¿Quién fue Antonioni? El artista que cinta tras cinta repitió con insistencia patológica que la proyección de lo real no tiene el mismo alcance de lo visible. Antonioni fue el artista que se afanó en colocar la recapitulación de la vida reducida a sus factores básicos, desarmada en sus piezas, como justificación del cine como arte, acaso la más precisa. Cinta tras cinta, corte tras corte, época tras época, Michelangelo Antonioni incitó a cuestionar el significado de las cosas en busca de uno distinto, peor que aquella ilusión inflada por la moral de lo nuevo y lo moderno. A esto convocaba la lentitud de sus planos, por ello abogaba la impertinencia de una cámara empeñada en demostrar que la verdad reside lejos de lo dicho y que en muchos casos —ay, la mayoría— la impresión de la imagen la niega, la disfraza, la pervierte. Abogó por ello a favor del misterio y su oculto sentido, por el enigma del silencio y la inutilidad de la palabra, por la saturación del tiempo expuesto y el detalle, porque creía con firmeza que bajo una capa y otra las cosas revelarían su significado aunque quizá fuese el absurdo quien condujera los tropiezos del hombre contemporáneo: «sabemos que debajo de la imagen revelada hay otra, más fiel a la realidad; y debajo de ésta, otra; y todavía otra debajo de esta última. Hasta llegar a la verdadera imagen de esta realidad, absoluta, misteriosa, que nadie verá nunca. O quizás hasta la descomposición de toda imagen, de toda realidad».
Lo verdadero entonces habita para Antonioni bajo la apariencia, más allá del «peligroso filo de las cosas». La cuchilla que él usó para mondar las capas de significación del orden y tentar el corazón de lo explicable fue la observación cansada, el ojo enérgico, la mirada larga y radical si honramos con fidelidad a Roland Barthes, el ojo atentatorio. Por ello, sin paradojas, Antonioni es para el cine el artista del movimiento, pues obligó a mirar detenida y juiciosamente los hechos con el fin de intuir qué escondían tras sus velos.
¿Qué fue entonces Identificación de una mujer? ¿Un ensayo que intenta revelar el fracaso de los deseos y la confluencia del equívoco? ¿La prolongación del tema de la «trilogía de los sentimientos», integrada (¿desintegrada?) por La aventura, La noche y El eclipse? Identificación de una mujer cuenta la historia del director de cine Niccolò, quien intenta llenar el vacío abierto por su divorcio a través de la búsqueda de una actriz para su nueva película. En su pesquisa, Niccolò tropezará con Mavi e Ida, mujeres que nutren el repertorio de caracteres femeninos de Antonioni mientras convocan a la vida del protagonista extrañamiento y separación. Plagada de metáforas de los eternos temas del autor —incomunicación, extrañamiento, enajenación, fracaso— dispuestas en los objetos y los fenómenos (niebla, puertas abiertas, espejos, escaleras, espacios vacíos), Identificación de una mujer es el puente entre la observación clínica del tiempo de las cintas de la década del 60, y la atmósfera de degradación, absurdo y hastío de la de 1980. A confirmar este punto contribuye el tratamiento decididamente hostil que prodiga el director a la vida contemporánea y su síntoma. Mas lo que caracteriza al film es la continuidad en la inquietud del artista sobre la profunda disgregación entre el porvenir confortable y promisorio de los objetos (la tecnología y la ciencia) y la tozudez de una antigua moral incapaz de asumir el futuro. Más explícita en torno a este problema que las cintas de la Trilogía, Identificación de una mujer prosigue el intento de colocar la cámara al servicio de una fenomenología de los sentimientos y su verdad intrínseca. La respuesta que obtiene su mirada fría sobre el insistente error del Eros es que, como dijese Antonioni, Eros está enfermo. Y si es así, la solución, el inri, ha de ser el fracaso. Ahí la persistencia del ojo atentatorio. —
Friday, May 30, 2008
Monday, May 26, 2008
YO, FRANCO. Líneas del bebedor y la ira

… que esta mierda de vida encubre otra, que estas palabras de mierda ennegrecen todo hasta que todo significa apenas nada, aunque sospecho existe un inframundo donde puedo decir mi odio y gritarte ¡imbécil!, gritar que eres cobarde y callas, gritar que tu honra no existe, que te robé y te hice pasar por inservible, inoperante, vil. ¿Sabes cuál la llave de este mundo, sabes cuál el origen del valor de toda palabra sin mugre? ¿Sabes cuál la antena del miedo, la llave que todo lo abre y expía, sabes cuál el picaporte del fracaso? Descorcha el valor en su nombre, sacia en el trigo tu ambición de saber, la necesidad de fe, purifícate en el vino o en la grappa. Beber, beber hasta el sudor y el horror, hasta el vómito que raspa tu garganta y te lleva al intestino y su sabor, hasta que tus orificios manchen las sábanas de amarillo, meado y mierda. Acostúmbrate a que la verdad sabe a cebada, a sorgo y patata, a uva de Noé y de David, acostúmbrate a sentir el olor de la verdad como el aroma del vómito de un ebrio, como la exhalación infernal de la caña porque el fermento ha de revelar en tu nombre. No saben nada quienes catan, quienes prueban, quienes tasan el valor del agua, oficio de polichinela y dama, de payaso y perra, hombres que no alcanzan a perderse en los sentidos sin vigas ni sombras. ¿Cocteles?: catador, tú no eres más que la puta de los fermentos, el añejo ha de servir para flanquear el inframundo y preguntar sobre el sentido del silencio y la ira, sobre pudor, honor y mentira, sobre lo que se oculta y lo que se disfraza, sobre el fracaso, sobre mi propia mentira. A ello ha de servir el ajenjo, bienvenido éste sea. Descubriré la santidad e imagen de Cavafis, la de Lowry y Faulkner, la de Proust, sus certezas de maldad y de furia, su palabra.
Campesinos: bebamos a raudales, bebamos sin temer distinciones, bebamos hasta el grito, hasta el fin del miedo, hasta la estupidez. Ni alegría ni despecho, bebamos porque el mundo se iluminará completo el instante en que rodemos sobre el césped, embotados e infectos de alcohol. Desesperados en la embriaguez, impactaremos una bala en los cojones del miedo. Levantad la copa, cobardes, levantad la copa viejas putas, levantad la copa maricones, abotargaos las jetas con el pico de la botella hasta procurar el vómito, despertaos a medianoche y corred, corred por el whisky hasta volcarlo sobre el piso pues no hay forma de ver sin quedar ciego. Seremos capaces de todo, de matar y humillar, de gritar, de ver y vencer. No os detengáis, no os extraviéis, a la mierda la nobleza y el respeto, a la mierda todo valor… artista que no ve no es artista. Apurad la copa, apurad, que todo acabará. Ese momento se sabrá lo que es justo. Y no quedará más que cantar. —
Friday, May 23, 2008
Wednesday, May 21, 2008
Sunday, May 18, 2008
YO, FRANCO. Un cráter ha surgido en medio de la ciudad
¿Por qué tanta agua en la ciudad? ¿Por qué, en una esquina, los enanos son asechados por la sombra y la deforme silueta de los edificios amenaza a los transeúntes, por qué esta atmósfera expresionista de cinta alemana? ¿A qué obedece el temor de los poblanos, el anonimato del sitio desde el cual resopla el miedo, los rostros ladeados, mohínos, la escoliosis, el ojillo de roedor sobre el tubo? ¿Cuál el sentido de estas voces huecas y cansinas, las urracas del secreto?
¿Por qué mil cobayas que chillan y se arriesgan en el umbral, echan un vistazo y desaparecen cuando la voz resuena más alta que el secreto? ¿Por qué mueren pisoteadas unas por otras, asfixiadas en su huida, clavadas en un palo que atraviesa sus culos, sus entrañas desgarrando, hasta ir por el hocico, mudo ya, por qué ellas y no leones, fieras, serpientes o el dragón?
La niebla avanza en la ciudad, Sarín y Tabún teñidos de blanco, a cualquier hora y desde cualquier punto, desde los valles que ahorcan el hueco en que la ciudad se pierde, desde las hondonadas cubiertas por cemento y asfalto, desde la colina de San Juan donde se inicia la persecución frenética a las cobayas arracimadas en las calles torcidas y en las avenidas fundidas en lluvia. Hay que decir que la niebla sucede a la nitidez hiperreal de un sol transformador de las cosas en masilla fantástica, juguetes plásticos de apariencia tonta y feliz, y por ello las mañanas transcurren idénticas, salvo el correr de los coches que dibuja amorfas filas al pie de las colinas y alborota los claxons en su ímpetu y torpe guía, longitudinal, lánguidamente. El quemante sol despierta ruido sobre el contorno de los objetos y amenaza con fundir los juguetes del equinoccio; el sol intruso en esta comedia. Luego la lluvia de tarde, la noche siniestra y la niebla, Sarín y Tabún con sus bufandas blancas apostados sobre la válvula de las tuberías, sobre las tes, sobre los codos y las cruces, sobre los desagües que insuflan vida a los objetos y contágianles la realidad que por la mañana les es ajena.
Un cráter ha surgido en medio de la ciudad, en el lugar conocido como El Trébol. Se dice que es el origen de la niebla, que en su interior se cuecen las cobayas y se tortura a los enanos rompiéndoles las falanges. Se dice que ambos sirven de combustible a la máquina de niebla que genera el sopor de la noche y se distribuye a través de canales secretos debajo del asfalto, hacia el norte abúlico e hipócrita y hacia el sur repugnante e ignoto, las rejillas lo riegan sobre las calles y gargantas de los autómatas, bajo la fluorescencia de las farolas. Se dice que de la máquina de niebla han partido los gases en busca del club donde debía liquidarse a los súbditos de una secta gótica, se rumora que aviones, voceadores, barrenderos, recolectores de basura caerán víctimas de los gases también. Es un rumor.
Pero el cráter implosiona, su fuerza no resiste. La ciudad continuará estirándose hasta que un día se rompa, persistirá en ella la bastarda concupiscencia de la lluvia, el sol y la noche, y el traqueteo de la máquina hasta que expidan su uso las tuberías picadas de herrumbre y óxido. Ese día retrocederán las cobayas y mil gusanos brincarán en las cuencas donde una vez brillaron las pupilas de un enano. Ese día el sol habrá muerto y quizá, quizá también el agua sobre la ciudad, quizá ese día amaine la lluvia sobre Quito. —
¿Por qué mil cobayas que chillan y se arriesgan en el umbral, echan un vistazo y desaparecen cuando la voz resuena más alta que el secreto? ¿Por qué mueren pisoteadas unas por otras, asfixiadas en su huida, clavadas en un palo que atraviesa sus culos, sus entrañas desgarrando, hasta ir por el hocico, mudo ya, por qué ellas y no leones, fieras, serpientes o el dragón?
La niebla avanza en la ciudad, Sarín y Tabún teñidos de blanco, a cualquier hora y desde cualquier punto, desde los valles que ahorcan el hueco en que la ciudad se pierde, desde las hondonadas cubiertas por cemento y asfalto, desde la colina de San Juan donde se inicia la persecución frenética a las cobayas arracimadas en las calles torcidas y en las avenidas fundidas en lluvia. Hay que decir que la niebla sucede a la nitidez hiperreal de un sol transformador de las cosas en masilla fantástica, juguetes plásticos de apariencia tonta y feliz, y por ello las mañanas transcurren idénticas, salvo el correr de los coches que dibuja amorfas filas al pie de las colinas y alborota los claxons en su ímpetu y torpe guía, longitudinal, lánguidamente. El quemante sol despierta ruido sobre el contorno de los objetos y amenaza con fundir los juguetes del equinoccio; el sol intruso en esta comedia. Luego la lluvia de tarde, la noche siniestra y la niebla, Sarín y Tabún con sus bufandas blancas apostados sobre la válvula de las tuberías, sobre las tes, sobre los codos y las cruces, sobre los desagües que insuflan vida a los objetos y contágianles la realidad que por la mañana les es ajena.
Un cráter ha surgido en medio de la ciudad, en el lugar conocido como El Trébol. Se dice que es el origen de la niebla, que en su interior se cuecen las cobayas y se tortura a los enanos rompiéndoles las falanges. Se dice que ambos sirven de combustible a la máquina de niebla que genera el sopor de la noche y se distribuye a través de canales secretos debajo del asfalto, hacia el norte abúlico e hipócrita y hacia el sur repugnante e ignoto, las rejillas lo riegan sobre las calles y gargantas de los autómatas, bajo la fluorescencia de las farolas. Se dice que de la máquina de niebla han partido los gases en busca del club donde debía liquidarse a los súbditos de una secta gótica, se rumora que aviones, voceadores, barrenderos, recolectores de basura caerán víctimas de los gases también. Es un rumor.
Pero el cráter implosiona, su fuerza no resiste. La ciudad continuará estirándose hasta que un día se rompa, persistirá en ella la bastarda concupiscencia de la lluvia, el sol y la noche, y el traqueteo de la máquina hasta que expidan su uso las tuberías picadas de herrumbre y óxido. Ese día retrocederán las cobayas y mil gusanos brincarán en las cuencas donde una vez brillaron las pupilas de un enano. Ese día el sol habrá muerto y quizá, quizá también el agua sobre la ciudad, quizá ese día amaine la lluvia sobre Quito. —
Monday, May 12, 2008
YO, FRANCO. Del matar

Hemos guardado estos trastos mucho tiempo. Llegó la hora de mostrarlos.
Hay entre nosotros quienes prefieren el acero, otros el garrote, la soga, la pólvora. Yo soy partidario del cuchillo.
Los procedimientos son rápidos. Precepto nuestro es la limpieza. Precisión y limpieza, no ensañarse con la carne. La carne devuelve al desatino, la carne pervierte. Lo nuestro es orden, precisión y limpieza.
Alguno de ustedes dirá: serán los pederastas, los asesinos, los implacables, las putas. Pero no. No lo son.
Constituirían blanco demasiado fácil, demasiado previsible y aburrido. Evitar estos lugares fue razón primigenia. Liquidar la piedad.
Son los ordinarios, los necios, los torpes. Son los cobardes, los embusteros, los traidores. Son los bienintencionados, los bufones, los serviles. Son los toscos y los indecisos, los hipócritas, el falso amigo, el embaucador y el vanidoso, es la monja, el pastor de almas, la pacata. Son el envidioso y el majadero, el ladrón y el viejo lúbrico. Es la flor provinciana y el aventurero, el atarantado y el adolescente, el pedante y el avaro, el pontificador y la ramera.
El Más antiguo o su delegado da esquinazo en descampado y a oscuras. Uno de los justicieros, su alma menoscabada por el pecado de la víctima, obra haciendo uso del instrumento a su dominio. Es uno odioso de la avaricia hábil con la daga quien se encarga de sangrar al marrano, tibia, escueta, lacónicamente. El marrano es escogido al azar.
Alguno entre nosotros lleva el récord. Cincuenta y cuatro desde que se inició la Sociedad. Yo, Franco, cuento doce. Mato por hipocresía y vengo por la verdad.
Hay algunos desaforados en nuestro club, los que convocan con desespero al asesinato. Hacen bien. Nada como la sangre, nada como el fuego.
Vengan entonces los ordinarios, vengan los necios, los torpes. Vengan los que aman ciegamente a una mujer o a la patria, vengan ellos, mi especialidad es el cuchillo. La Sociedad limpia la sociedad, el Más antiguo dispone ocuparnos hoy de un bienintencionado, de un ingenuo. El mundo suprima la ingenuidad.
Se desangra al pie de la escalera. Observo sus rasgados ojos verdes de anfibio, su majestad. Aumenta el caudal, es un hecho.
Venga el Ministro, venga el consejero, venga el oidor. Vengan, la redada espera.
En la puerta, sobre el tablón, las letras negras rezan: “La Sociedad Thánatos”. La muerte lenta.
Incito. —
Saturday, May 03, 2008
YO, FRANCO. Vigentes refutaciones al aseo del domingo
Ya los oigo: marrano, cochino, puerco, ¡guarro!, los españoles. Ya los refuto: embusteros, el domingo, día de culto es, como se sabe desde el principio, jornada de suicidas y de tristeza. Los lunes podrán acudir presurosos a la fragua pero el miércoles ya no sabrán si ser pecado carnal o borrachera aunque se hayan lavado con matinal rigor la entrepierna, los pies, las axilas, el guargüero, pastilla de jabón y enjuagues germánicos mediante, raya en medio o a un costado, ropa de calle almidonada y compaginada, esencia de París o New York. El sábado lo reservarán al ocio, la sala de cine, los centros comerciales, el circo, la variedad, la penumbra de la libido y de la borrachera, baño de apenas un par de minutos a las once o a las diez de la mañana, el resto oficios desganados e inciertos: poca compostura en el vestir, poco afán en el perfume y poco atildamiento en la toilette en general. La máscara de urbanus perdurará hasta ese día, el sábado, gastada e inconsistente, disfraz requerido por el trajín y los pálpitos perturbadores del deseo. Pero el domingo, ¿tendrá razón de ser enjuague alguno? Si el verdadero desenlace de la vida ocurre entre cuatro paredes, en el domicilio y la habitación, si el domingo es día de concentración exclusiva en esta guerra: ¿para qué bañarse?
Acicalarse tampoco: el domingo somos los que somos o así debiera. Si el baño diario es cosa nueva —no quieran persuadir al prójimo de que nacieron limpios, el eufemismo de la limpieza consuetudinaria no tendrá más de treinta años. Antes fueron más consecuentes los vecinos, más friolentos ante el aire del páramo, más pobres también, hecho que demuestra la excepcional existencia de baños calientes, establecimientos públicos abiertos pocos días a la semana que brindaban servicio de agua caliente por luz solar u horno de carbón, y permitían enjuague semanal al tendero y al talabartero—, si el aseo diario es reciente, el baño dominguero lo es más aún, cosa infrecuente, herética y procaz.
¿Cuál será la diferencia en nuestras consecuciones si incurrimos en el baño del domingo? No más que nos consideren falaces cuando todas las necesidades de la convivencia humana expidieron ya, y no tenemos más que vernos con el fuego interno, verdadera razón de la existencia. Bañarse los domingos es cosa de almas demoníacas, derrochadoras e insólitas, almas que se resisten a la verdad de la vida y su vaivén, almas que no aprecian el sabor del ocio y la vagancia. Si no, pregúntenle a Joyce que bien sabía de estas cosas. ¿O acaso desconocen que Joyce, el gran Joyce, no se bañaba nunca? Buena falta le hacía, tan preocupado iba con Leopold y Molly y Stephen Dedalus y la odisea inmunda del ser. No iban a persuadirlo con perfumitos y paños tibios. Un buen ataque a sobaco dominguero: ¡eso es principio de una gran literatura!
El resto que aguarde sobre el andén, de amarillo y bombín, bigotito a lo Dalí, sombrilla mojigata y pañuelo bordado de dama. Pobres domingueros, almas pobres, almas de tontos y enmascarados mortales.
Yo, hiedo. —
Acicalarse tampoco: el domingo somos los que somos o así debiera. Si el baño diario es cosa nueva —no quieran persuadir al prójimo de que nacieron limpios, el eufemismo de la limpieza consuetudinaria no tendrá más de treinta años. Antes fueron más consecuentes los vecinos, más friolentos ante el aire del páramo, más pobres también, hecho que demuestra la excepcional existencia de baños calientes, establecimientos públicos abiertos pocos días a la semana que brindaban servicio de agua caliente por luz solar u horno de carbón, y permitían enjuague semanal al tendero y al talabartero—, si el aseo diario es reciente, el baño dominguero lo es más aún, cosa infrecuente, herética y procaz.
¿Cuál será la diferencia en nuestras consecuciones si incurrimos en el baño del domingo? No más que nos consideren falaces cuando todas las necesidades de la convivencia humana expidieron ya, y no tenemos más que vernos con el fuego interno, verdadera razón de la existencia. Bañarse los domingos es cosa de almas demoníacas, derrochadoras e insólitas, almas que se resisten a la verdad de la vida y su vaivén, almas que no aprecian el sabor del ocio y la vagancia. Si no, pregúntenle a Joyce que bien sabía de estas cosas. ¿O acaso desconocen que Joyce, el gran Joyce, no se bañaba nunca? Buena falta le hacía, tan preocupado iba con Leopold y Molly y Stephen Dedalus y la odisea inmunda del ser. No iban a persuadirlo con perfumitos y paños tibios. Un buen ataque a sobaco dominguero: ¡eso es principio de una gran literatura!
El resto que aguarde sobre el andén, de amarillo y bombín, bigotito a lo Dalí, sombrilla mojigata y pañuelo bordado de dama. Pobres domingueros, almas pobres, almas de tontos y enmascarados mortales.
Yo, hiedo. —
Friday, April 25, 2008
Thursday, April 24, 2008
Sunday, April 20, 2008
Friday, April 18, 2008
YO, FRANCO. El invento más grande jamás creado

Eludiré los peculiares nombres propios, lugares comunes de la ciencia ficción, aunque esta pesquisa transcurra, como podrán ver, en un futuro que no admite piedra sobre piedra, en un lugar en que el hombre conservará tan solo la palabra que, como ha mostrado su paso por el tiempo, seguirá hiriendo a la razón. Pero si la palabra perdura quizá la curiosidad también lo haga y ésta, lo sabemos, resulta incomprensible sin el decir, sin el contar, sin eso que se ha denominado trascendencia e inmortalidad. En ese remoto porvenir quizá un escéptico repase la memoria y recuerde que un día existieron edificaciones de doble piso donde los hombres, y lo que ellos llamaban sus familias, vivían y se resguardaban de la inclemencia, donde sufrían por la escasez, el silencio y el tiempo, y que para ello habían compuesto un mundo poblado de objetos que terminó por ser inútil. Mas uno de ellos fue tan maravilloso que era capaz, cual monigote de ventrílocuo, de reproducir la escasez, la falta de tiempo y los azares de la desolación que los hombres nombraban amor, y lo hacía en sus propios refugios, en cada vivienda, a toda hora y sin parar. No era más que una caja de considerable tamaño que los hombres adquirían junto con los demás objetos, a prisa y con nervio, igual que se hacían del lugar para dormir, del fuego para cocer o de la caja de frío para guardar el alimento. Se trataba de un objeto indispensable, acaso el más indispensable, porque lo dedicaban al ocio, a la contemplación incesante de sus propias vidas, a la revelación de su pobreza bajo cien formas, bajo el azar, bajo el grotesco, la comedia, la parodia, la ilusión y la farsa antiguas. Aparato tan proteico y a su modo excepcional, duplicaba la vida en entregas cortas, medianas y extensas a la manera de los hombres, es decir, tonta y zafiamente, mas en su intento no evitaba el retiro y la paz del hogar, por el contrario, los glorificaba. El aparato servía a este fin de modo narcótico, opiáceo, como en su día había servido la morfina y el alcohol —con esas sustancias habría de ser comparado—, con la diferencia de que el objeto no apartaba a los hombres de su alma, sino por el contrario los confinaba en sí mismos, en un reconocimiento e inquietud de sí que los conducía a bailar por un sueldo, a cantar por una risa, a descubrir el abismo de sus almas ante sus prójimos, a vivir segundas y terceras existencias encarnados en caricaturas maniqueas porque a ello servía esta invención, a simplificar la vida para que los hombres pudiesen pasar la noche y despertar a la mañana siguiente confiados que lo hacían todo bien y no había lugar para la culpa. Mas su persistencia y su necesidad no afincaban en la estulticia de los hombres sino en el retrato, y por ello el objeto acogía también la ilusión del arte mayor del reflejo, uno que ponía los muertos a andar, como dijese alguno, uno que en raras ocasiones fue instrumento de poesía, como dijera otro, pero que en ese puñado lo fue y muy grande, el más filudo ojo de cincel de aquella era. A este arte mayor de una pantalla, el mínimo armatoste prestó refugio y los hombres de aquella época derruida consumían sus noches y sus madrugadas rechazando la propia vida en busca de la empresa de ser bandidos, villanos o romeos, como en el principio de los tiempos soñaran sus antepasados primitivos sentados alrededor de una pira. Instalada dentro de la casa esta horrible y magnífica invención, los hombres se aprestaron a enfrentar su fin tal como lo recogieron esos detectives de la memoria que investigaron y conjeturaron qué apoyos le habían permitido asistir al día de su juicio. Éste era uno de ellos. Los hombres, raza inaudita, inaudible, lo llamaban de una manera poco peculiar, de un modo muy práctico. Lo llamaban TV. —
Monday, April 14, 2008
YO, FRANCO. La tercena
Doña Hortensia regenta el expendio de carne a dos manzanas de casa, en el número 516 de la calle Panamá en el barrio de San Juan. Es una tercena grande con baldosas floreadas que huelen a cloro y lavanda, y que una mujer joven limpia con su cubo y escoba. Nunca he escuchado la voz de la muchacha, solo la veo frotar el piso furiosa, cubierta por un vestido de una sola pieza con las perneras manchadas de grasa y rayas rojas. He percibido también el olor de los geranios en las macetas de las ventanas, afuera de los postigos. Doña Hortensia levanta la voz para dirigirse a la muchacha gritándole, hasta que ella lustra el piso con tanta furia que los brazos, el cuello y el rostro se le ponen más rosados que las baldosas. La dueña es gorda y va vestida de lila, con zapatos de suela y medias blancas y cortas. Apenas se le descubren unas canillas cuajadas de sangre color violeta mientras camina arrastrándose de lado, y en las manos porta un enorme cuchillo. Sobre el mostrador coloca pedazos de carne cruda y los corta en grandes pedazos que su asistente, un joven de veinte años, convertirá en cuadritos para la venta. Finalmente, doña Hortensia los envolverá en papel periódico y se los entregará a mamá o a quien sea, y ellos pagarán con billetes azules, gastados y húmedos. Por mi parte, mientras procede el intercambio, colocaré la nariz en el cristal del frigorífico dispuesto a un costado del mesón y me extraviaré en el morado iris de un pez color plata que expulsa por la boca una lengua parecida a un glande.
Aquella vez Rojas vio cómo esposaban a su padre. Lo prendieron y Rojas no lo volvió a ver por un tiempo. Después de unos meses regresó pero ya nunca sería el mismo, en adelante andaría cabizbajo y mascullaría injurias al viento. Rojas vivía con él en la calle Montevideo, la perpendicular a la Panamá, en la esquina donde vive el zapatero, dos cuadras al sur de la tercena. También yo vi alguna vez caminar al padre de Rojas por el barrio, la cabeza gacha como si contara los guijarros del suelo, aunque eso debió haber ocurrido cuando las calles eran de tierra, hace mucho. Por ese entonces los muchachos de la cuadra comenzaron a correr la historia de que, después de jugar a los cocos, Rojas había regresado una tarde a casa, había abierto la puerta y había visto al padre suspendido de una cuerda colgada en el techo. El padre se había cubierto la cabeza con una hoja de periódico y se dice que en sus pantalones tenía manchas de orina y excrementos, cosa sobre la que nadie supo explicar el por qué. Todo esto debe ser cierto porque hace mucho no hemos vuelto a saber de Rojas ni de su padre, no se ha contado más de ellos. En los días de la tragedia, ninguno de nosotros hubiese creído que, con el correr del tiempo, Rojas se convertiría en un personaje famoso, el más famoso.
Sin embargo, esta tarde uno de los muchachos refiere que Rojas se ha marchado a Guayaquil, a vivir en Chimborazo y otra calle cuyo nombre no recuerdo. El muchacho dice que se lo oyó contar a su madre mientras ella compraba carne en la tercena, le oyó decir que la madre de Rojas y él guardaron sus pertenencias en una caja en compañía del mudo Segundo, a quien pagaron cinco centavos para que la cargara hasta el Terminal de buses. Esto había ocurrido a las cinco de la mañana razón por la que nadie se enteró, con excepción de la madre de mi amigo que los vio por la ventana.
Al día siguiente por la mañana, caminamos con mamá a la tercena. Doña Hortensia afila el cuchillo, corta y envuelve en una hoja de periódico la carne y el hueso; mientras entrega el paquete a mamá, como un fantasma escapado de la penumbra, escucho canturrear a la muchacha por primera vez. Se trata de una extraña canción, una melodía de otro mundo. Cuando alcanzo a reconocerla, sé que la muchacha no forma parte de nosotros, que no es de nuestra raza. Ese instante levanto la mirada hacia los ojos de mamá pero ella me ciega con su mano tierna y áspera. En la oscuridad sé, estoy seguro, que no es de nuestra clase, que nunca lo será. Simplemente no lo es. —
Aquella vez Rojas vio cómo esposaban a su padre. Lo prendieron y Rojas no lo volvió a ver por un tiempo. Después de unos meses regresó pero ya nunca sería el mismo, en adelante andaría cabizbajo y mascullaría injurias al viento. Rojas vivía con él en la calle Montevideo, la perpendicular a la Panamá, en la esquina donde vive el zapatero, dos cuadras al sur de la tercena. También yo vi alguna vez caminar al padre de Rojas por el barrio, la cabeza gacha como si contara los guijarros del suelo, aunque eso debió haber ocurrido cuando las calles eran de tierra, hace mucho. Por ese entonces los muchachos de la cuadra comenzaron a correr la historia de que, después de jugar a los cocos, Rojas había regresado una tarde a casa, había abierto la puerta y había visto al padre suspendido de una cuerda colgada en el techo. El padre se había cubierto la cabeza con una hoja de periódico y se dice que en sus pantalones tenía manchas de orina y excrementos, cosa sobre la que nadie supo explicar el por qué. Todo esto debe ser cierto porque hace mucho no hemos vuelto a saber de Rojas ni de su padre, no se ha contado más de ellos. En los días de la tragedia, ninguno de nosotros hubiese creído que, con el correr del tiempo, Rojas se convertiría en un personaje famoso, el más famoso.
Sin embargo, esta tarde uno de los muchachos refiere que Rojas se ha marchado a Guayaquil, a vivir en Chimborazo y otra calle cuyo nombre no recuerdo. El muchacho dice que se lo oyó contar a su madre mientras ella compraba carne en la tercena, le oyó decir que la madre de Rojas y él guardaron sus pertenencias en una caja en compañía del mudo Segundo, a quien pagaron cinco centavos para que la cargara hasta el Terminal de buses. Esto había ocurrido a las cinco de la mañana razón por la que nadie se enteró, con excepción de la madre de mi amigo que los vio por la ventana.
Al día siguiente por la mañana, caminamos con mamá a la tercena. Doña Hortensia afila el cuchillo, corta y envuelve en una hoja de periódico la carne y el hueso; mientras entrega el paquete a mamá, como un fantasma escapado de la penumbra, escucho canturrear a la muchacha por primera vez. Se trata de una extraña canción, una melodía de otro mundo. Cuando alcanzo a reconocerla, sé que la muchacha no forma parte de nosotros, que no es de nuestra raza. Ese instante levanto la mirada hacia los ojos de mamá pero ella me ciega con su mano tierna y áspera. En la oscuridad sé, estoy seguro, que no es de nuestra clase, que nunca lo será. Simplemente no lo es. —
Thursday, April 03, 2008
YO, FRANCO. Híbridos

—Bienvenido a tu parque de atracciones —está diciendo Franco mientras cepilla la grupa de un camello descolorido.
—¿Qué novedades tienes? —increpa Mickey Rooney desprendiéndose del bombín con una mano y sosteniendo en la otra un bastoncillo.
—El hombre bala, la mujer barbuda, el alambre, los payasos…
—Novedades, dije —enfatiza el señor Rooney.
—¿Quieres saber? ¿En serio? —responde Franco.
—Déjate de tonterías y dispara.
Franco abandona el cepillo sobre una banca de patas de zancudo y se sube los tirantes. Camina con Rooney a sus espaldas regocijado con el sonido de los pasos sobre el aserrín. La carpa es vieja y descolorida, dejan atrás bestias asmáticas, víboras viejas y leones pulguientos.
—Oye, pasa por aquí, con cuidado.
Rooney atraviesa una puerta pequeña cuyo cierre ha descorrido Franco. Es una especie de pasadizo abierto en una de las panzas de la carpa.
—Señor Rooney: ¡el tesoro más preciado de esta gira!
Cada uno ha sido colocado dentro de una jaula angosta y alta con las rejas pintadas de blanco. Dentro, la misma banca donde Franco dejó el cepillo. Algunos clavan los tacos en el aserrín, otros bambolean las piernas, unos terceros con las rodillas un poco dobladas descansan los talones en las barras de la banca. Rooney observa detenidamente los pantalones de lana, los botines de gamuza y los calcetines idénticos. Ha escogido sujetos de la misma complexión, de piernas largas sin músculos pero no lánguidas, solo piernas luengas y delgadas, al borde de estar enfermas. También portan iguales blusones de algodón, holgados y con una cordel que atraviesa los seis ojales del cuello. Una blusa a lo Balzac. A diferencia de las piernas el tórax es amplio, generoso, algo femenino. Rooney los cuenta. Son nueve.
—Y… ¿hablan?
—¡Ese es el espectáculo, Mickey!
Casi de inmediato, el primero gasta una broma secundada por el segundo y festejada por el tercero, hasta que el nido de la carpa se convierte en un laberinto de voces. Los ecos se proyectan en infinitos espejos de sonido. Cuando el ruido se apaga, Mickey se acerca uno por uno y los contempla de arriba abajo. Las cabezas de James Whale, Eric Von Stroheim, Joseph Von Sternberg, Lon Chaney, Peter Lorre, Franz Kafka, Orson Welles, Lionel Atwill y Boris Karloff, decapitadas y cosidas con hilo basto y puntadas groseras en los cuerpos reproducidos en serie. Mientras mira el rostro huesudo de Boris Karloff y es absorbido por sus ojos, Rooney desaloja una pregunta por la comisura de sus labios, como en el cine:
—Y los cuerpos, ¿de quiénes son?
—Ministros, Mickey, ministros.
—¿Ministros?
—Funcionarios públicos. Les hicimos morir de hambre, literalmente de hambre, ji, ji, y luego... Este es el resultado.
Mickey se sienta en el piso, descansa su espalda en un poste y cierra los ojos. Economía de guerra. Subsistencia. Ministros. Ministros. —
Wednesday, March 26, 2008
YO, FRANCO. Sonidos

Muriel celebraría en la estación su cumpleaños número cuarenta, igual que hiciera con el treinta, el veinte y los otros. Habitualmente concluía la emisión cuando el reloj marcaba las cuatro, solicitaba al operador que programara On the radio y con voz ronca decía al micrófono, “nuevo telón cae esclavos de la noche. Espero por ustedes mañana a las doce. Amen y mueran por el amor”. Pronunciadas estas palabras aguardaba que la voz de Donna Summer se apagara, se despedía del operador, desconectaba las luces, tomaba la pluma que su padre le regaló el día de su graduación y la guardaba en el bolsillo de la camisa. Solía usar la pluma para anotar tonterías, el mensaje de un oyente, la canción solicitada, el número telefónico de la mujer que confiaba secretos a una voz anónima e incognoscible. Era una estilográfica demasiado cara para un hombre como él pero la conservaba con tal escrúpulo que nunca la había puesto en riesgo.
Pero aquella noche Muriel se pasó pensando una lista personal. La anotó en una hoja de carta, a vuela pluma, como su padre le había enseñado. Esta la selección:
botón de aparcado
ruedas sobre asfalto húmedo
agua corriendo en los canalones
abrir el refrigerador
descorchar la champaña
jalar la cadenita de la lámpara
extraer la tapa de la pluma
pasos de papá en la escalera
trino de los pájaros al amanecer
voz del frío
tic tac del reloj de pulsera
botines en el granizo
auto deslizándose en la grava
última bocanada del desagüe
plumas del coche (en las películas)
vino en la copa (también en las películas)
estertor del aparato de sonido
crujir de los puntos de polvo sobre la pantalla del televisor
quejido nocturno de la madera
ronroneo del gato
último suspiro del bebé
hileras de concha en una puerta
escoba sobre el parqué
brochazos
En su cabeza rondaban otros, tan habituales, tan cercanos —destapar una conserva, rasgar un sobre, una bombilla fluorescente, bisagras roncas, teléfono antiguo, puerta corrediza de rulemanes, zanahorias en el rallador, desmolde del pastel, navaja, campanilla para el servicio, botón de encendido de la máquina fotográfica, el delicado sonido del trueno— pero se puso a reflexionar por qué los libros no emiten sonido alguno si son, como dicen, emocionantes y valiosos. Descubrí la hoja la mañana siguiente a un costado del micrófono, a una hora en que Muriel acaso despertase tan solo para abrir el refrigerador —un jamón, un queso, un pedazo de salame— y preparar un bocadillo. Tomaría el cuchillo y vería su reflejo en la hoja, cuarenta años, más. En la mesa de la estación, conmigo, encima de la carta, descansaría su pluma. —
Tuesday, March 25, 2008
Monday, March 24, 2008
YO, FRANCO. Nocturno de los orígenes
1
Puesto a escoger una niñez ésta tendría que ser Italia, la hija de Roma. ¿Por qué Italia, preguntarán? De Italia viene la madre, de Italia la fatalidad, de ella el sarampión del pícaro y la fiebre de melodrama, del Adriático que jamás he visto un aire frío de tristeza y melancolía. Italia es la madre en la carne, Italia la putana, la putanesca, la marrana.
2
Puesto a escoger un delirio mi patria sería Irlanda, la tierra de Swift y Joyce, la Irlanda de Beckett y Banville, la de Wilde y W. B. Yeats. Hablo de una Irlanda campechana y católica, tartamuda y demente, la Irlanda de la lengua ajena cambiada en oro, la tierra mojada de los humores de Leopold Bloom, la del olor pestilente de una axila de Banville, la del sonoro pedo en Beckett, la del arte tragándose la vida en Oscar Wilde. El delirio de la lengua y el delirio fervoroso de la carne, mi patria, Irlanda.
3
Mi lugar, sin embargo, es la patria francesa de México, el momento de mi lengua, la española. ¿Francesa? Francesa por el moderno embrujo de Baudelaire al cuidado de Paz, de Arreola, de Pitol, de Salvador Elizondo. Finamente cosida, trágicamente vivida, audazmente pensada es mi patria mexicana. En ella confluyen todos los dialectos, todos los ríos de una lengua ajena, la lengua de España. En la gran boca de México, en la coraza frente al conformismo y la costumbre, en esa lengua abierta al humanismo de la gran y extinta Europa, en esa lengua hablo, en esa aparento hablar. Pero no dejo de ser necio, un mentecato: esa lengua me es extraña.
4
No sería lengua Norteamérica, acaso geología. Geología y neón. Conformista metáfora he descubierto, qué hacer, más vale apuntar a la verdad que temerla. El sueño de la libertad, de la posibilidad, del horizonte y el futuro es un coctel de Norteamérica servido en copas falsas, oropel y luces, roja alfombra añorada y por añorada doblemente falsa, en celuloide infinito color de western, polvo y caballo. Norteamérica es el hombre dormido, zafadas las ataduras, echado a andar, a rodar y a vivir. Norteamérica es mi zombie.
5
Este canto, el final, es de mi estómago. Mi tripa es la patria de la línea imaginaria. Siempre me la como, en sus fritadas, en sus tamales, en sus sancochos, en sus tortillas de papa y sus caldos de sangre. He de saber qué es lo que como si deseo pensar más alto. ¿Más alto he dicho? ¡Qué idiotez! Para un pensador no hay más gloria que pensar la tripa. La tripa descifra mejor la inteligencia pues no hay inteligencia famélica y el Ecuador es mi tripa. He de agradecerle entonces me haya alimentado, ahora podré conquistar más patrias, las que me apetezca. Ahíto, como se dice, iré. Echen la culpa a mi intestino esto que digo, échenle la culpa eso que pienso. Probablemente descubran una clave, una falacia, aunque mi destino sea unir más patrias y forjar una sola, incierta, siempre insegura y mentirosa.
Yo, coso.
Puesto a escoger una niñez ésta tendría que ser Italia, la hija de Roma. ¿Por qué Italia, preguntarán? De Italia viene la madre, de Italia la fatalidad, de ella el sarampión del pícaro y la fiebre de melodrama, del Adriático que jamás he visto un aire frío de tristeza y melancolía. Italia es la madre en la carne, Italia la putana, la putanesca, la marrana.
2
Puesto a escoger un delirio mi patria sería Irlanda, la tierra de Swift y Joyce, la Irlanda de Beckett y Banville, la de Wilde y W. B. Yeats. Hablo de una Irlanda campechana y católica, tartamuda y demente, la Irlanda de la lengua ajena cambiada en oro, la tierra mojada de los humores de Leopold Bloom, la del olor pestilente de una axila de Banville, la del sonoro pedo en Beckett, la del arte tragándose la vida en Oscar Wilde. El delirio de la lengua y el delirio fervoroso de la carne, mi patria, Irlanda.
3
Mi lugar, sin embargo, es la patria francesa de México, el momento de mi lengua, la española. ¿Francesa? Francesa por el moderno embrujo de Baudelaire al cuidado de Paz, de Arreola, de Pitol, de Salvador Elizondo. Finamente cosida, trágicamente vivida, audazmente pensada es mi patria mexicana. En ella confluyen todos los dialectos, todos los ríos de una lengua ajena, la lengua de España. En la gran boca de México, en la coraza frente al conformismo y la costumbre, en esa lengua abierta al humanismo de la gran y extinta Europa, en esa lengua hablo, en esa aparento hablar. Pero no dejo de ser necio, un mentecato: esa lengua me es extraña.
4
No sería lengua Norteamérica, acaso geología. Geología y neón. Conformista metáfora he descubierto, qué hacer, más vale apuntar a la verdad que temerla. El sueño de la libertad, de la posibilidad, del horizonte y el futuro es un coctel de Norteamérica servido en copas falsas, oropel y luces, roja alfombra añorada y por añorada doblemente falsa, en celuloide infinito color de western, polvo y caballo. Norteamérica es el hombre dormido, zafadas las ataduras, echado a andar, a rodar y a vivir. Norteamérica es mi zombie.
5
Este canto, el final, es de mi estómago. Mi tripa es la patria de la línea imaginaria. Siempre me la como, en sus fritadas, en sus tamales, en sus sancochos, en sus tortillas de papa y sus caldos de sangre. He de saber qué es lo que como si deseo pensar más alto. ¿Más alto he dicho? ¡Qué idiotez! Para un pensador no hay más gloria que pensar la tripa. La tripa descifra mejor la inteligencia pues no hay inteligencia famélica y el Ecuador es mi tripa. He de agradecerle entonces me haya alimentado, ahora podré conquistar más patrias, las que me apetezca. Ahíto, como se dice, iré. Echen la culpa a mi intestino esto que digo, échenle la culpa eso que pienso. Probablemente descubran una clave, una falacia, aunque mi destino sea unir más patrias y forjar una sola, incierta, siempre insegura y mentirosa.
Yo, coso.
Friday, March 14, 2008
YO, FRANCO. Cantina de Campoverde
Ayer bebí una botella de whisky. Cuando bebo recuerdo la mano de papá sobre mi nuca, la suave mano que abrazó a Campoverde, el cantinero de espalda de leñador inglés, el de la nariz roja que suda copiosamente y a quien todos respetan porque le deben el silencio y el dinero. Papá iba a su cantina después del trabajo y me llevaba con él, como esta tarde que acaricio los nudillos de un balón y lo meto en su red portátil, mientras papá ha bebido unas ocho cervezas y arroja los naipes sobre el tapete rojo con un “dos” cantado con voz farragosa y empastada, zas, “dos”, y las risas explotan nerviosas, brutales, estúpidas. He aquí yo, tan pequeño, con el balón sobre las piernas y un plato de cebiche por delante, sabor nuevo de cebollas, tomates, camarones, salsa y aceite, he aquí ellos al ras de sus gruñidos y sus piernas bamboleantes que tropiezan camino de la puerta del sanitario. Este que viene es amigo de papá, Santaelena, tiene mofles hundidos y mirada servil. Cuando regresa del servicio y se sienta a la mesa, Santaelena agarra la pierna de la única mujer que ha venido con nosotros, esa que lanza carcajadas de bruja. He terminado el cebiche y me pongo a practicar lo que aprendí, sacar y meter el balón en la red portátil, una y otra vez, pero ya es de noche, deben ser las diez, sé calcular la hora por la caída del sol, mamá estará en casa, inquieta, despierta, cansada de esperar, cubierta en llanto. Yo también me echo a llorar, copiosamente, en silencio, hasta que Campoverde se da cuenta y me mira con esos ojos vidriosos que sabré después y para siempre que son el negro del alcohol, esos ojos criminales y burdos que se acercan con un sonido de plomo. El hombre dice que me calle, extiende la mano pero desiste, se da la vuelta, abre el refrigerador, extrae una gaseosa amarilla algo viscosa y me la da. Mi abuela María ha intentado enseñarme a beber sin meterme el pico entero de la botella, solo una leve presión y listo. Pero no puedo, prefiero enchufármela aunque me empapo la camisa. Campoverde se queda tranquilo: no puedo chillar o intentar marcharme. Al llegar a casa no digo nada aunque mamá pregunta (papá ha bajado a duras penas las escaleras que llevan a la puerta de casa, ha gritado, ha vomitado, pero se queda dormido como un saco ronco) y solo puedo mentirle, decirle que he estado bien, “comí un cebiche, estaba rico. Fue el señor Campoverde, él me lo regaló, mamá”, ella enjuga sus lágrimas, me acuna en su pecho y percibo su olor blanco y lácteo, su olor enemigo del centeno y la cebada, su olor a mamá. Huelo. —
Thursday, March 13, 2008
Friday, March 07, 2008
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