la señal, “cuando me suene, nos ponemos de pie y lo destruimos, arrasamos con ese miserable árbol de Navidad”. Chaplin y Georgia Hale también están presentes, igual que un puñado de españoles y un actorcillo, Rivelles. Rivelles ha recitado unos versos patrióticos de la soldadesca de Flandes y Buñuel, furioso y un poco ebrio, ha mirado el árbol plagado de regalos de veinte dólares con rabia. Así es que se suena la nariz, los cuatro abandonamos nuestras sillas y nos disponemos a acabar con él. Ugarte lo tumba mientras Peña le pega patadas furiosas y Buñuel echa los regalos por el piso. Yo me concentro en proteger la espalda de mis amigos de los invitados furiosos que quieren proteger sus regalos. Interpongo mi cuerpo contra los comensales hasta que se consuma la furia. Pero el árbol es tan duro que se nos desuellan las manos y sangran. Así es que nos concentramos en los regalos: los pisoteamos y los partimos hasta que no queda huella de Navidad. Chaplin nos mira perplejo: navega por sus ojos el miedo y la sombra. Georgia Hale se ha hecho humo. Solo Leonor, la esposa de Tono, nuestro anfitrión, se acerca a Buñuel y le dice: “Luis, eso es una verdadera grosería”, ante lo cual Luis, desorbitado y loco, responde: “En absoluto, Leonor. Es cualquier cosa menos grosería. Es un acto de vandalismo y de subversión”.


Ugarte, Peña, Buñuel y yo hemos formado un corro silencioso alrededor del desastre. Leonor llama a la policía pero nosotros preferimos poner pies en polvorosa. Al salir nos topamos con Chaplin en la puerta. Algún día Chaplin le advertirá a Buñuel que si tanto le gusta romper árboles de Navidad debería empezar antes de la cena. Pero Buñuel es solo furia, furia indómita de campesino medieval.


Buñuel y Franco.

Thursday, December 13, 2007

YO, FRANCO: La novia del cielo

Como usted, yo nací en algún lugar, unas sábanas, una acera, un hospital; entre lindes y guerra. Canté, como usted, tonadas de amor por el polvo, canciones de ayeres y gloria. Dibujé banderitas, manché escudos, desafiné himnos y me apropié de un lote y su maleza podrida.

Apostado en la vereda una tarde miraba el andar de los citadinos impávidos, transeúntes mudos, mujeres estériles y varones hediondos. Por la esquina escuché a un orate gritar que vencimos en la guerra mientras el de junto festejaba la patria culta y enana y uno más vociferaba que nuestro juego era el mejor. Entonces me dije: “vas a quedarte solo en esta tierra de delirios. Toma tus cosas y márchate”. Pero por una razón inexplicable me quedé, diez años, cien, a ver si los vecinos se disponían a luchar y morir, a ver si las mujeres encontraban un espejo que les dijese que el lunar en el cachete de Brigitte Bardot vale por todos sus lunares, pezones y labios, a ver si los maestros arrojaban a la apestosa basura a los héroes niños, los mejores himnos y las primeras piedras de los mayores edificios. Fatigado, me detuve a ver si pasaba el cadáver de la mentira pero olí los dedos de mis pies que se pudrían.

Hoy el año fenece y sus cenizas manchan la vereda de mi terreno baldío. Mis vecinos no pronuncian su número, no dicen “el 1600” o “el 1400”, hablan dulcemente de apelativos, a cual más ridículo, sandio y procaz: la cara de dios, el edén de las maravillas, el arrabal del cielo, el balcón de los montes, el foco de América, la novia del cielo. ¡La novia del cielo!: maricona novia ésta que vence a todas por ser la descubridora de un río, del agua, la lluvia y la bruma nocturna.

Este año ya no tiene un nombre, no tiene número. Este año pasa la factura. Voy a mancharme con sangre aunque mis piernas destilen gangrena. No habrá cánticos, histerias ni mistelas. Este año dejaré de mentirme con sus mentiras. Este año diré, este año gritaré, este año mancharé. Este año todavía vivo golpearé a su dios, me cagaré en su edén, incendiaré el arrabal, asaltaré el balcón y violaré a su novia hija de puta. Quizá así aprendan, aprendan que yo nací en un lugar, pero la tierra no germinará si ustedes no dejan de mentir, no dejan de delirar, no cesan de jugar, si no paran de hablar. Este año voy a hundirles.

Ni gloria ni pasado ni polvo: lodo apenas.

Yo, fusilo.

Wednesday, December 12, 2007

Del amor

El amor no es el cuerpo sino el torpe desfile de las palabras.

Monday, December 10, 2007

Anatomía de un asesino

Pienso con Camus que un escritor es un asesino. Un asesino que, a falta de aplomo, condiciones físicas, dada su cobardía o escasa aptitud para llevar a cabo un crimen, prefiere divagar y componer sobre el papel el mapa de un viaje sombrío al interior de la conciencia. Dicho de esta manera, la literatura del crimen solo puede ser psicológica y solo puede situarse en la orilla opuesta a la literatura fantástica. No quiero decir que la imaginación no impregne los contenidos de la literatura del crimen sino que lo importante en la forma de un texto criminal es el enfoque del personaje, su exploración interna a manos del autor o, más precisamente, del narrador de un libro. La literatura del crimen —para ser más consecuentes, la literatura del criminal— es una literatura que ocurre en la mente del sujeto e indaga sus recovecos. A partir de ese momento quien cuenta la historia se convierte en el tema capital que otorga coherencia a una narración, la voz que el lector escucha como un secreto.

Por esta razón se ha creído que la voz narrativa preponderante de la literatura contemporánea del criminal es la primera persona, al menos en lo que concierne al siglo XX y posteriores. Norman Mailer, por ejemplo, ha criticado el narrador de la renombrada y muy discutida American Psycho del norteamericano Bret Easton Ellis, cuyo personaje es descrito por una voz omnisciente de tercera persona. Mailer piensa que la naturaleza del asesino de Ellis se debilita por esta solución partidaria de una descripción distanciada, no participante, contemplativa. En el caso de El secreto, la muy lograda novella del ecuatoriano Javier Vásconez, constatamos algo similar, la presencia de un narrador no protagonista. El asesino de Vásconez, Camacho, es revelado al lector por una voz discreta y distante que actúa con los oficios del entomólogo que describe el proceso del asesino, su conversión y pérdida del sentido del bien y del mal, y la ejecución de sus crímenes. Sin embargo, a pesar de Mailer, ¿por qué en ambos casos, el de Ellis y el de Vásconez, podemos considerar que la voz elegida es la más adecuada? Hay que fijar la atención en el personaje protagónico. Ni Camacho el personaje de Vásconez, ni Bateman el de Ellis, son caracteres que puedan ofrecer una visión profunda de su mundo interior desde su propia conciencia, pues ninguno de los dos puede asumir, pensar, su tragedia. Son personajes que padecen una compleja situación externa, Bateman, el caos contemporáneo que se interioriza en él y lo convierte en un protagonista que refleja la descomposición del orden contemporáneo, y Camacho, individuo cortado por la marginación y la forma en que esta se expresa: su esquizofrenia. Ninguno de los dos es un individuo con un flujo autónomo de conciencia que le permita contemplar el mundo, asumir el mundo desde su interior. Dicho de otra manera: son personajes que no pueden hablar, que solo pueden escuchar la voz de su entorno, transformada en susurros, en voces, en gritos.

En esta soledad, en esta indefensión, puede ser oído el proceso de Camacho en El secreto. Ocurre que a los personajes de la literatura actual no les queda más que formar parte de un tinglado más amplio en el que las voces resuenan todas a su vez y forman parte del murmullo general del mundo. El secreto trae a la memoria un catálogo de sutilezas y complejidades que la literatura ha consagrado en la creación de asesinos y perturbados. El asesinato es un tema que desde De Quincey ha adquirido una naturaleza compleja que arranca de la observación del individuo y sus conexiones criminales con sus manías morales, y que con la literatura del XIX se ha sumergido en la psicología completa del criminal con sutileza y distanciamiento. En la novela del siglo XX, las voces de la conciencia —a través del monólogo interior o el stream of consciousness— liberaban dosis de sinsentido del padecimiento interno de los personajes, de una manera desbocada y febril, espacios de caos del alma dentro del panorama general de la puesta en escena de una novela. Malogrados fueron aquellos intentos de la novela del siglo XX que intentaron mantener un registro en clave de flujo interior de conciencia y construir una historia extensa y completa; fueron más fructíferos en cambio los pasajes esporádicos de delirio o sinrazón que servían para componer parte del clima total de un personaje. Estas exploraciones ligadas a la voz del protagonista resultan mucho más idóneas en el relato corto dada su misma brevedad expositiva.

Pero no solo son razones técnicas las esgrimidas para explicar el uso de esta voz narrativa en los relatos actuales: en medio se halla la invasión de un tiempo histórico que es el tiempo que la novela debe asumir y bajo cuya fuerza se organizan los personajes, el estilo y el mundo interior. La novela, hay que repetirlo, refleja la condensación de un tiempo determinado. El tiempo de los personajes como Camacho o Bateman es uno en que la violencia se ha generalizado e impregna el sentido común de las cosas, es un tiempo en que el delirio se ha convertido en moneda común y en que cada voz interna es tan inocua como la voz con la que convive, un tiempo en que las nociones existenciales enormes, los valores ecuménicos de la novela de los que hablaba Faulkner han entrado en crisis. Esto supone que los personajes no son ellos, y que el enfoque de la literatura debe ser negativo por fuerza. El narrador debe distanciarse de la materia si pretende describir el flujo y la guerra interior de un Camacho y la manera de lograr esa distancia es observar el corazón desde las vísceras.

Lo interesante en el caso de El secreto de Vásconez es que el narrador, tal y como ocurre en estos casos, comparte obsesiones con el personaje narrado. El tono piadoso pero distante con que se cuenta la decepción de Camacho con el mundo, su extravío, su vagar por la ciudad, sus pensamientos, el acercamiento a la primera niña y sus días de cárcel, descubre una compasión infinita del autor con el personaje, situación que lo convierte a nuestros ojos en un antihéroe. El mismo narrador festeja su logro con un estilo que dibuja las emociones del personaje. Camacho es una herramienta del mal que actúa bajo su égida y designio, y es acompañado en este trasegar por el narrador de la historia. Al parecer el mal verdadero reside en la presencia de esta compañía, sin la cual el mal no existiría a nuestros ojos.

Es que el escritor es un enfermo que padece el caos del mundo al que pretende dar forma con la creación de mundos de ficción. Vásconez es uno de ellos. El escritor no es un explorador de la sordidez, es su conciencia misma, como ocurre en las páginas de El secreto. Solo el escritor, abandonado como una conciencia negra, se ve abocado a la pérdida de su propio pudor y a la consecución de una frialdad que le permita tomar distancia del mundo. Vásconez por boca de Camacho se presenta de esa manera, como un espectador frío y lúcido, el único que puede proyectar una luz de piedad sobre este mundo descompuesto. Comparte esta actitud con autores que han descrito el silencio de las noches de un asesino y que van de Truman Capote a James Ellroy, de Dostoievski a Camilo José Cela. Las voces interiores, corresponden en cada uno de ellos, a una visión particular sobre el mal que toma la forma de un asesino. El logro en el estilo de estos escritores y lo que los identifica entre sí es la descripción del proceso, de la maduración del crimen. Este sentido, esta correspondencia entre la forma y el contenido, provoca la ilusión de que asistimos a una encarnación del mal como un componente o una voz más que configura el mundo de la desilusión, el desarraigo y el sinsentido, el lugar del tiempo contemporáneo. Esto que ya lo habíamos constatado en la epidermis de los hechos que es la que describe la literatura fantástica —para el caso particular de nuestra era, la de acción, la de espionaje, la de intriga— y que forma parte del imaginario general a través de Norman Bates o los filmes de Hitchcock, nos obliga a retornar la mirada al juego que vibra en el interior de los hemisferios cerebrales, el bordoneo de los pensamientos desenfrenados. La literatura de acción ha aportado con el proceso, la de personajes y psicología clásica, con la maduración de la enfermedad. El autor aporta con su empatía con los sucesos del ente maligno. En un plano general, el proceso y la maduración no se dicen solo con palabras o, como el mismo Camacho lo ha dicho, “las palabras no alcanzaban a descifrar la realidad de los hechos”, pues el silencio es el dominio de la literatura. Frente al tribunal de los acusados, el criminal, el verdadero asesino no es solo un escritor, es mucho más que un escritor, es quien solo puede acallar el ruido de su cabeza con un río de sangre.

Despierta, Roma


Sentí que había dejado de ser joven, pero aún lo era. El hombre joven cortó con su silueta las sombras que arroja una acacia sobre el pavimento, de americana y corbata negras, con un paquete en la mano. Observo desde la copa del árbol el vago fulgor que lo rodea, su mano nerviosa, su paso en fuga. Sobre el borde de la otra acera un segundo hombre espera sentado, los codos en las rodillas, la cabeza ladeada. Oficios amatorios han moldeado el cuerpo del segundo hombre, sus coyunturas han sido torneadas con suavidad; las muñecas, las yemas, los dedos, no ejercen fuerza alguna, habituados a la caricia, habituados a recibir; la cintura y el cuello son finos y largos, pero sus nalgas se han abolsado, el centro se ha hundido, como si aspirase una permanente y audaz bocanada de aire por el medio. El instante en que el primer hombre cruza la calle, las nalgas del segundo permanecen ocultas a su mirada. Quedan uno frente al otro (o uno sobre el otro) y por un breve momento se miran, se reconocen, se descubren. El primero —el que lleva el paquete— semeja en toda su estatura la sombra de una farola, mientras el segundo —el de las nalgas— no es más que un pensador de Rodin. Deshace el primero el paquete y muestra un magnífico y enorme cenicero de cristal con fondo traslúcido color magnolia que eleva en equilibrio sobre su cabeza, mientras el otro levanta la mirada con el estupor de las profundidades de una pupila de gallina. Rompe el primero el cráneo del segundo según advierte el crujido, los vidrios asaltan todas las direcciones y humedecen la acera como lluvia. Arroja el primero los trozos más grandes del cenicero que han quedado en sus manos, y se arma con sus propios dedos, con sus propios puños: sujeta al segundo por las orejas como si se tratase de un conejo grande, presto a efectuar la labor, e impacta el hueso occipital del conejo contra la vereda gris de tarde; los pelos dibujan rayas sobre los dedos del primero, los golpes desencadenan ecos de castañas quebradas por el cemento. El hombre del paquete repite el movimiento con precisión sinfónica, una y otra vez, hasta que la cabeza del otro toma un aspecto fibroso y húmedo, como de manzana dañada. Descansa el primero, se detiene, intenta separar sus dedos de las sienes del otro pero al parecer han sido pegados con cola sintética, roja y pastosa. Contempla la vereda el primero, maître oeuvre de cariz sideral, alfombra de cristales granate y plata. La sombra se yergue, la observo mirarse las palmas, caminar de nuevo bajo la acacia, desaparecer. Recuerdo las únicas palabras que el segundo hombre —los ojos abiertos e insólitos— ha dicho al momento de recibir al primero, cuando quedaron cara a cara, uno frente al otro, las escucho aferrado a mi juventud, mi esposa también las oyó: “¡Casca, esto es violencia!”

YO, FRANCO: ¡Vivan las cadenas!


Hubo un tiempo en que los hombres eran dueños de otros hombres, podían romperles la mano con una maza o brincarles el ojo de un zarpazo. Se dijo que era un estadio malo para la salud del hombre, el hombre lo creyó y barrió cualquier vestigio de barbarie. Trepamos pues, un peldaño en pos del espíritu absoluto y esto sirvió a mitigar nuestro dolor. Mas la preservación de los globos oculares no bastaba, era preciso luchar porque fuésemos iguales y hermanos, por ser fraternos, y nos dimos a la tarea de odiar a quienes creíamos hurtaban nuestra libertad, a los que por herencia poseían más y en algún momento nos doblegaron. A ellos juzgamos y apartamos del camino, nos cansamos de servirles y labrar sus tierras, rodeamos sus castillos y les prendimos fuego. Nos gritaron brujas pero no nos importó: con el pastizal conflagrado fundamos el terror. En el acto redujimos las coronas a metal fundido y ornamos nuestro cuerpo con sus restos. Ahora los dioses no nos rigen y pronto, muy pronto, nos desharemos de ellos; al fin y al cabo nuestras vaginas vomitan dioses a imagen y semejanza de nuestro silencio. Devaluaremos la casa de Dios con el canto pagano de la esfinge y la pobreza y volveremos a nuestros símbolos, nos inspiraremos en ellos, nos ensimismaremos y perderemos. Aquí pasa el hombre por la fragua, allá el monarca en la horca, más allá el nuevo césar bajo el plomo del rebelde. No seremos sino uno, el mismo, uno que no solo es razón y libre albedrío, no solo control y discrimen, sino padecer y lágrimas de especie. Pasaremos por el mismo rasero a este género de hombres, a todos ellos, a que se reconozcan y descubran al hermano en su cuerpo y no sean más espíritu. Los vestiremos igual, los calzaremos idéntico, cortados serán sus cabellos por las mismas navajas y por las mismas manos. Quedarán en las nuestras, tan bellos, tan pulidos, tan idénticos; su corazón y su voz serán comprados con el céntimo, tu pantorrilla será la mía, su mentón el de ella, su miembro igual al miembro de Cristo, su debilidad la del humano de la columna del pan y el jabón y la del de más allá. Haremos el camino, la luz extenderá su sabiduría hacia nosotros y nos guiará al final del túnel. No habrá más propietarios de hombres, reinaremos hasta que la paz se rompa, hasta que la trompeta nos obligue a callar y contemplemos la calavera lavada, la osamenta ungida, y escuchemos la voz de Uno que canta: “para, detente, para”.

Nosotros, esclavos.

YO, FRANCO: Teléfonos de bolsillo

Han comenzado a fastidiarme los teléfonos de bolsillo, han comenzado a despertar mi ansiedad. Terminaré por odiarlos y no tendré más opción que acorazarme. Mi especialidad.

Suenan los teléfonos de bolsillo: “Fernán Vallejo-Fernán Vallejo”. ¿Quién diablos es Fernán Vallejo? Alguien guarda nombres en mi aparato.

Encuentro a Federico Fellini en una taberna a la vera del camino. El artista camina al mostrador, pide el teléfono y comienza a hablar. Muy contento, natural y animado con su oreja en la bocina. Tan Fellini.

Mi empleador viajó a Londres. Calculo las horas que volará, o sea, mis horas de paz. Transcurren apenas dos cuando en la pantalla se enciende un número telefónico. Fuera de área, fuera de servicio. Aquella paz.

El muchacho no deja de aplastar las teclas mientras pone cara de idiota. De idiota y azoro. Aguarda un minuto y la máquina vomita su sonido, tlin. Se dilatan las pupilas, las córneas enrojecen, las comisuras descargan el chorro. Llora el muchacho, gime el hombre.

Me acosa el tiempo de seis personas, busco al escenógrafo de la revista. Marco los dígitos con desesperación pero recuerdo que el tipo apaga su teléfono hasta las once, el muy canalla. Cuando aparezca dirá que estuvo ocupado, que ocurrió una desgracia, que no tenía carga. Mi consigna será: acosar su tiempo sin tregua.

El contestador automático decía: “si eres una chica deja un mensaje, si eres un chico vuelve a llamar”. Su contestador decía: “si eres amigo graba un mensaje, si enemigo: ¡cuelga!” Nuestra grabadora decía: “somos Diana, Mario y Miguel: déjanos tu mensajitooo”. Tu contestadora no dice nada.

Escucho la estación en que ruge la voz de Screamin’ Jay Hawkins. Guao. El aparato es de mi amigo Pete. Me dispongo a apuntar el dial pero me encuentro una máquina telefónica. Bisexual, cosa bisexual.

El secreto de Diana es Javier. Miguelito ha crecido y podrá defenderse solo. De Mario cuidará su enlatadora de atún en Manta, Manglaralto, Chillanes, El Cairo. No queda más que abrir el aparato telefónico, buscar la C de Carla y abrir paso a la verdad: Javier. Ya es tiempo.

Las voces grabadas, ¡cuánto me agradan! Los halagos, los gritos, la risa, las pausas son de disfrutar y querer. ¡Voces, voces y más voces!, gentil el mundo, gentiles las gargantas, tan amables, tan serenas, tan cantarinas. Su mejor voz, la auténtica, el mundo la graba. El irlandés Banville decía que si queremos descubrir algo genuino hemos de colocarnos una máscara. Ah, la guardada voz de Banville.

Mi teléfono duerme en su silla, junto al libro de Henri Cartier Bresson. Ha crecido, podrá defenderse solo. Le obsequio un tubo de flotación para el viaje. Mañana es su día, la jornada del mar. Acorazado y mar.

Él se zambulle y se ahoga. Yo, siempre, la voz de Franco.

YO, FRANCO: El odio

Cuando salí de casa encontré al Odio inclinado en la puerta, iba cubierto por su aura de siempre, quebrada la sonrisa en los labios. Me dijo: —¿A dónde tan temprano? —a lo que respondí—: al aeropuerto, me voy. El día crece como una boca y sobre las colinas el negro se convierte en gris hasta que la mañana es naranja y triste, como el páramo. Nos dividimos la noche los dos, él ofició la primera parte dentro de Muriel, ese es mi nombre, provocando el recuerdo de los granos de valor que perdí en el día, recordando el comedero y la imagen del bocazas en el televisor de la repisa, su bla bla. Las palabras hinchadas de demagogia despertaron en su abdomen las ganas de suprimir al que las pronunciara en la pantalla, a su presidente. Después del almuerzo el jefe volvió de Guayaquil y pidió las partituras que debían estar listas pero no estaban, porque él, su jefe, se ha largado sin decir nada, sin dar explicación, irresponsable, vago, infeliz. Él y sus amistades cosechadas con la boca, con mentiras, él, caradura, hijo de puta. Por la noche su mujer lo recibió con rabia porque olvidó la compra y la niña tenía fiebre. Fue joven y hermosa, hoy ella es esto. Pero Muriel, yo, no pierde la esperanza, se aproxima a su fragmento de noche oculto en el mueble rosa, extrae el disco, Brahms, el Réquiem Alemán, lo coloca en el plato y deja gemir las rayaduras del tiempo hasta que las notas vuelan al infinito. Ese momento sus flaquezas desaparecen sobre la mecedora, en las manos que descansan en la curvatura del abdomen, en los ojos cerrados, mientras la música domina lúgubre, elegíaca. A medida que trata de olvidar recuerda más el día, políticos, jefe, esposa, vida. Hasta que la aguja retorna al soporte y emite un sonido seco. Entonces el Odio toma forma y acaricia su mano antes de tomar asiento. Muriel: ¿qué ha sido de tu vida? El tiempo cumplió su tarea, yo ya no sirvo. Se recuesta en el sofá, junta los labios y entona una sonata de Brahms.

Guardo los efectos en el maletín. Él duerme, yo procuro no hacer ruido. Antes de irme, tomo la chequera y extraigo la tapa de mi pluma. Un clic enorme en el silencio. Dibujo cuidadosamente mi firma, dejo el papel sobre la mesa, me aproximo a la puerta y él está ahí.

Mi odio.

YO, FRANCO: Taxidermistas

Si desciendes la escalera, la luz de la bombilla se extinguirá en dos trancadas. En el rellano tocarás una puerta de tablones mal clavados que huele a vela y a sebo. Moverás el pomo, esa gran muela redonda y fría, y entrarás. Apenas te rozará un hilo de claridad que corta la habitación desde el lado izquierdo y la baña con su tono mórbido, violeta y azul carne, un haz ligero y sucio lleno de santo espíritu que ciega en vez de guiar. En la habitación habrá estantes dispuestos con desatino y extraño rigor, como si el desorden formase parte de un orden universal regido por una mano invisible. El cristal de cada compartimento, amarillo a causa de la grasa y el vapor, protegerá dos o tres cabezas aisladas de sus cuerpos, empaladas una al lado de la otra con paciencia científica, como la obra de un cálculo demoníaco. No resistirás y te acercarás a la más bellamente conservada, un cráneo dolicocéfalo de ojos saltones e iris azul grisáceo, malévolo dueño del centro de la repisa. La piel de su rostro será una fina película de seda muy pegada al hueso que atrae una palidez extrañamente sobrecogedora, dominante y cautivadora como debió ser su voz, y que ahora se extiende simétrica y reposada hasta la quijada muy levemente partida.

Será tu ansia y tu memoria la que te haga abrir la portezuela de la repisa y acariciar el cabello castaño muy oscuro, peinado con raya impecable al lado izquierdo, ese pelo tan fino, lustroso y restirado. Acariciarás el cabello con la mano abierta y sentirás la rugosidad placentera de épocas que te sabrá a susurros, a voces, a gritos, a huesos lavados, a olores químicos, a ecos de muerte. Conocerás en tu palma la sangre y adivinarás en sus líneas el pecho y la espalda lampiños y hasta escucharás su voz de puñal. Con las yemas de tu diestra sobre las cuencas duras como piel de ciervo, pensarás su ojo izquierdo algo más grande que el derecho, te asombrarás, te asustarás, temerás. Tu mano se deslizará sin freno, como la de una dama sobre su otra mano vestida de terciopelo, a lo largo de la nariz recta y fina, reptará debajo de ella hasta posarla sobre el labio superior y sentirás el bigote pequeño como brocha de boceto renacentista, un bigote de óleo. Lo sabrás en tus dedos, conocerás tu regalo, lo amarás y callarás.

Escapa de este umbral si te es propicio, invitado de honor. Huye de mi museo con el regalo en la mano. Protégelo en tu regazo con cariño, escapa, te suplico, ya es tiempo.

Yo, ruego.

YO, FRANCO: Lawrence de Arabia


Sugiero que la épica vive en el hombre y no en el desierto, aunque imagino que van a resistirse. Por eso no preciso hallar desierto sino afinar la cuerda del hombre. Pienso en ello mientras veo Lawrence de Arabia, de David Lean. No apresuraré mi palabra a adelantar su historia, de manera que eludiré los detalles de la trama para no arruinar su domingo.

Lawrence de Arabia es una cinta épica como ya no se intentan ni se piensan, un film que pone en escena la lucha entre el individuo y los elementos, entre cultura y naturaleza, entre el yo y la historia. Con su recuerdo, valga decir sobre la épica: una cuerda tirante entre principios antitéticos.

Quizá es inútil repetir que Lawrence de Arabia es una película ambientada en la guerra, la Primera Gran Guerra. En medio de ese imparable curso de violencia que es la política y la historia, el individuo es un fusible que mide la tensión del devenir. Ubicado en la encrucijada, el individuo no tiene más recurso que ejercer el vigor y la voluntad —otros nombres del miedo— a fin de preservar al hombre y su voz. Deviene héroe. El héroe: no más que un yelmo ciego frente al miedo.

No le cabe más recompensa al individuo que aceptar la ambigüedad y soportar la decepción. Lawrence es presa de su valentía, de su obra, aunque en sus ojos surque el desconcierto y, en realidad, el fracaso. Lawrence es un fresco de las pulsiones que disputan el cuerpo del héroe: hostil, cínico, irónico, compasivo, valiente, cobarde, megalómano, humilde, un firme candidato al sanatorio. Dicho de otra manera: la carne del hombre no es todo lo fuerte para resistir al héroe, su materia no es materia de titanes. La épica murió hace tiempo.

Nos quedan los antihéroes, sus pequeñas tragedias, sus numerosos dramas, sus ínfimas pérdidas. Ni reino, conquista o hazaña. Ni delirio. Tomaremos la butaca, morderemos los hot dogs, y nos abandonaremos a Braveheart: comics en los que no se pierde valor, honor ni voluntad, en los que no se pierde nada. Quizá en la sala oscura alguno recuerde que la épica no vive en el desierto sino en el corazón del hombre. Los demás se volverán, pasearán lánguidas miradas sobre su rostro y dirán: ah, un viejo.

Yo, envejezco.

YO, FRANCO: Réquiem por una corbata


Murió el sombrero, murió la brillantina, murieron las enaguas. Fatigose el mundo que apellidaron, desaparecieron las fotografías que habitaron, los temas que interpretaron y hasta la lluvia que soportaron. Cuando muere un uso, la página se cierra y a otra cosa. Y aunque se diga lo contrario, no siempre la fábrica oficia estas muertes o es su causante, en ocasiones se interpone y aboga por el sombrero, el fular o la enagua aunque sin triunfo posible a la vista: el molino del tiempo tritura los usos y ni fábrica ni publicidad, a quienes tanto teme el librepensador, puede decir una palabra más. Vemos por ello que las pasarelas insisten en colecciones de indispensable sombrero, siempre garboso, siempre galante, al mando de tenidas refinadas, briosa y cinematográficamente circunspectas aunque sin happy end. Nadie, o casi nadie, porta un sombrero con soltura, no se trate de observar ciertas esnobistas fechas del año que no aprecio recordar. No se diga de la enagua, completamente absurda en una era de pantalones unisexo y de amazonas urbanas que, de intentar con falda y enagua, caerían en mal predicamento acerca de su modernidad y desenvoltura que hoy se precian como indispensables.

Otro tanto podemos decir de la corbata. De compañera fiel y accesorio viril por excelencia en el atuendo del hombre elegante, la corbata parece ceder paso al cuello desnudo o al confortable adorno del pañuelo que no pocos consideran complemento amanerado y maricón. Más allá de prejuicios inevitables, la era de la corbata parece llegar a su fin. “Mucha gloria ha tenido ya”, envidia el tiempo, anudada en las insaciables camisas de Bogart, Mastroianni y Alain Delon, o, en su papel de lazo y pajarita, en las del rey Mickey Rooney, así es que hora es ya de remitir su asociación fálica en este orbe de vacío y gas.

Percibimos lo dicho en pasarelas y otros termómetros de las tendencias de moda —dicho sea de paso que quizá la moda sea la mayor enemiga de la verdadera elegancia— que dan cuenta del desplazamiento de la corbata en favor de otros usos. Y es que la vacuidad y el éter exigen despojar el terreno de símbolos de poder y fuerza, de virilidad y heroísmo, para cumplir con el fin de imponer el híbrido y la androginia globales.

Queden en vuestras manos las opciones; los menos nos refugiaremos. Tocados con sombrero, brillantina y corbata los hombres, sombrero con velo, falda y enagua las mujeres, procuramos ansias de final, de pérdida y ocaso.

Nosotros, perdemos.

YO, FRANCO: La niebla


Tal vez sientan que cada noche en la ciudad es más fría que la anterior, más oscura, más herida por la lluvia. Tal vez reconozcan en ésta una de esas noches en que, a pesar del miedo, debo alcanzar el local de abarrotes, pagar una leche, un dulce y unos panes, y regresar. Alejandra, mi mujer, permanecerá en cama indispuesta por el embarazo, yo tomaré mi chaqueta impermeable, una bufanda, y saldré. “Adiós, mi amor, ya vengo”. “Chau. No olvides el dulce”. Causará gran estruendo la puerta de hierro a mis espaldas y la niebla me invadirá por los cuatro costados a la conquista de la sangre, el vapor seco y helado agrietará mis pómulos, congelará mis piernas y por vez primera en años sentiré el golpe del hierro en la boca de mi estómago. Pero deberé ir por la leche y el pan. Me adentraré en el pozo con la esperanza de sortear los pasos que alejan mi puerta de la puerta de la tienda, aunque un par de codos más allá no haya retorno, no haya regreso.

He colocado el pie izquierdo en el borde del muelle, mientras me aferro con la mano derecha a una cuerda atada a la madera. Extiendo la izquierda sobre el agua, tanteando con las yemas el vacío: los bloques de hielo chocan entre sí, incesantes sobre el agua a mis pies, su amenaza de rocas refrigeradas e inquietas patinan en un zigzag polar. Tras la cortina de niebla una voz emite alertas de auxilio, yo estiro más el brazo hacia ella entre el algodón de hielo, pero no alcanzo a palpar nada. Cuando descubro que la escarcha ha calcinado mi chaqueta hasta romperla, vislumbro en el corazón del blanco un haz breve, amarillo y compacto que divaga torpemente sin control. Detrás de la luz, un sonido repetitivo y ronco, un ruido mecánico, emerge. Permanezco estático hasta que la luz toma forma y se convierte en el borde de una lancha a motor. Unos torpes pasos mojados aletean y devuelven el silencio a la niebla; se aproxima un hombre ancho, el pelo cano, la cara sonrosada, de un metro ochenta o algo más. El hombre apaga la linterna y abre la boca para decir algo, una boca de pequeños dientes amarillos, de rata, su boca que nunca alcanzará a decir nada.

Saco las monedas del bolsillo de la chaqueta, las cuento y pago. El hombre de la tienda sonríe algo inquieto. No me despido, ni una palabra, pienso en el hombre del bote y la piedra, pienso en la ráfaga de luces del cuchillo. Afuera ella se yergue, densa, invencible, serena. No dudo un segundo; mi mujer y mi hijo esperan. Me interno en ella.

Yo, king. Stephen King.

YO, FRANCO: Mi estanquillo

Hace seis meses Salvador Elizondo me regaló una palabra, estanquillo, que al pronunciarla me devolvió al pasado. Dice Elizondo que estanquillo era uno de esos comercios de “pequeñas vitrinas empañadas” que “exhibían montoncitos de diversas cosas, principalmente dulces y caramelos. En frascos de vidrio los clásicos de anís, de hierbabuena, de fresa, que se vendían a granel, a centavo y a dos por cinco”. Y más: “Cigarrillos de tabaco negro: Elegantes, Delicados, Casino, Alas, Tigres, Faros, casi siempre un poco secos”. El mío no divergía mucho, con su olor a pan y pared de adobe mezclados con rusticidad y vejez. En mi estanquillo lo primero que uno miraba eran los frascos, esos panzudos guardianes de caramelos granizos en opaco verde, rosa y amarillo, compactados a la manera de una mandarina enana. Las tapas verde resguardaban los granizos ante la severidad de los envases de lata que servían ora para almacenar arroz, ora para el azúcar, la harina o el grano, ora para servir de asiento a la oronda matrona que atendía al pie de su mostrador de madera con balanza en una esquina y exhibidor de chocolates, manteca de cacao o latas de té Hornimans en la otra. Colgaban del techo de mi estanquillo filamentos negros de grasa alrededor de los cuales una mosca se aprestaba al descenso en picada hacia el ojo del gato. En ocasiones el minino dormía sobre un pequeño Frigidaire de redondeadas aristas, la matrona abría la puerta y tomaba con su rolliza y tibia mano el palo de un plátano helado con antifaz de chocolate y la voz pequeña desde el suelo insistía, “otro congelado, señora”, aunque solo servía a desarrollar el hígado de la matrona. Por fortuna el maíz tostado con una rebanada de queso curaba esas aflicciones y aun el dulce de leche espeso, casi seco, que ella untaba en el corazón de un pan de origen siempre incierto. Cumplía función similar el café negro preparado con esencia Águila de Oro importada de la calle Benalcázar, del edificio situado frente al de los Correos, que ella sostenía en un tazón de hierro enlozado, entre el sueño y el desconsuelo, sentada sobre la lata de los oficios inútiles, antes depósito de harina de trigo, mientras el crepúsculo descendía pálido, verde, amarillo y naranja.

Este mi estanquillo, lo conozco bien, una de las voces a ras del suelo es la mía, la oigo con embarazo. Este mi estanquillo, en él crecí al calor de la matrona que también es mía, mi abuela María, Mamá Marita. Ahora clausurado y extinto, mi estanquillo.

Yo, recuerdo.

YO, FRANCO: El extraño señor Vargas Vila


I.

Confesaba el escritor Vila-Matas su deseo de convertirse en otro, distinto al identificado por su cuerpo y acaso por su espíritu, las ganas de encarnarse en un escritor ignoto de nombre Witold Gombrowicz. No ha sonado pocas veces esa rareza, descubrirnos incómodos en la propia piel y consecuentemente querer perderla o disfrazarla en otras vestiduras. A mí me ocurrió hace décadas y ese platónico deseo lo encontraba yo en un tal señor Vargas Vila.

Más bien pequeño andaba el que confiesa, al borde de los doce años, cuando, al igual que Vila-Matas, decidí convertirme en José María Vargas Vila. A mi abuelo había pertenecido el ejemplar arrugado y esponjoso por la colonia derramada en su lomo, de la novela Ibis, la “Biblia del suicidio”, pequeño volumen que mostraba en la portada la foto de su autor, sujeto de agria apariencia con el rostro surcado de arrugas, tocado por unos espejuelos en forma de óvalo. A salto de mata entre las páginas descubrí, leí y memoricé las sentencias que con la potencia de la mandrágora me subyugaron: “si la vida es un martirio el suicidio es un deber”, “el Amor es vil, porque viene de la carne; solo la amistad es fuerte, porque es pura; vive del alma”, “goza a la mujer; no la ames nunca”, “teme al Amor como a la Muerte; él es la Muerte misma”, sentencias narcóticas que me volvían otro. Más Señor Hyde que Samsa, me puse a la tarea de hacerme con otros libros del maestro de la nada. En esas me encontraba cuando en la repisa de casa di con Las rosas de la tarde, el manifiesto de la muerte del amor al pie de las doce colinas de Roma, firmado por el mismo colombiano extraviado en Latina, Vargas Vila.

Embriagado de tarde, libélulas, ocasos y nenúfares, el coco irremediablemente rayado, supe por los periódicos antiguos que el señor Vargas Vila, además de incendiar sus páginas contra el bárbaro imperial —tales eran sus palabras para los Estados Unidos—, contra los curas y los conservadores del tiempo de la llama liberal, encendía otra hoguera, entre sicalíptica y entristecida, ataviado con severidad y atildamiento. Esos mismos periódicos me dijeron que José María (V. V.) mudaba de traje tres veces al día a la vez que oficiaba bacanales y otros servicios horrendos protagonizados por hermafroditas y más seres mutantes en sus mansiones adquiridas por el bien de la pluma en Grecia, España o Francia. Así es que yo, presto a convivir con la inmundicia, me puse a componer un ajuar integrado por trajes de corte a lo 1970 robados a mi padre, leontina fabricada con el remiendo de una cadena de oro de madre y un reloj sin correa rescatado de algún cajón, chalecos y abrigos de mi abuelo y unos lentes que supongo también eran suyos, de la época en que tocaba el saxo en la banda municipal. De esta manera quedé listo para acariciar con las yemas el azul de la bóveda celeste y abandonarme a la vileza de la carne.

II.

En mi última entrega decía que armado caballero quedé yo, con leontina y espejuelos, decidido a seguir los pasos de mi antecesor Vargas Vila en su intromisión por los jardines de Eros. Románticamente ataviado dejé la casa, salí a la calle y encontré a un hombre alto con cuerpo de huevo oculto tras unos lentes de ciego.

El sujeto clavó sus ojos, difuso y tan cierto que al punto me reconoció vestido de esa forma y no tardó: “Volviste, José María. Había perdido las esperanzas de hinojos al pie del nicho en las Cortes de Barcelona, las lágrimas imparables, el recuerdo. Pero volviste, regresaste. Conservé la casa intacta, como la dejaste. Sígueme Divino”. Es mi “hijo adoptivo”, Ramón Palacio Viso, que, afectado y alegre, me toma del brazo y caminamos. “Me cuentan que Salazar Pazos, el hombre de la Isla, conservó tu diario como una custodia fiel, opera magna y final, a fin de resguardarla. Me han dicho que Salazar Pazos, el hombre de la Isla, ese ser noble que siempre admiró tu palabra, lo custodió hasta el día en que tocó su puerta un hombre blanco y barbado que lo redujo a golpes para aprehenderlo. No se supo nada de él durante un tiempo, solo, me dicen, permanecía el rumor de las olas que golpean la pared de arena al pie de los hierros y mueren en la espuma. Me han dicho que hubo una orden, que la fallaron y olvidaron al hombre hasta que volvió en sí y ratificó, sí, acepto, lo devolvieron a la celda y lo olvidaron nuevamente.

Con la declaración en la mano, volvieron los gendarmes a su casa, la vaciaron y colocaron el Diario en un pequeño arcón de madera, una bolsa mal cosida de lino y un cajón metálico inviolable, respectivamente, pasaron la llave, cerraron la puerta del Consejo de Estado y a otra cosa”, refiere Palacio Viso con una melancolía que sus ojos no pueden confirmar a causa de las gafas negras, sus manos tiemblan, como pichones. Lo escucho, grave, y sospecho que ha perdido la razón, que la Muerte y el Ocaso han sido para él gigantes. Prosigue: “Son los bárbaros, Divino, los bárbaros. Pero no aquellos, otros, los mismos. Y Salazar Pazos se hizo a la mar tras la cárcel. Sin el Diario ni los escritos, un buen hombre, Salazar”. Está lívido, tembloroso, ido. Tomo una de sus manos entre las mías y le hablo, de nuevo en mis horas: “Decide Palacio Viso, tu Maestro lo impone: ¿quién dio la orden?” “El Barbudo de la isla, Divino” “¿Y quién detrás?” “No sé si deba, Maestro…” “¡¿Quién?!” “Un paisano tuyo al que desconoces. Es de la costa, gran autor, un divo: Gabriel García Márquez. Me lo ha contado un amigo mexicano, no importa su nombre…” “Gabriel García Márquez…” Mi voz cavernosa se pierde como un eco en la profundidad de la calle, mil golpes de sonido contra las paredes. Observo a Palacio Viso, “mi hijo”, y agacho la cabeza, la leontina descompuesta porque la cadena se ha zafado y ahora pende sobre mi bragueta como un hilo malsano; el reloj duerme en el fondo de mi bolsillo sin rastro de Eros. Más allá la punta de los zapatos, el borde de las suelas. Los de un muerto.

YO, FRANCO: ¡Vivan las máscaras!

Oscar Wilde decía que nuestro único deber es ser lo más artificiales posible. Pero a veces lo artificial es santo, otras veces no. Una nariz pasada por el bisturí que hace buen juego con ojos, boca y mentón, es un artificio logrado; falda corta sobre pantalones vaqueros, como se vio hace poco, siempre será artificio fallido. Por ello no es importante señalar si algo es artificial o no, lo es contemplar el conjunto, que el detalle falso haga compás en un todo y no desentone. La escuela y la casa nos han acostumbrado inadecuadamente a festejar lo “natural y espontáneo” y a despreciar lo artificial. Pero me pregunto: un cigarrillo en la boca de un infante, ¿es natural y espontáneo o es artificial?

También deben haberse fijado ustedes que hay personas que fuman como si no estuvieran fumando, que cortan la carne como si no estuvieran zanjando, que dan la mano sin ejercer presión. Estas personas quizá sean naturales consigo mismas pero no lo son con el resto: su actuación es enormemente impostada y —¿me permiten usar este vocablo?— falsa, son nubarrones que no hacen invierno. Falsa porque su artificio no encaja bien en el contexto, les hace falta seguridad, autoconfianza, convicción para la mentira. Fumemos si esto nos trae placer, comamos si nos apetece, durmamos si nuestros ojos así lo exigen.

Quizá encontremos una postura de lo espontáneo aunque lo que hagamos sea un total artificio, como artificial es fumar, maquillarnos, llevar aretes en las orejas o sortijas en las manos. Artificios todos. La despreciable y nada santa artificialidad es lo postizo, lo que evidencia que el pedazo no corresponde en el cuadro. De esa madera indócil están hechos los inútiles, los de no confiar. Son postizos. Recluyámoslos en su guetto que para eso se han creado los guettos de antifaz.

Yo, aíslo.

YO, FRANCO: El circulo de las traidoras


La cara redonda ha quedado en la vera del camino: hoy se acostumbra la verticalidad y el larguiruchismo. Por fortuna no siempre fue así y gracias al cielo no todos conjugan solo el presente; algunos disfrutamos más del pasado y albergamos cierto temor por el futuro. Pues bien, Constanze Weber, por ejemplo, la nada ejemplar consorte de Wolgang Amadeus Mozart debió —más allá de lo que malindican grabados y pinturas— tener la cara redonda, voy seguro.

Pérfida como se revelase a los ojos del mundo, sembrando de cuernos la venerada efigie de su inmaduro esposo, Wolf Amadé, la causa de su propensión a la infidelidad debe residir en su redondez, por fuerza. Me explico: la mujer de cara redonda todo lo tiene redondo, ojos, mofles, barbilla (nunca fue este término más impropio), labios, senos, piernas y partes pudendas. Esta proliferación de óvalos y círculos en cara y cuerpo nos habla de la naturaleza redondeada del tiempo y el universo, problemas sobre los cuales las teorías más convincentes apuestan por la esfera. Si el universo es redondo y el tiempo circular, lo magnético, lo febril por naturaleza es la línea curva.

El carácter imantado de la traición proviene de su cualidad circular. La perfidia es en consecuencia una deformación de toda línea continua. Del interior de este doblado pasaje pocos hombres salen libres. Contemplen con detenimiento las primeras cintas de María Félix, por ejemplo, y constatarán que sus rasgos son curvos, cejas, frente, mejillas, párpados, pupilas. Su cara se alargó con la vejez y la cirugía pero eso es otra historia.

Aunque casta en sus matrimonios, Félix no fue más que pérfida por la condición de sus rasgos. Fiel a todos sus esposos, carirredonda es traidora y traidora es Félix. Otro tanto me queda por decir de Constanze Weber, la que hizo sufrir al gran genio, o de las ninfas de la imaginación de Fellini, libélulas de cara y tetas curvas. Y así cuanta mujer de cara redonda y en desuso se recuerde. Yo, deduzco.

Tuesday, September 18, 2007

Geisha

Francisco X. Estrella

Caen los copos de nieve, crisantemos muertos. Serena es la noche en que los pomos se rompen. El viento ronca desde algún lugar de una muerte que corta los pómulos hasta la sangre. En la línea del horizonte el perfil de las casas de Kioto se recorta, las ramas del bambú sobre la nieve son un campo espinoso, una corona de muerte. Doblo las piernas sobre la naturaleza de nieve cuyo corazón despierta. Mis ojos se extravían y las lágrimas abren surcos en el maquillaje. El navío corta una estela. El corazón comienza.

En casa todo sonido es un camino: los ratones que caminan en los alrededores, las palomas en sus nidos, el crujir del viejo bambú, los palillos que mezclan la pintura blanca y los pinceles sobre el papel de arroz. Los cristales de azúcar en el mortero suenan como mínimas bolillas cociéndose, es el sonido que recordaré siempre con el sabor de la felicidad. Hace dos años que vivo en la casa. Keiko ha sido mi tutora este tiempo, desde que el nido de golondrinas se quemó oscuro, mi madre me tomó de la mano y me entregó a Keiko. La voz de mi madre es una bruma, “debes quedarte, somos pobres”, las lágrimas tienen el mismo sabor, a sal.

Aiko me enseña a distinguir los sonidos en la noche, cuando es negro. La lluvia puede sonar como un río con piedras o como una ráfaga de flechas. A Aiko el sonido de la lluvia le sabe a tierra y me insta a escapar de la casa cuando Keiko se haya dormido. Pero a mí me da miedo, siempre puede una de las antiguas dar la alerta. Esa noche Keiko sufre un mal de aire, las geishas se lo curan con té, y se ha recogido temprano. Las mangas de los kimonos de las jóvenes son largas, furisode, es difícil correr la puerta. Pero Aiko lo consigue y yo la sigo hasta el descampado tras el distrito de Gion. Llueve con sonido de flechas y el crisantemo se deshoja. Aiko toma el crisantemo y se sienta en medio del lodo. Cierra sus ojos, la lluvia moja su rostro pálido de luna nueva. Se sumerge en el lodo.

El sonido de la flauta de bambú despierta a las jóvenes de la casa. Esta mañana Keiko hace un trazo cóncavo en mi espalda, lo siento en el placer, como una pluma de aire. De la nuca zurce a la cara, la cubre de aceite y luego de pasta blanca que esparce delicada, sinuosa, con una brocha. Atisbo en el espejo mi rostro de luna y veo de pie, a mis espaldas, a Keiko, con su rostro nítido y sus ojos caídos. Toma el carboncillo y dibuja mis ojos, el borde de los párpados, las cejas. El rojo cubre mis labios con el pincel, la sangre, el sol. La flauta suena en el salón, varias, muchas flautas. Keiko me toca la cabeza, mira el espejo. La flauta aguarda.

El caballero Midori tiene dos hijos pequeños. Me lo ha dicho Aiko anoche. La farola iluminaba su perfil, apariencia de muerto. Viene del otro lado de la ciudad, vendrá mañana por la mañana a la casa. Lo recibe en la puerta la señora Kiku, la geisha de más edad. Ha hecho sonar la campanilla y Kiku corre por el pasillo, algo nerviosa, algo torpe. Ordena a Keiko que no me deje salir de la estancia pero yo escucho tras el bambú. Sentada sobre el cojín, blanca nieve, roja solar, negro carbón, oigo. El espejo habla, no me muevo. Descorren la puerta Keiko y la señora Kiku, escucho sus pasos. Agacho la cabeza y huelo el olor del cuerpo del caballero Midori. Garbanzos. Ellas dicen dos palabras y clausuran la puerta. Midori se sienta a mi lado, yo comienzo a cantar los versos ancestrales. Él escucha en silencio, nada dice. La sal corre en mis mejillas. El caballero Midori aproxima mi mano como si me tocase pero la deja volar, en el aire. Al final, el cojín está algo mojado, muy mojado.

Ha demorado diez años liar y tejer, hacer, deshacer el collar de flores. Todas inertes, inodoras, secas como el papel. Es un río con todos los colores conocidos de la naturaleza. A cada palmo del collar, refulge un anillo de violetas, un nudo. Es el camino del amor, cada sonido es un camino. El camino de mi amor por el caballero Midori.

El caballero Midori me ha visto en el descampado de los alrededores. Huí de la casa por el sendero que, cuando niña, me enseñó Aiko. Ha palpado el kimono, el caballero Midori. La lluvia sonaba como un río de piedras.

Los patos flotan sobre el estanque, alrededor de cada uno los pétalos rosados danzan. La casa será un recuerdo, tomo el mismo camino. Pero el tiempo ha pasado y mi rostro no es el mismo de Keiko cuando tuvo mi edad. Mi cara es un monolito, un surco, un arado. Me veo al espejo: soy un viejo. El amor que busqué como soldado fue el amor que perdí como un hombre. Aiko ha dicho que el caballero se ha ido, para siempre. Todas las flores están muertas.

Caigo sobre la nieve, recaigo. Los copos cuelgan de la bóveda celeste. Respiro, lloro, muero.

Monday, September 17, 2007

YO, FRANCO: Shakira Unplugged

La cantante colombiana Shakira ha decidido rechazar el papel que le han propuesto en la película El amor en los tiempos del cólera, basada en la obra de Gabriel García Márquez. La causa: el director Mike Newell exigía que las tomas en que apareciera Shakira fuesen sin ropa. Mala la ha hecho esta mujer: de cantante chillona, desafinada y de elevado y caro marketing, ha pasado a engrosar las filas de la mala empresa. Porque de aceptar este papel, hubiese amasado un gran capital. Cierro los ojos e imagino las filas de hombres ávidos por descubrir las partes secretas de Shakira por vez primera, toda encuerada, operada, maquillada y asoleada. ¡Menudo negocio! Pero la colombiana ha sentado en la mesa familiar a padres, abuelos, hermanos, primos consanguíneos y afines, tías carnales y cuñados, para consultarles y pedir su consentimiento y autorización. Como es de suponer, la católica comensalía de Shakira ha dicho nones: ganan la decencia y lo pudendo. Shakira ha argumentado ante los medios que no tiene muchas ganas de aprender a actuar, cuando ya mucho le cuesta fungir de cantante por ahora. Gana entonces el arte sin mediaciones, quiero decir, la música.

A fin de cuentas, mi amado Javier Bardem, actor español elegido para interpretar el papel de Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera se quedará con las ganas de echar una miradita a los adminículos pectorales que embobaron a su coterráneo Alejandro Sanz, en el inefable vídeo aquel. Aunque no falta por ahí quien dice que Sanz es sujeto de otros andares. De vuelta al tema, pierde Bardem, pierde el hombre, pierde el cine. Shakira permanecerá vestida hasta que entregue la posta. Dicen que, mientras espera toda ataviada, aguarda un bebé de sangre azul gaucha.

Espera Shakira que pronto vendrá la sustituta, las latinas están de moda, si no lo sabías. Y la sustituta, con un ojo en la cuenta bancaria y otro en su picardía pubiana, entregará el sí. Adiós, Shakira.

Yo, maldigo.

YO, FRANCO: Gorditas victorianas

Hace más de cien años las mujeres que se colocaban en jarras frente al espejo eran muy distintas a las de hoy. En primer lugar ya nadie se muestra con las manos en la cintura, ciertas posiciones han caído en desgracia y son ridículas para una concepción posmoderna en la que todos deben parecer jóvenes. Es lo culturalmente correcto. Una centuria atrás, de pie y en jarras para el retrato, las damas tardovictorianas procuraban acentuar sus redondeces, heredadas y no heredadas, en la región de las posaderas, el busto o el vientre mediante la colocación de postizos y rellenos. Hermosa era el ama de casa rozagante y maternal, mujer criada y mejorada para las labores del hogar, como nos lo recuerda Alison Lurie en su delicioso paseo por el mundo de los trapos, El lenguaje de la moda. Además de sumisa y recatada (actitud que se revelaba bajo la “metáfora del sombrero”, artículo de ala ancha que ocultaba el rostro de esta matrona al borde del sonrojo), el ángel de la casa exigía ser práctico, caritativo y devoto. Para ello necesitaba fuerza: curvas más redondas, miriñaque, sombrilla y polisón.

La estética femenina habitaba en cuatro paredes, al pie de una chimenea y con el perrito a los pies. Las damas victorianas ostentaban con orgullo y sin vergüenza sus rollizos brazos y, cuando natura no concedía, la ropa interponía sus oficios. Tetonas, barrigonas y culonas, las señoras del novecento acompañaban al buen burgués que iba a embutido en abrigo y pantalones holgados, chaleco, camisa de pechera, botas grandes y sombrero de copa para tocar. Acicalado en negro, de barba profusa, patillas y panza redonda, caminaba con bastón y paraguas este pater familias de doble fondo. En este mundo apenas olvidado, salud era holgura, desprendimiento, verosimilitud, contundencia, no había lugar para socorridas tibiezas o paños, para paranoias light o ultralight. Una posadera era una posadera, acariciar era agarrar, vivir y comer era menos una tortura y más un festejo.

Devolvamos los ojos a esa imagen en el espejo con más frecuencia hogaño, ya que, dada la intervención de la Divina Providencia y el Eterno Retorno, no tardará en cristalizar de nuevo aquel reflejo tan pronto la era de la anorexia toque el crepúsculo, como exige el vaticinio.

Yo, vaticino.

Tuesday, August 07, 2007

Michelangelo Antonioni: el director del viento


Por Francisco X. Estrella

“El único director capaz de filmar el viento”, se dijo de él. Ha muerto Antonioni este lunes 30 de julio, en su casa de Roma, en compañía de su esposa Enrica. Ha muerto el director que convirtió el cine en literatura, el hombre que hizo de la cámara un alma. Como corresponde a los verdaderos artistas, el que ha muerto procuró desaparecer tras su obra, dejar que los elementos hablen con su usual carga de tragedia, mientras él, la boca de una forma de naturaleza, los ojos de una variedad humana, permaneció estático y quedó mudo. El tiempo con su capacidad ineluctable y sinuosa cerró la vida de Antonioni con silencio, silencio para el maestro del silencio, espejo de su obra. Después de callar, Antonioni, las hojas del árbol, exhaló.

Se recordará al hombre como aquel que tejió con la cámara una red con todos los conflictos dignos de ser dichos, los únicos que pueden decirse: los del corazón. Se dirá que el hombre tomó las herramientas de un arte ya fenecido —el cine—, los recursos gastados de un arte que no es más que una técnica, arte que no es arte. Lo asombroso, lo raro, es que este hombre hizo del artificio, de esos pedazos robados a otras artes, de los soportes mismos, toscos e inútiles, una coda del espíritu. Podemos advertirlo en cualquiera de sus cintas, La aventura, El grito, El eclipse, podemos ser cautivos de la pureza de los elementos a través de un crisol cinemático, a través del movimiento de las cosas. Lo raro —tal es la cualidad de algún arte: la rareza— es que ante todo el cine de este hombre fue morosidad, cansancio, movimiento desgraciado de las cosas, palabras alejándose de las cosas. Movimiento al borde de la estática, movimiento de la muerte, estatuario Antonioni.

Michelangelo Antonioni ratificó por vez enésima que el mundo es inútil, una esfera sin amor, un error. Y si es un error, una excreta: ¿qué queda por hacer en el mundo? ¿Aceptarlo en su apariencia, fenómeno, máscara, resignarnos a su espacio en que la voz nunca dice ni es, navegar en el hogar del equívoco? Son las parejas, los matrimonios, los esqueletos del amor quienes responden en estas cintas: parejas de ilusión que pugnan por zafarse, por desatar el nudo, parejas vencidas, deshechas, viejas, que no admiten el fracaso de la única lengua que pudo redimir al hombre de su pecado original. El artista, el camarógrafo, observa las palabras vaciadas de su interés intrínseco, es decir, de su sentido y deja estar a sus seres, congelados. Los finales de El eclipse y de La noche hablan de lo que no se dice, de lo que nunca se ha dicho, de esto. De la desintegración viva.

“Que morir tenemos”, me ha dicho el poeta Carvajal cuando le notifiqué la noticia del deceso. Tres palabras sabias. Mientras tanto, nosotros, vivos, permanecemos. Vivos no, existentes. Aunque no dejo de sentir una viva opresión en el pecho al recordar el rostro de Antonioni, tan gallardo, tan antiguo, entreverado siempre con un fotograma o una secuencia de sus filmes o acaso con la silueta de Monica Vitti, su actriz. Aunque yo muerto, existente nada más, su fin me golpea como si alguna vez hubiese vivido y lo hubiese podido sentir en una época que colapsa: la del cine.

Wednesday, July 11, 2007

Desde el Führerbunker


Escrito desde el viento. Copiado en la lápida del héroe. Insuflado de aire de alturas, cobijado por el frío del hombre. El otro cantar, el flaco cantar de los dedos, de los pies, de las uñas y los huesos de cadáveres lavados. El cantar de los altavoces, la llamada al orden, los gritos de los niños, la panza del sol hundida en el borde del muro. La voz que ordena, clasifica, jerarquiza. El tiempo heroico y su luminoso uniforme, los elegantes edificios neoclásicos, novísimos, que aguardan a los hombres forjados en la belleza, en la pureza, en la definición. Las columnas dóricas arrasadas por humo negro, la cruz doblegada. La pluma de Speer y la insondable belleza maldita de Himmler. La locura de Goebbels, la elegancia astral de Goering y el Führer.

Escribirán las cenizas, escribirá la caída, escribirá el viento.

Wednesday, April 18, 2007

Antihéroes


Aunque dominaba el universo, el dios se aburría, el espacio era una estrella helada. No entendía de soledad, pero ese día dudó. El silencio detonó su ira y decidió crear. Prefirió la compañía al camino heroico, fue un antihéroe. De aquel momento datan el esfuerzo, la voluntad, la incertidumbre, de un instante de duda.

Pequeñas cosas poblaron el mundo: humores, sangre, ruidos. Para soportarlas la criatura aprehendió el sonar de las cosas, imitó al creador en su único acto breve, en el soplo. La criatura sabía que era una debilidad del padre, que comería tierra mientras durase el tiempo. La necesidad hizo que su vileza marcara huella. Su voz confirmó el error.

Ahora que el tiempo es cansancio, observo al duque junto a la ventana de un tren. “Es demasiado tarde para llegar tarde de nuevo”, concluye, el reloj marca el paso. Va al encuentro de su sombra, otro hombre. Parece lejano, parece un sueño. Los antihéroes se ven a lo lejos desde las minucias. Con la yema de un índice anciano, el duque ha escrito sobre la ventanilla una sentencia que se desintegrará inmediatamente. Entonces vuelve al reloj, la máquina de las palabras cuyas manecillas protegerán la excreta, lo vacuo. Los héroes no han nacido, el gorjeo seguirá sonando.

Sobre el vaho de la ventanilla, el duque ha escrito: “podemos ser héroes por un día”. Famosos unos minutos, unos días. Héroes de pacotilla.

Monday, January 22, 2007

Extemporanea: Los soñadores

Parece que Los Soñadores de Bertolucci han conmovido a todo mundo. Parece que la marea de deseo toca a todos los espectadores. Y parece que a Bertolucci puede permitírsele todo, excepto falta de sentido, falta de visión. Bien, yo creo que algo de eso ocurre en este filme. Pero hay que ir con mucho cuidado:

1. Bertolucci no es un nuevo autor que quiere bautizar su cine en un ambiente posmoderno: es un veterano director que nos ha dado obras como La estrategia de la araña, El Último Tango, La luna, La tragedia de un hombre ridículo, El Último emperador, The Sheltering Sky o El conformista. Esto es muy importante para lo que voy a decir, especialmente en lo que concierne a El Último Tango, La luna y El conformista. El cineasta ha dado las claves de su parecer respecto de ciertos temas, los más queridos por el autor, el deseo, el sexo y el compromiso. Ha dado su interpretación en El conformista, por ejemplo, de la decadencia política ligada a la decadencia moral y subjetiva. Y lo ha hecho probablemente mejor que ningún otro cineasta. Ha dado con las claves de la degradación moral, de la enajenación en un mundo sin amor en El Último Tango, y ha navegado en las aguas procelosas del deseo incestuoso en La luna. Todo esto ha hecho Bertolucci.

2. Si todo lo anterior es cierto, si observamos uno de sus filmes con una perspectiva de conjunto, percibimos que hay cosas que ya se dijeron, que fueron mejor dichas, que no tienen por qué repetirse, en definitiva, que si se retoman son una revisión de su cine. ¿Hay algo de malo en esto? Supongo que no, si contribuye a robustecer el cuerpo de sus obsesiones personales como realizador, si suma elementos a su obra creativa. Los soñadores es una clave conocida en Bertolucci, principalmente para quien ha visto La luna, Último Tango y El conformista. ¿Qué de lo que se repite en Los soñadores, no se ha dicho antes y mejor en El conformista? Nada, diría yo.

3. Para un realizador como este, que ya escandalizó las conciencias con El último tango y sus cadavéricas imágenes decadentistas, la apuesta por la provocación moral ya no es el único recurso. Para un público como el de hoy, que lo ha visto todo en filmes actuales y pasados, el peso moral de que la sangre se derrame de la entrepierna de la virgen y se la pasen por la cara, no dice nada, solo intenta escandalizar. ¿A quién? ¿A los que ya fueron tocados por La luna o el Último Tango? Los soñadores funcionan de modo muy diferente como una película solo que en el marco del cine de Bertolucci.

4. La situación. Hábilmente situada en la atmósfera de mayo del 68, Los soñadores, tiende un trasfondo político, como llamarlo, bastante revisionista. Sabe Dios que estoy muy lejos de fantasías revolucionarias e incandescencia rebelde, pero al parecer hoy en día está muy en boga revisar la conciencia de la década del 60. Es cierto que gran parte de la rebeldía francesa fue de divine gauche, de una izquierda de salón y café. Pero NO TODA la izquierda maoísta fue una izquierda divina, una izquierda de compromiso de boca. En la película parece que el conflicto interior, subjetivo de los protagonistas, rebasara su condición para mover la historia. Y eso que funciona como una sospecha en otros autores, el hecho de que mayo del 68 fuese conmovido por irresponsables superficiales mutilados en sus vidas personales o abrumados en su subjetividad, aparece como incontrovertible en la cinta. Precisamente en la escena final cuando el hermano echa por la borda un pacifismo que nunca tuvo y se lanza a la lucha violenta, igual de irresponsable que su lucha personal. Pero en realidad, ¿sucedieron las cosas así o el director exagera y pretende darnos una imagen desencantada (ay, la moda de los tiempos) de lo que ocurrió? Ni lo uno ni lo otro pero la mirada del director es tajante, sin lugar a la duda o a la reflexión. Que fueron unos jóvenes idealistas y aun irresponsables, lo sabíamos. Que todos lo fueron o lo fueron por solo estas causas, es lo que el director no se ha detenido a dudar. Hasta una imagen maniquea cabe: la del joven e idealista norteamericano que choca con toda la realidad espuria de la pareja incestuosa.

5. El incesto es tratado sin ninguna sutileza, como si se tratase de nuevo de provocar. Un director que ya lo contó todo desembozadamente sin problema podría dar lugar a imágenes más sugerentes. Y no es que me escandalice, pero, ¡por Dios! si vimos antes ya The Sheltering Sky. La provocación y hasta la sugerencia morbosa hubiesen funcionado de modo maestro para decir o susurrar lo que no se dice. Pero el director ha escogido el camino más fácil.

En definitiva, narrativa y sintaxis perfecta para estos Soñadores, pero grandes prejuicios y un agotamiento autoral que da mucho que pensar en el mundo cinematográfico de hoy.

Friday, January 19, 2007

Otra lista negra

todos los sitios de la ciudad: burocratizados
una rasta de Fito Páez
el carrusel campechano de la Plaza Foch
silvio Rodríguez, su jerga
estas tres películas posmodernas
la música de juglar
las mentiras consuetudinarias de los empleadores
las meloserías de Figlio, comosellame
los analistas políticos cerrando filas y sus alimentos tecnócratas
el griterío destemplado de Shakira
los pantalones vaqueros
véase Facundo Cabral
es un sueño
el asfalto de La Mariscal, mugriento
un enano canta “Ingrata”
todo el ruido de estas calles:
hambrientos, pedigüeños
saltimbanquis, payasos de esquina
coleccionistas de piezas arqueológicas
profesores de universidad: violadores, pajeros
esta basura llamada reggaeton
todos estos maricas expulsados del ropero
y los jóvenes babosos de la nueva política.
Tanto calor nuevo en esta mierda ciudad,
cerrados los bares, las tiendas, los puteríos tan temprano
es un campo.
La fauna:
tú, puta de mierda, que cambiaste las aulas aburridas y las manos de tus cochinos violadores
por las páginas editoriales.
Tú, maricón mentiroso, que escribes en las páginas de El Comercio
al vaivén de la plataforma de turno.
Zorras viejas malolientes.
Deambulan en puñeteros bares de casas cayéndose a pedazos
toda la gente apesta,
apestan a axila los gringos de mierda
¡lárguense a bañar en Idaho!
Y los pelmazos guían los coches
como carretas
esas viejas maleducadas, insolentes
perras
Una ciudad llena de cagadas de pájaros, ratas y perros
la misma raza maldita
de mal gusto generalizado.
Ciudadanos mal vestidos, harapientos, zarrapastrosos
hippies, marihuaneros, basuqueros
negros que cogen a gringas
bailándoles salsa
las esquinas meadas
no hay tarros de basura
solo un gonorrea que hace de Dalai Lama los domingos
en su asqueroso programa de televisión
le lame el culo al que ganó.
Las calles están cerradas porque estos imbéciles piensan
que ganarán un partido de fútbol que en realidad nunca ganan
(bastarda bandera de tres colores
tan vulgar, tan mal combinada)
Este país no es país
es una raya de tiza en la mierda
sin un monumento decente
ni una calle grande
todo es tan enano y deforme como la forma de hablar
de las niñas-seudo chillando con las letras de Joaquín Sabina
putas viejas.
Otra lista negra:
Yo, en medio

Monday, April 10, 2006

MPC: Mujer sola

MILK Garbage
WHY? Annie Lennox
CIRCLE IN THE SAND Belinda Carlisle
SECRET Madonna
ANGEL Eurythmics
WHO'S THAT GIRL? Eurythmics
LOVE IS A STRANGER Eurythmics
JEZEBEL Sade
LIKE A TATOO Sade
PEARLS Sade
I GO TO SLEEP Pretenders
FLOR CARNÍVORA Ana Torroja
NOBODY LIVES WITHOUT LOVE Eddi Reader
MELODIA SENTIMENTAL Zizi Possi

Tuesday, March 21, 2006

Coneja y Narciso

Por David Onica

Es un agujero negro, es un caos, una pecera. Su viernes, su sábado, su domingo. Comenzó en el 10-D, Avenida Larga:
—Hola m’hijo: acompáñame a comprar discos de tango.
—¿A qué hora paso?
—A las doce menos cuarto puede ser. Traete el libro también.
—Hecho.
No compraron los discos, tenía otra cita.

13,30: Jorge Luis Semprún toma un expresso, C. Mantilla dibuja una estrella con el hígado de su plato, Romero abre una cerveza y Él espera una hamburguesa con papas. Lena Valdés cruza la puerta:
—Eh, Narciso: ¿qué fue que no me llamas?
—Dejé un mensaje en la contestadora de tu casa.
—Llámame al celular, pues.
—No importa, ya tengo lo tuyo: saquémoslo en “Aguamarina”.
—Esas manes me odian. Ni lo pienses.
—Entonces déjame ver donde puede ser.
—Bueno. No te pierdas, ¿ya?
—Ya.
Mitad de la tarde: Coneja se mueve en algún lugar de la ciudad. Viernes, “qué alivio”. Un metro setenta y tres centímetros, cuarenta y ocho kilos. Su vida es un corre corre, la vida es un corre corre. Quisiera ser más bajita, menos confiada, más segura, menos popular, más querida. Quisiera ser. “¿Dónde diablos dejé el block de notas?”. No lo sé.

Coneja odia levantarse temprano. Tiene que hacerlo: “Ya me atraso. Chao”. El secador de cabello murió: fuck off. “Tengo los papeles, las firmas, teléfonos, secadora (ah, secadora, no), lápiz labial, labios secos, pintura de uñas, celular (¿dónde estás, dónde estás maldito teléfono celular?) Tengo dos horas y media en la mañana y tres en la tarde”. “¿Dónde comeremos? ¿Con quién?”.

Una de la mañana: Él toca un timbre:
—¿Tienes el vodka?
—No..., no.
—Sin vodka no te dejamos pasar.
—Bueno hijueputas, ya vuelvo.
Toman vodka hasta las tres. Él se duerme a esa hora, completamente bebido. Por la tarde tomó cerveza con Mantilla, Romero y Semprún e inauguraron la noche con una estúpida muestra de arte. Una sola mujer guapa entre doscientos. Zona: Quito. A las veintiuna, Romero, C. Mantilla y Semprún toman rumbo desconocido. Veintidós horas: Narciso en la entrada del 10-D, edificio café, Avenida Larga. A las veinticuatro se seca el Absolut y la conversación. Son Mira Vogel, Vera, Kiki Larco y la dueña de casa. Las arrugas las persiguen como arañas. Liposucción, cirugía y peinados nuevos. Él vuelve a los varones, quiere beber.

Entre sus objetos, Coneja ama algunos, varios. Es una niña pequeña y se fastidia. Pero la gente la ve como una chica seria. Ágil. Eficaz. La eficaz Coneja guarda cosas bonitas, recuerdos, fotos. Los regalos del último cumpleaños, la imagen de Cronos, eso conserva. Cosas chiquitas, recuerdos como noches de boda. Él quiere regalarle un objeto, finas líneas color turquesa.

Sábado. Él comió camarones y sus acompañantes, pescado aromatizado con coco. Solo, marcó un centenar de veces el teléfono de Kiki Larco, su acompañante a la fiesta de los Vogel. En la fiesta una vieja se queja porque, supuestamente, Él no la saludó al llegar. “¡Ordinario!”, ha dicho la muy idiota. Más allá del comentario, el joven se resbala de la mesa de los viejos a la gran fiesta. “Quiero una chica que sea real, quiero una mujer que sea muy especial, quiero una dama que me sepa amar”. La fila para el baño se extiende como víbora. El joven termina en la sala de “Tecno y electrónica”, donde parece que se conoce todo el mundo. Saluda con Andrew y poco más tarde llega su hermano, Wladimir. Por una razón que desconoce, Wladimir le recuerda a Coneja.

El domingo recupera el sueño perdido.

¿Dónde está Coneja, ahora? Seguramente cuida a alguien. Quiere ser otra, no quiere que le hagan daño, no quiere sufrir. Ser feliz, eso es, quiere ser feliz. El tiempo cambia, la gente observa de otro modo a las mismas personas.

Ahora Coneja siente una voz que vuela del abdomen al pecho, un sueño. Durante la tercera noche Él tropieza con una vitrina. Siente el dolor y lo escoge con delicadeza. Un lagarto turquesa con fondo negro.

Tuesday, March 07, 2006

MPC: Beber champán en Puerto Vallarta

TAKE ME TO THE RIVER Talking Heads
RIGHT BY YOUR SIDE Eurythmics
PARADISE Sade
SMOOTH OPERATOR Sade
LOVE DE LUXE Sade
FAIRGROUND Simply Red
JUST ONE LOOK Bryan Ferry
I DON'T WANNA BE A HERO Johnny Hates Jazz
UNTIL ABOUT YOU (JUST A LOVE BABY) Barry White
BEWARE Barry White
LET ME IN AND LET'S BEGIN WITH LOVE Barry White
THE BEST IS YET TO COME Luba
BEING COOL Djavan
DOU NAO DOU Djavan
DEIXA ESTAR Marina Lima
PRA COMECAR Marina Lima
A PRAYER FOR EVERYONE Belinda Carlisle
EVERY KINDA PEOPLE Robert Palmer
IF BEDS COULD TALK Chris de Burgh
BÉRADERO Zizi Possi

MPC: Ir a la playa

BABY PLEASE DON'T GO Vam Morrison
BLUE HIGHWAY Billy Idol
DON'T BLAME IT ON THE SUNSHINE Jacksons Five
SURFIN U.S.A. The Beach Boys
I GET AROUND The Beach Boys
CALIFORNIA GIRLS David Lee Roth
WANGO TANGO Ted Nugent
SOME OF MY LIES ARE TRUE Huey Lewis and the News
I'M ONLY WANNA BE WITH YOU Samantha Fox

Los lunes al sol, son domingos de sombra

Bajo el sol del Cantábrico un antiguo ferry se mueve serenamente. Es la ría del Vigo, España del norte. Los pasajeros levantan la mirada para recibir la luz y el calor. Pero este ni el resto de días habrá mucha luz. Así se abre Los lunes al sol (1992), tercera película del joven Fernando León de Aranoa, director de dos largometrajes (Familia, 1996, Barrio, 1998), sólido autor de guiones (Fausto 5.0., La espalda de Dios, La gran vida, La ley de Herodes, La guerrilla de la memoria), gran detallista. Esto último queda registrado en Los lunes, magistral pieza de casi dos horas de fatal y humana duración. La historia es una fábula moral acerca de un grupo de hombres en paro que sobrellevan sus existencias entre la pobreza, la desesperación y la desdicha. Sin embargo, la película concede a estos personajes una raigambre moral tan compleja que ninguno muestra rasgo alguno de maniqueísmo o doblez: son seres humanos afectados por el despido masivo del astillero en que trabajaban y, hoy en día, enfrentan los días con paciencia, desgano, estoicismo y fracaso. La realidad es para ellos amargura, inquietud, contemplación, inseguridad y tragedia, completo abanico de sinsabor y derrota.

Los créditos de la película corren mientras observamos imágenes reales del enfrentamiento entre obreros de la Naval de Gijón contra las fuerzas antidisturbios. Se diría que se trata de una película de enfrentamiento político, de revuelta popular o toma de conciencia. Pero el verdadero comienzo nos da una pista clara de la anécdota: es una historia que transcurre como el eterno domingo en que se han convertido los días de sus personajes, Santa, José, Lino, Ana, Amador, Sergei, Reina, Rico, el grupo de parados, y Nata, la adolescente hija de Rico. El protagonista es Santa, un enorme Javier Bardem —el actor español más grande de su generación— que luce una panza cuadrada, barba negra y poblada, un perpetuo jersey de punto y cuarenta años de más. Santa es de “enfado fácil, de mano atenta, compañera, es camino recto” como lo ha descrito el director de la película, hombre que no se allana a las razones de su despido y navega indiferente entre esquina y esquina. Santa sostiene la sonrisa del espectador a lo largo del filme y es el centro de las más entrañables y dramáticas situaciones de Los Lunes. Procesado por haber roto la bombilla de una calzada, será derrotado en los tribunales pero nunca en su ley: siempre habrá otro foco con quien vengarse. Él y los demás personajes se reúnen en el bar de Rico —solo él, “rico” —, único que invirtió su indemnización con suerte; los otros se la han gastado ya o están por hacerlo, ninguno tiene empleo fijo y sus existencias se oscurecen día tras día. El suicidio, el abandono y la muerte planean siempre sobre estas cabezas.

Pero el tratamiento del filme es delicado y tierno, una pluma compasiva, valerosa y realista. En los momentos más dolorosos, por ejemplo —la lenta revelación de la morada de Amador o la corrida del tinte de cabello de Lino-—, la cámara es morosa y recoge con paciencia e infinita compasión la amargura del desempleo. Como contrapunto, una ninfa en flor, Nata, concede a la película una nota vivaz y traviesa, un soplo de vida ligero en su coqueteo con Santa, en su voz, su mirada y su fiesta. Pero los lunes los seres caen derrotados, abiertas sus heridas, demolidos por el plomo del ocaso, la soledad y la tristeza. El personaje del filme no es uno, es un personaje colectivo que lacera a cada toma y abre en el espectador una herida entre pecho y estómago. Son notas similares a las de un drama literario —Moravia, Hamsun—, recitado en clave coral como corresponde a una historia social. A eso contribuye su excelentísimo cast actoral, con nombres tan de recordación permanente, como el de Luis Tosar en el papel de José —la cara más seca y lastimera del filme—; José Ángel Egido, “Lino Ribas”, eterna sombra en la sala de espera de las agencias de empleo; Nieve de Medina, nocturna nieve que empaca el pescado que otros comen; Celso Bugallo, el menos amado de los Amadores del cine; o Aída Folch, una pícara Nata que canta —¿felicidad y futuro?—: dónde está nuestro error sin solución/ que difícil es pedir perdón/ ni tú ni nadie, nadie, puede cambiarme.

Estos lunes nos recuerdan antiguos y aciagos domingos, I Vitelloni (Federico Fellini, 1953), I Compagni (Mario Monicelli, 1963), indudablemente desesperanzados aunque razonablemente concientes. Los lunes nos recuerda que Jean-Luc Godard prevenía sobre hacer filmes políticos: lo que se necesita, decía, son filmes realizados de manera política. En tiempos malos para la conciencia, lo social y lo político, Fernando León de Aranoa ha rodado un filme de manera política, sin moralejas, sin maniqueísmos. En conjunción artística con su guionista, Ignacio del Moral, y de Lucio Godoy, autor de una bella y descriptiva música, ha realizado un filme sobre seres humanos que sufren y resisten como en una novela de Dostoievski.

Friday, March 03, 2006

Cuando una mujer (no) ama a un hombre

Por Sandra Milo

Admitámoslo: las mujeres somos complicadas. Cuando el marido o el novio quiere salir a pescar o tocar con su banda de rock, se nos ocurre ir de compras. Dejamos que nuestra comprofilia nos domine... y el hombre ya tiene cara de fastidio. Nos pusimos de acuerdo en salir a una hora pero el maquillaje se ha perdido y, Dios, no podemos dejar la casa sin estar perfectas. Y él, todo el día trabaja que trabaja, no regresa a casa más que a las diez. ¿Qué tanto hace en la oficina, cuando puede estar a mi lado? Un momento: recuerdo que olvidé mi celular en el auto y ya es hora de que él llegue a casa, así que. A él y a ustedes les pregunto:

1. “Mi amor, el lavabo está lleno de pelos”, significa:
a. Los recoges o mejor usas la navaja a la altura de tus muñecas, querido.
b. Siempre que te afeites voy a limpiarlos, mi amor.
c. No es importante: por suerte las mujeres no tenemos barba.

2. “¿Por qué tienes esa cara de baboso?: ¡la función ha estado linda!”, quiere decir:
a. Mañana podemos ir al fútbol, vida.
b. Definitivamente el arte no forma parte de tu vida.
c. Si a la próxima te aburres, mejor toma café antes de venir.

3. “¿Qué tiene esa rubia siliconada que estás mirando?”
a. Mañana yo también voy al cirujano para que me quieras más.
b. Un parpadeo más y tendrás la costilla de Cristo.
c. Aunque se vea bien, todas las mujeres somos bonitas.

4. “¿Quién es esta Mirna Díez que tienes anotada en la libreta de teléfonos?”, significa:
a. A lo mejor es la chica de los seguros con la que se reunió ayer.
b. A lo mejor es su vulgar ex novia de la que no se olvida, el muy perro.
c. A lo mejor es la señora de la limpieza que yo mismo anoté.

5. En Cuando un hombre ama a una mujer, con Andy Garcia y Meg Ryan: “Has cabeceado más de diez veces: ¿tienes sueño?”
a. Este no tiene sentimientos: nunca entiende las películas de amor.
b. Seguramente la vio con otra.
c. Aunque ya se duerma, lo importante es que me ama.

6. “¡Solo piensas en sexo!”, quiere decir:
a. A mí también me gusta pero ¡es necesario hacerlo tantas veces al día!
b. Todos los hombres son iguales, por eso hay mujerzuelas en el mundo.
c. No importa: comienzo a sentir un cosquilleo…

7. (llorando): “¡¡No tienes nombre: cómo pudiste olvidar nuestro aniversario!!”, quiere decir:
a. No voy a perdonarte nunca, salvaje.
b. Necesitas ir a mis pies durante una semana si quieres algo.
c. Ahora sí te tengo en la mano por el resto del año, queridito.

8. “Vida: ¿no podrías controlar tu vocabulario?”, significa:
a. A mí las palabrotas no me afectan pero sí a los niños.
b. Él me sobrepasa en malas palabras, ¡no puede ser!
c. ¿A quién estará frecuentando para que hable así?

9. “Cuando te dije que compraras incienso no creí que pensarías que era una marca de autos”, significa:
a. Entre el hombre y el mono hay menos que un paso.
b. La próxima vez voy yo: no hay cómo confiar en los hombres.
c. Debo ser más explícita: no pensar que él piensa cómo yo.

10. “¡Te has bebido ocho whiskies!”, quiere decir:
a. Uno más y me voy sin ti.
b. Mañana tengo que comprarle un par de aspirinas para que se le pase.
c. Si tú bebes, creo que la mejor idea es darte alcance.

11. “Veinte minutos y todavía no llega el muy fresco”, significa:
a. Será mejor que ya no venga porque se va a encontrar conmigo.
b. A la segunda palabra lo parto en dos.
c. Estoy acostumbrada a su falta de respeto.

12. “Raúl: ¡¡¡Baja ya ese volumen que está muy alto!!!”, significa:
a. Los hombres son exactamente iguales a los niños.
b. A volumen alto oídos sordos.
c. Árbol que nace torcido jamás su tronco endereza.

Puntuación:

1. a) 10; b) 0; c) 5
2. a) 0; b) 5; c) 10
3. a) 5; b) 10; c) 0
4. a) 0; b) 10; c) 5
5. a) 10; b) 5; c) 0
6. a) 10; b) 0; c) 5
7. a) 0; b) 10; c) 5
8. a) 0; b) 5; c) 10
9. a) 10; b) 5; c) 0
10. a) 10; b) 0; c) 5
11. a) 5; b) 10; c) 0
12. a) 5; b) 0; c) 10

Cuánto sabes de una mujer:

De 100 a 120. Como es sabido las mujeres hablamos en tres pistas. Y la primera nunca, nunca es la real. Amiguito, la fuerza de la costumbre te ha conferido el especial talento de descifrar lo indescifrable: lo que queremos expresar. Ahora bien: ¿qué vas a hacer con ello?

De 50 a 100. Te hace falta un poco de oído, hombre: las mujeres decimos una cosa cuando queremos decir otra. Y a veces pecas de ingenuo y poco sutil. La guerra de los sexos es el dulce espacio en que tomas una bola y la arrojas lejos para que no te impacte. Aprende a jugar.

Menos de 50. Sordo, sordo, sordo. Nada intuitivo, elefante de cristalería. Si quieres mantener algo con una chica: ¡¡necesitamos atención!! Y si no lo haces, adiós. El mejor aparato para tu sordera es quedarse solo por un tiempo y recomenzar. Si no: ¡al hospicio de la soledad!

Mestizaje

Por Margo

Uno de los retos para quien ama el vestuario es dar con una buena combinación de colores, tema que se aprende y viene de la observación más que del gusto. Buen gusto es a la final el resultado de lo aprendido tras mucha concentración y formación. Asistir a espectáculos, fiestas, ver televisión, acudir al cine, visionar obras de arte, comprar objetos y artículos, leer y observar buenos libros, son principios que no hay que perder de vista. Un manojo de combinaciones de color, inesperadas unas, conocidas otras, mezclas del día a día, mestizaje de tonos diarios.

Las nociones.

Verde y rojo
Para una buena tenida informal o casual, de tarde de cine o noche de plática con amigos, una prenda verde con una roja hace buena pareja. Para quienes se atrevan a dar el primer paso prueben con un cinturón.

Negro y café - Gris y café
Suele pensarse que colores oscuros hacen buena pareja con colores claros. Los colores oscuros también se combinan con otros tonos oscuros, igual que los claros con sus pares. La combinación no siempre es inter pares. Es un mito que el negro y el café no son buenos amigos; depende de las prendas. Para ello recomendamos matizar las texturas: puede tomar una prenda de corduroy y una de lana, camisa y pantalón por ejemplo. La textura dará calidez a la combinación.

Rojo y rosa
En contra de la prohibición tradicional. El rojo y el rosa son parientes que a veces chirrían, no siempre. Lo más aconsejable es dar pequeños matices rojos a un vestuario rosa general o viceversa. Para ello hay que experimentar con los accesorios. Hombres y mujeres pueden adaptar pañuelos y bufandas para alegrar el rojo o el rosa. El resultado será de una vitalidad matutina sin par.

Azul y celeste
Aunque no hay muchos prejuicios es necesario enfatizar que las líneas de común parentesco entre los colores pueden ir bien. El azul cielo va con matices más oscuros de azul. Lo clásico es llevar un traje azul marino con camisa celeste y corbata de color vino. Magistral acoplamiento de índole virreinal que va muy bien para hombres monárquicos.

Amarillo y café
Debe usarse con cuidado, principalmente para escenarios veraniegos o playeros. Es recomendable que el café se use en prendas de la parte baja, pantalones, pantaloncillos de baño, shorts, y el amarillo arriba (camisas, camisetas, camisetillas). Hay que respetar esta ley pero no hay que olvidar que los colores claros tienden a dar más volumen a la gente.

Celeste y café
Benévola mezcla de corte informal. Chaquetilla de corduroy o lana color café con camisa celeste siempre da un tono bohemio a quien la porta. El conjunto puede sellarse con una corbata o accesorio que adorne el cuello en un tono que siga la línea de la naturaleza. Pañuelo o corbata verde es lo mejor.

Verde y amarillo
Combinación atractiva para las damas. Colores frutales hacen juego con prendas claras de tonos cálidos. Es recomendable que las prendas no sean muy formales o que se combinen conceptos. Pantalón verde con blusa amarilla para el fin de semana hacen un juego visual encantador.

Verde y naranja
El verde y el naranja es un híbrido de seres libres, independientes. Es indispensable que las prendas tengan soltura y no sean de diseño rebuscado. Lo mejor es la llaneza y la ausencia de estampados comprometedores. Si da con un verde y naranja planos y limpios usted se verá como en portada de revista.

Verde y lila
Combinación asociada con la belleza de las flores y el campo. Son recomendables en situaciones de relax y aire libre. Se puede jugar con los accesorios, dado que adaptarse a las combinaciones exige una aceptación personal lenta. Eche mano de una corbata o pashmina de cualquiera de estos colores para un vestido o un traje.

Azul y negro
En la controversia de los colores fuertes se halla también esta propuesta. Lo indispensable es la textura. Procure que el conjunto solo sea de dos piezas, falda y blusa, pantalón y camisa. La seda es ideal pues el brillo de una de las prendas dará vivacidad al conjunto en general.

Rosa y amarillo
El rosa pálido y el amarillo claro son colores de vida ligera. Cuando usted se disponga a salir de casa con camisa y pantalones, quizá un suéter sobre los hombros, puede poner en práctica esta noción. El color del suéter o del cinturón es de fácil: café. Los zapatos en la misma tonalidad.

Rojo y negro
Como en la novela de Stendhal estos dos colores son parientes por derecho propio. No desaproveche la oportunidad para dar una imagen de reciedumbre y aplomo. Quienes están seguros de lo que persiguen pueden llevar un traje completo de color negro con camisa de seda roja y nada de corbatas.

Azul y blanco
Sencillez: camisa y corbata, falda y blusa, sin mayor aditivo que un reloj o una pulsera. El azul y el blanco pueden llevarse indistintamente en la parte de arriba o abajo del cuerpo. No haga mayores cábalas sobre la conveniencia de estos hermanos de cuna.

Naranja y negro
La contundencia del negro requiere muchas veces una compañía coqueta y cálida. Si la chaqueta es negra usted puede llevar pantalones naranja. La camisa puede ser blanca. Tonos que dan al negro una amistad emblemática, nada comprometedora.

Verde y blanco
El verde es un color que muchos hombres desprecian y las mujeres idolatran. Bien por las mujeres, mal por ellos. Grandes posibilidades combinatorias al verde. Con el blanco la discreción es absoluta: no hay mayor pulcritud que el mestizaje de estos colores. Si le apetece, introduzca un tercer tono, negro quizá, y mantenga la uniformidad de las prendas. Llaneza, he ahí la clave.

Café con rosa
Combinaciones como estas son más elaboradas, más complicadas de realizar. Deje que un rosa pálido, una sudadera por ejemplo, sea cobijado por un traje café de textura pesada. La ligereza del uno y la reciedumbre del otro dará un efecto sobrecogedor y enigmático.

Verde y azul
Otra de las posibilidades del verde es jugar con el azul. De su encuentro nace una gama de posibilidades para tenidas enteras u ornadas con accesorios de color. Lo importante es construir el vestuario sobre la base de una noción única. Úselos como colores complementarios.

Beige y rojo
Los tonos claros se abren a colores que atacan su paz. Corresponden a gente inconforme, gente que quiere más. Haga de los cremas, beiges, camel y avena, colores que acompañan a nociones intensas como el rojo o el naranja. Es válido principalmente para el vestuario deportivo de temporada.

Más nociones.

Azul cielo y naranja
Amarillo y blanco
Verde y blanco
Verde y negro
Café con rosa
Verde agua y negro
Verde y azul
Crema y café
Arcilla y negro
Beige y rojo
Rojo y blanco
Amarillo y negro
Naranja y blanco

Wednesday, March 01, 2006

MUSICA PARA CAMALEONES (MPC): Conducir por la noche. BMW, white

DRIVE Cars
EYES WITHOUT A FACE Billy Idol
WHITE WEDDING Billy Idol
HEARTBEAT CITY Cars
SACRED Depeche Mode
NEVER LET ME DOWN AGAIN Aggro Mix Depeche Mode
NEVER AS GOOD AS THE FIRST TIME Sade
MARIA MAGDALENA Sandra
WAITING FOR THE MIRACLE Leonard Cohen
SUNGLASSES AT NIGHT Corey Hart
DON'T YOU WANT ME? (DON'T YOU WANT ME BABY, DON'T YOU WANT ME NOW, LOVE) Human League
STAY David Bowie
BECAUSE YOU'RE YOUNG David Bowie
IF I'M DREAMING MY LIFE David Bowie
THE DREAMERS David Bowie
BROKEN WINGS Mr. Mister
THE CHOSEN ONE Bryan Ferry
I PUT A SPELL ON YOU Bryan Ferry
DON'T WANT TO KNOW Bryan Ferry
MINOR EARTH MAJOR SKY A-HA
SUMMER IN BERLIN Alphaville
HEART SHAPED WORLD Chris Isaak
CROSSING THE RIVER The Devlins
THE UNFORGETTABLE FIRE U2
WHERE LIFE BEGINS Madonna
BEING BORING Pet Shop Boys
REAL WILD CHILD Iggy Pop
DON'T STAND SO CLOSE TO ME '86 The Police
PARA UM AMOR NO RECIFE Marina Lima
WOMEN III Orchestral Maneouvres in the Dark
SLEEPLESS (TONY LEVIN MIX) King Crimson