Sunday, August 31, 2008

Los millonarios tristes

Veintiocho escalones de huella angosta te separan del asfalto. Veintiocho ascienden al tercer piso, tres descansos en las curvas. Esta mañana, acaso de nuevo, acaso irreversiblemente, te miras como quien muerde el polvo, este domingo teñido de gris como un invierno. Un ave ha muerto sobre el alféizar de la ventana, el pico negro y el ala rota, su ojo imparable desde el fondo de un mar. No dejas de agitar su extensa cola partida en dos por si no estuviera muerto, pero no se mueve.

Este es un hotel, una residencia de estudiantes opulentos. Esta, una antigua canción, Lili Marleen. Aquel, un fonógrafo impecablemente cubierto de polvo. Aquella, una lámpara con pedestal. Este, un mosquitero de red. Tú, un joven inclinado sobre el alféizar de la ventana que detiene la mirada en los barrotes de la casa, enfrente. Tú, el judío abandonado por unos padres que, aunque prometieron, no regresarán. El muchacho más delgado, pálido y elegante del hotel.

Nadie recuerda ya su voz. Cantaba esa canción, no más. Entonaba sus frases con gravedad y aparato, y luego callaba. Tan largo como era, se tendía en el sofá hasta quedar dormido. Lo cubrías con una manta. Al amanecer, la hora más fría de la jornada, se marchaba.

Veo tus ojos inyectados en sangre, la pupila hasta el borde del iris. El negro inmóvil en la ventana.

Europa ha enfermado otra vez en los últimos días. Es una enfermedad recurrente, incurable. Ha dejado varias mujeres muertas. Sus cuerpos irreconocibles fueron hallados sobre las aceras, los rostros cubiertos por un trapo, las extremidades, el dorso, las partes, ataviados con rigor y severidad. Todas, mujeres extraordinariamente elegantes y bellas.

El pájaro ha comenzado a desprender una fetidez a orquídea vieja a eso de la mañana. Imagino que dormías o te duchabas. Imagino que te pusiste el traje color marengo, que te tocaste el bigote, lo cepillaste y continuaste la rutina. No te reconocí a la tarde.

Siempre es una palabra demasiado extensa. Prefiero nunca más. Nunca más a sus labios carnosos, nunca más a su cabello liso y castaño. A sus ojos siempre vidriosos, desde niño. A su tórax pálido, a sus costillas hundidas. A él. El hijo. Mi hijo.

Veo que los barrenderos del ayuntamiento han comenzado ha recoger los cuerpos. Los colocan cuidadosamente en féretros de color negro muy temprano en la mañana. Veo que el cristal de tu ventana tiene manchas rojas de mermelada. Veo que te asomas al mediodía, y la tarde comienza a clarear, el gris se esfuma. Observo tu mano, tu brazo entero, gravitando en el aire, tras el alféizar. Cierro los barrotes, cierro los postigos. Me siento a la mesa a escribir. Coloco la mano sobre la montaña de papel. La montaña helada. —

Monday, August 18, 2008

YO, FRANCO. Gasolina para los jeans


Ante el hocico que devora presente, tan propio de esta época, a elección del caballero quedan dos caminos, la ruta del rechazo o la del vértigo. Si ha de escoger usted el vértigo, quizá deba abandonarse a los sortilegios de la inmediatez, de lo etéreo, lo veloz y noticioso; si el rechazo, deberá usted refugiarse en el pasado en busca de usos distintos y sus claves. Si prodiga el vértigo, para su gracia y conveniencia devendrá usted hombre del presente, si lo rechaza, lamentablemente será un anticuado. Deberá, en este caso, tornarse retrógrada, reaccionario, passeiste. Precisará, por citar un ejemplo, oponerse al uso de los jeans, esos pantalones rústicos cosidos para conquistar el oeste de las llanuras al viento de la fiebre del oro, esa prenda de villanos y bandidos convertidos en custodios del orden, enfundados en su disfraz de comisarios de pueblo con estrella en el corazón y sombrero de ala ancha. Lejanos han quedado ya esos tiempos, revoluciones y contrarrevoluciones han impuesto unas modas y han borrado otras, rebeldes con bandera y sin bandera han arrasado con todo. Acaso Marlon Brando fuese quien, con esa película llamada The Wild One, bautizara de plena urbanidad el uso de la chamarra de cuero y los jeans, y acaso fuesen sus vástagos floridos, los apóstoles de la paz, el amor y no sé cuántas sandeces, quienes encajaran a los jóvenes esta prenda tan funcional y anti-estética.

Es que los jeans, universales hoy en día, avalizan el triunfo de lo práctico sobre lo inútil, de lo basto sobre lo delicado y compuesto, de la comodidad sobre la resistencia, el estoicismo y la lucha que amerita cualquier cosa bella. Igualdad, uniformidad, homogeneidad son los rasgos de esta pieza, que tan bien puede adornar unas largas y bien torneadas piernas de muñeca —Cameron Diaz está ahí para atestiguarlo— cuanto servir como taparrabos industrial para cualquier piel obesa y celulítica. La tónica es su servilismo frente a la dinamia de la época contemporánea, de rodillas ante su naturaleza perezosa, rápida y precisa, ante su conciencia deportiva presente en toda expresión actual. El jean será entonces prenda de uso descomplicado y útil, se llevará con desparpajo en cualquier ocasión, servirá para pasar por informal y sin complejos ni noción de jerarquías o distinciones, será la trapería, la mugrienta hoja de parra de los tiempos en que el ser humano prefirió hundir la esperanza, la pelea y la espera que toda empresa elevada exige, en función de la inmediatez y lo efectivo. Hombres pasarán por mujeres, vaguedades pasarán por cortes, utilitarismo y practicidad consagrarán el peor principio del comunismo: la uniformidad. La androginia se consagrará en su mismo nombre, jean, que desconoceremos siempre si alude a una rubia de nombre sugerente o a los pantalones de un mecánico. Uniformidad que nos invade, bajo una constante bandera de barras y estrellas, comunista, homogénea, atosigante, perezosa, odiosa bandera. A su deportividad yo me resisto y quemo a todo aquel que ose llevar esta nefanda prenda, lo inmolo aquí, sin piedad, frente a ustedes.

Yo, incinero. —

Cabrera Infante y el swing de Marlon Brando

Sunday, August 10, 2008

YO, FRANCO. Les mots

Presumo que mientras escribo la palabra que escribo ella se asfixiará en mis manos hinchada por el viento, monzón quisiera decir, alisio quisiera decir, pero el pesar es solo viento, viento de verano quiteño manchado de arupos muertos.

¿Habré ahogado el viento con mis manos pequeñas y torpes y blancas?

Tomo, para comprobarlo, un vocablo más compacto: acaso. Él se abre entre mis manos, se endurece, se abandona de nuevo y escapa trazando un ovillo. Las hojas chocan contra la carrocería de los coches y acaso colapsa en una esquina apenas restregada con rodillos. En verdad me ha desconcertado la escapatoria violenta de sus letras, aplastadas entre mis dedos, deformadas, cerradas sobre sí mismas en su huida sin freno.

Mogambo podré escribir, Mogambo sin Ava Gardner. Esto, con la esperanza de no ser un homicida, de no admitirlo. Vic será un cazador que organice safaris. En su hotelito, Vic enamorará a Ava Gardner, pero va a entrometerse una pareja que ha contratado los servicios matoniles de Vic para filmar gorilas emancipados. Grace Kelly, de esa pareja, caerá perdidamente enamorada de Vic, quien a su vez corresponderá a su amor. La primera amante, Ava, contemplará el romance sumida en una mezcla de celos, dolor e incredulidad. ¿Quién vencerá? ¿Mogambo vencerá bajo su ritmo de tambor africano que tan exótica vuelve mi velada de domingo? Muerdo el dulce, Mo-gam-bo, eco, golpe, eco; mo-gambó. El viento invade mi panza y la colma hasta el tambor, mo-gambó, mo-gambó, el tambor.

Vamos a decir que se trata de una canción, vamos a decir que la palabra que es ritmo me doblega. A decir que, si tomo asiento y escojo las palabras, si las pronuncio, concluiré que no soy hombre de vocablos extensos. No me agradará despertar un día y verme convertido en un “palingenésico”, signifique lo que esto signifique. Soy, digamos, partidario de la brevedad, del golpe seco, “chanson”, “coco”, “Francia”. ¡Ah!: Francia es una palabra que me gusta tanto, tan despreocupada, tan promiscua, un pastel llamado Francia, una tumbona llamada Francia, unos ligueros de seda y brocado.

Establecida la técnica, venga el golpe sobre el cuadrilátero: gula, mambo, el lobo, aquello que dice sobre Enrique VIII y sus fastos, aquello que dice sobre una boca de ramas ensortijadas, aquello que dice sobre un perro en la nieve: gula, mambo, el lobo. Designan las palabras el contexto, nunca el objeto, porque él, el objeto, no existe, materialidad sin persona, madera sin palabra. Venga entonces el molino de los decires, venga el sufrimiento, el gypsy, el mal nombrado gitano, venga el trocadero, la garganta, la caverna.

Y Ava en la chanson. De la chanson.

Friday, August 01, 2008

David Lynch: El verdugo en el subterráneo


Me miras. Me descubres observándote al interior de una estancia que podría ser la habitación de un motel aunque la puerta de pino a tus espaldas, cerrada, confiere algo de intimidad a esta cita. Azules los ojos, azul el hielo en los ojos hundidos y tal vez cansados, me traspasa como el picahielo que zanja mi globo ocular. En medio de los ojos exploro una grieta, el gran cañón que separa las dos esferas, el mal y el bien, la vida y la muerte, la locura y el loco, el ceño fruncido donde se alojan y descansan los gusanos en sus capullos. La tierra es roja, campos de arcilla tatuados por sementeras bañadas en los surtidores del sol de Montana, la tierra que se extiende hasta el despertar de los cabellos grises liados como una cebolla de plata endemoniada o una antena conectada con los ruidos horribles del espacio exterior que por las noches se quejan, pi, pi, pi, pi. Tus cejas son matorrales, David Lynch, matorrales en los que se refugian a la sombra las alimañas y los insectos de desierto, las salamandras y las lagartijas, el monstruo de gila, los chinches, y por la nariz recta y seca, descienden hasta encontrar el mentón recio y amplio, las mejillas, el cogote, alfombrados de barba de fierro, estacas sumergiéndose en la arcilla hasta clavar y sangrar el corazón de una hembra con las piernas abiertas, follada sobre las sábanas manchadas de salsa BBQ del motel con puerta de pino clausurada y anuncio de neón sobre el tejado. El botón de la chaqueta cerrado te previene de las invasiones del ruido sideral y de los bichos de la Vía Láctea saltando en la sartén. Me miras David Lynch, con las manos sabiamente cruzadas sobre la mesa, me descubres observándote y me refugio entre las ramas. La mujer follada toca a la puerta, lo sé, es ella, nuestra compañía sagrada de esta noche. Es.

Tuesday, July 29, 2008

La calabaza del verano

Joseph Brodsky ha recordado el olor de algas congelándose como el olor de su infancia, del mismo modo que Steiner ha rememorado el sonido de la lluvia y aquel «ir y venir de ratones en el tejado» cuando era niño. Recuerdo esto a la hora de poner sobre el papel el hallazgo de una calabaza. No se trataba, claro, de una calabaza cualquiera igual que no fue aquella una época cualquiera. Mis padres y yo dejábamos la ciudad en compañía de una pareja amiga, a bordo de un viejo auto café con volante de camión que apenas ocultaba la inscripción Rambler colocada en el centro del panel. No sabría decir quién guiaba el coche ni porqué habíamos decidido emprender el paseo, solo sé que yo tenía nueve años e iba en compañía de un amigo de escuela, único hijo varón de la pareja cuyo padre había sido amigo de infancia de mi propio padre exactamente a la edad que yo era amigo del hijo. Venía además con nosotros su hermana menor y también mi hermana. No más llegar al pueblo percibí la atmósfera polvorienta y apacible de los lugares en los que no ocurre nada, esa quietud casi inmóvil propia de la pereza y el desgano en la que parece que el polvo se hubiese detenido y quedado ahí, estático, mientras la gente está obligada a caminar a través de él sin cambiarlo. Sé que tomamos las bicicletas, las montamos y nos hicimos al horizonte; yo controlaba el manubrio con dificultad y sin mucha pericia y sufrí las consecuencias. Naturalmente era verano, olía a polvo y maíz, los padres se habían confinado en la casa para comer y beber, y la huerta había quedado al completo nuestra igual que los caminos serpenteantes del pueblo. Una vez hubimos abandonado las bicicletas en el porche de la casa, cruzamos el pasillo que la cortaba en dos para adentramos en la huerta sembrada de maíz en la parte trasera. Yo, que nunca había visto el maíz, descubrí las hojas verdes, largas y quebradas que asemejan opacos bumeranes protectores del fruto, una mazorca castaña y amarilla llena de granos. Entre las plantas, los dueños de la casa habían trazado angostos senderos a través de los cuales corríamos ahora a nuestras anchas. El juego consistía en extraviarse en la huerta y ser descubierto por los otros en pocos minutos. La clave de los perseguidores era memorizar el camino para no quedar abandonados a su suerte, extraviados en medio del sembrío. Cuando me tocó, no pasaron muchos minutos hasta ser descubierto igual que pasó después con mi amigo, que no parecía muy experto en este tipo de ocultamientos y juegos. Mas cuando toca el turno a la hermana —la mía había decidido no tomar parte en el juego y permanecía con los adultos— de inmediato ella demuestra con un ademán ser muy diestra en el juego y lo confirma con un paso altivo que de inmediato despierta en mí un sentimiento similar al odio. Son dos ya las veces en que tropiezo en este improvisado dédalo con el rostro de mi amigo e intercambiamos miradas desconcertadas y compartimos bocas jadeantes, pero no hay rastro de ella. Me interno nuevamente en los senderos y escojo otro camino por debajo de las ramas más altas, hasta que los tallos verdes y las mazorcas amarillas dan paso a plantas solamente amarillas, viejas, secas y marchitas. Como voy a la carrera, me sujeto de los tallos a fin de no caer víctima del impulso cuando deba tomar una curva. Es una de esas ocasiones: me sujeto con fuerza y de pronto encuentro, en medio de un desértico y breve descampado aparecido de la nada, una calabaza abierta como el vientre de un can muerto, la corteza de un tono próximo al rojo, la pulpa de un olor dulzón que contamina el aire con su náusea. La calabaza ha sido abandonada por sus raíces, y su entraña es ahora un jarabe lleno de pústulas como adolescentes granos de la naturaleza. Me detengo a raya casi al borde de embestirla y caer sobre el néctar podrido, con la mano pegada en la rama, los ojos desmesurados, siniestros, me doy vuelta y deshago la senda. Rodeo ahora la huerta, rodeos y más rodeos, hasta que al cabo descanso con el fin de aplacar mi jadeo cada vez más intenso. Cuando me siento a la vera, observo que mi amigo ha dejado el dédalo hace tiempo, vencido por el brillo y la pericia de su hermana. Ambos respiramos con agitación hasta que el sol toca su punto más bajo en el horizonte y la atmósfera adquiere un color violáceo, quizá mortecino, quizá sombrío. Nos quedamos ahí sin decirnos nada uno al otro, por la vergüenza tal vez, o la fatiga. A la final entramos en casa a través del pasillo y aguardamos en la habitación que nuestros padres han dispuesto para que pasemos la noche pues ellos han decidido consumirla entre risas y anisados. Sentados sobre la cama, cambiamos ya el tema, nos echamos a hablar de los juegos y las series de tevé, pero cuando la boca de mi amigo está diciendo “Zafiro” y la mía “Cachito”, la observamos entrar, tranquila y altiva, los pantalones azules vaqueros de costuras blancas y gruesas, la blusa nítida, los botines de cuero y la melena negra y perfecta. «¿No juegan ya, cobardes?», dice, y en el acto el corazón se me estruja sumido en un sentimiento difuso, apremiante. «No», digo secamente sin mirarla, la cabeza fija en la pared, «jugamos a las cartas». «Entonces juguemos», dice ella, mientras toma la baraja para repartirla, cinco cartas a cada uno dispuestas sobre una manta que recuerda cómo un caballo mocho con la brida calma concluye su labor. La niña ofrece las cartas y el verano continúa, amarillo, feroz, indiferente, ratones sobre el tejado, algas congeladas, hasta que el viejo año toca su fin y trae de la mano otro, uno llamado nuevo. —

Sunday, July 27, 2008

YO, FRANCO. Látigos

I

El dentista y sus audacias: a velocidad extrema un tubo lanza agua por la boca y raspa mis dientes hasta limpiarlos.

II

“Cada vez proliferan con más rapidez grupos que rinden culto a la idea de que el dolor es un instante, y su permanencia una representación”. Mario Bellatin.

III

El animal ha sido colgado de una cuerda atada al techo. Con cuchillo de cabo corto, el campesino empieza el tajo por el cuello y lo concluye en los testículos; observamos las vísceras cubiertas de una gelatina transparente y gruesa. Extraída la vejiga, el campesino trenza un nudo en el borde y la arroja sobre el fango, a través de la lluvia.

IV

Voy con el metal a todas partes. Sin embargo, una mañana en el autobús, un pedazo de carne aplastada y maloliente remplaza a los fierros. Aprieto la mandíbula con furia. Con la carne en la boca regreso de todo lugar. Hasta una noche en que los fierros y la carne se trenzan disputándose el trozo más grande, la cabeza, el corazón, la flama.

V

Como los celos o la locura, el dolor es vida dentro de otra. El dueño podría ser el notario.

VI

El tipo se acerca con algo brillante en la mano. Cuando está cerca me doy cuenta qué es, lo había visto: un formón como el que usaba el abuelo para abrir láminas de madera. La lámina de acero se hunde, siento la corriente de orines. Es un grito pesado, nueva sangre, nueva, escribo.

VII

El hombre de amor no entiende nada práctico, solo vive y ama en el dolor. Una mujerzuela confía en valorarlo pero en el fondo lo considera un niño, no más.

VIII

Oigo los pasos del verano en las hojas, el verano porteño, la señora que insta a tomar el tren, los voceadores de periódicos, los camiones de basura, el pan. Advierto que mis piernas no están, no están la mano ni el abdomen, solamente los pelos sobre el labio superior, la manzana de adán y las tetas. Escucho los pasos del verano a través del plástico y la radio que anuncia la desaparición y muerte del inmigrante. En el interior de la bolsa, sonrío.

IX

Él, irrefrenable en mí. La muerte lo purifique.

X

“Yo no recuerdo más que el rostro de un asesino…” Salvador Elizondo.

Monday, July 21, 2008

YO, FRANCO. Cartilla de los olores

Mientras estuve en el jardín de infantes, de tarde en tarde solía visitar una papelería cuyo dueño era un tipo canoso con cara de sapo que jamás sonreía y se convirtió para mí en la encarnación del temor. Aunque le temiese, siempre volvía a la papelería a ver y —si la fortuna me era propicia— a comprar lápices de colores, pegatinas, cola, lápices de punta suave, reglas, cinta adhesiva y una obsesión en particular: una pluma estilográfica. Recuerden que ello ocurría después de abandonar el salón de juegos del jardín de infantes que por lo general expedía un aroma a lápices de colores, a reglas y a pegamento aunque en alguna ocasión la descomposición de un huevo duro oculto en una lonchera contagiara el salón con su olor fétido que invariablemente condenaba a la vergüenza a su propietario.

Han pasado los años.

Tengo ahora un empleo detestable, ambiciones reprimidas, poco más de un duro. Veinticinco años, quizá menos. Necesito, no sé por qué, comprar un par de hojas a cuadros. Abro la puerta, de gancho, la mujer del mostrador, casi anciana, es de rostro severo pero afable. Sin embargo no me concentro en ella, reciben las ventanas de mi nariz el aroma a hojas nuevas, a tinta china, a plumas, rapidógrafos, pegatinas, a cola y lápices de colores. Soy muy pequeño ante al mostrador, no alcanzo a extender la mano y pagarle. Es una lástima ser tan minúsculo, tan adulto.

La nariz es la memoria, me propondré escribir. Alguien ya lo dijo, he olvidado también su nombre. Ahora huelo: huevos duros podridos —ah, ese olor tan sulfuroso— colonias baratas, brillantina, Glostora, espuma de afeitar aroma de limón, revistas húmedas en el baúl, pañales sucios, cieno podrido en el desagüe, el regazo de mi madre, lácteo y fértil, cebollas cocidas en la sartén, flatos de huevo duro, flatos de carne asada, flatos de empanadas de queso, flatos. La tierra mojada, ¿huele bien? El césped cortado estoy seguro apesta igual que el asfalto secándose, aunque hay quienes aman ese olor, mi esposa, por ejemplo.

Hombre que no olfatea no recuerda. No es posible, gracias a Dios. Podrás ser sordo, ciego, bruto, pero no podrás dejar de oler.

Desarrollo un sistema para evitar oler, contraigo las membranas de mi nariz que repulsan el olor. Mi madre no me cree, mi padre no me cree, nadie me cree. Corro sobre la tierra húmeda del patio, entre bidones oxidados y bloques de adobe, tan chiquito. Las gallinas hieden, sus alas mojadas, su excremento. Contraigo las membranas.

Si eres sordo, puedes pintar, colorear la imaginación. Si eres ciego y listo lo más probable es que filosofes, que alimentes el ojo interior que espía los secretos de las cosas. Si te sientas a la mesa observa el pescado cuidadosamente, sus agallas, su ojo estático sobre el plato. Tensiona las ventanas de la nariz, aspira, huele. Eres tú, hombre, artista, caída. Ese eres tú: pasado puro, pestilencia, hedor, fragancia.

Yo, huelo. —

LOS BORRACHOS: (10) Quevedo

Thursday, July 17, 2008

YO, FRANCO. El coprófago

Con el correr de los años, las tiras de cinta adhesiva se han desprendido y han ido adquiriendo un maquillaje cobrizo que, si lo miras de cerca, a distancia de una cuarta o menos, está compuesto por gránulos casi imperceptibles, una suerte de puntiaguda reserva de excremento de las paredes y el aire. Los bordes apenas adheridos a las ampollas que inflan las paredes aquí y allá, se enroscan como enfermedades de la piel del tiempo, marrones espirales tiesos en la punta, blandos en medio, ajados en todos los puntos, mientras el último cuelga desprendido de su objetivo y despelleja el yeso que cae pedazo por pedazo sobre el suelo. Lo primero en que uno fija la atención son las masas turgentes y oscuras coronadas por trozos de carne cruda y sangrante, la rotundez, el tamaño extremo, el brillo opaco que las cubre como grasa vacuna, mientras ella extravía su mirada en el horizonte, despreocupada, fingida, bajo la orden de mostrar esa despreocupación que, si incita al fotógrafo, tal vez incite al sujeto que la coloque como compañía. El resto se aprecia menos, el sudor de las paredes que ha convertido uno de los extremos en hostia amarillenta cuarteándose a cada respiración del verano o a cada golpe de la puerta, la superficie inferior abombada por el peso de las soledades, los colores prisioneros de una época a la que no pertenecen si no a un sueño antiguo, a una imaginación desgastada y traicionada por quienes creyeron en ella y son ahora, recuerdo, añoranza, repetida anécdota. Frente a la pared, la cama deshecha, las sábanas manchadas de día y de sol, el hombre tendido sobre ellas como un bulto que respira aparatosamente, la garganta congestionada por el tabaco y el frío, la cara hinchada a causa del insano sueño de día. Al pie de la cama, a su derecha, la botella de cristal rebosa un caldo amarillento, cálido, espumoso y espeso, que a esa hora atrae ya las moscas de los geranios, esas flores que huelen a jardín de vieja, a remisión y tardanza de la casa de una madre, las moscas que se arremolinan en el pico entusiasmadas por el caldo nuevo pero son repelidas por el sabor de la urea y huyen pronto en estampida. El ritmo ha sido igual hace mucho, desde que se hundió la posibilidad del recuerdo y fue muriendo la oportunidad de variación y sorpresa, un ir y venir de mañanas enterradas en el olvido, noches abstemias, solas, placenteras, y sueños mojados, sudorosos e inquietos que se asentaron desde que él supo, desde siempre, que no abandonaría jamás la pieza, desde que aceptó ser uno de aquellos que jamás encontrarán edad adulta porque vivirán hasta la muerte del capricho o hasta el cadáver de la madre. Ese instante no quedaron más que dos caminos, la estupidez o la maldad, aunque en ocasiones los dos senderos se unen y terminan confundiéndose uno con otro. Al pie de la cama, cerca del mediodía, la madre se inclina todos los días a recoger la botella que ella vaciará en el sifón mientras él aún duerme, recogerá las medias enrolladas, los calzoncillos mugrientos, las hojas de periódico arrugadas sobre el piso y se alejará entre las macetas de los geranios hasta que él retorne a casa, recoja la nueva botella del umbral en el corredor y se la beba mientras mira la pared —la anciana dormida en su cuarto— y empieza el crujido de los resortes y las patas de madera hasta expedir en quejidos que solo el sueño cancela con sudor y vaho. Al despertar a la oscuridad del alba —el tiempo idéntico, la infancia— sobre la comisura derecha o la izquierda, una línea de baba describirá la irrefrenable compulsión del hombre, su rabia, su alimento, una línea oscura, delgada, negra, marrón, verde, café, coloreada según él hubiese preferido la tarde, una fina, definitiva e imbécil línea de mierda. —

Tuesday, July 08, 2008

Kinski: la mirada del monstruo


Los gigantes ojos de Klaus Kinski, pupilas inyectadas de sangre, observan de soslayo, como si hasta encerrado en la jaula de una ciudad, nunca hubiese abandonado la selva a la que pertenece. Los ojos serpentinos, hinchados e indudablemente fieros, procuran la presa con atención a su movimiento mínimo, al despertar del vuelo de una mosca, de una mujer, del juez de una corte o el director de una película. La nariz algo torcida en la punta, brilla con la severidad del apéndice de un hombre viejo, aunque el Kinski de la foto no cuente más de cincuenta, es decir, no renguee—no lo hizo nunca—, una nariz que recoge por sus anchas aletas olor a hojas podridas en la jungla del Amazonas, olor a corazones hedientos en su encierro, olor a pubis tropical, oriental, negro. Entre los inmensos y obscenos labios que copiaría fielmente su hija centauro, Nastassia, el cigarrillo a medio consumir sugiere una banderilla enfilada hacia el ojo del mirón, tú, que te atreves a invadir este universo. No obstante, la composición de la escena —el alto en el rodaje de una toma o la puerta abierta a una revista cinematográfica— sugiere cierta explotación de la leyenda negra comenzada en los años de calle y rabia, en los días de bombas y segunda guerra, del pillastre que ha devenido, estúpidamente como ocurren las grandes historias del mundo, estrella de cine, sugiere digo, un comercio fotográfico de su histriónico furor. Pero en el caso de Kinski, la violencia de los ojos desborda a la máscara, el cabello de león gastado testimonia esa rencilla, la mata plateada e imán que enmarca una frente inmensamente amplia, surcada de tres, cuatro, cien arrugas. Sabemos por esta vejez y por este desorden armonioso que el retratado es un sujeto de temer, acaso el hombre de más temer. A ello las líneas pétreas de altos pómulos no hacen más que acrecentar la sospecha, el temor del posible enemigo, su temblor, tu temblor. Aunque quizá también el tectónico rostro germano —esto lo conoce mi experiencia— sea amigo de la amistad, amigo de sus amigos e infaliblemente enemigo de sus enemigos, pues es rostro de hombre libre, es decir, rostro de un loco. —

LOS BORRACHOS: (8) Onetti

Monday, July 07, 2008

Gaingsbourg

La frente de Gaingsbourg descansa en la puerta de roble como el lamento del enamorado. Sus manos picadas de artritis se adhieren a los pliegues del panelado, un poco en alto, un poco crispadas, dos suplicantes. La rodilla derecha sostiene la figura, sobre ella descansa el peso del cuerpo aplazado, mientras la izquierda gravita en ligera flexión atraída por el dilema de su autor en la Tierra, Gaingsbourg y el dolor. En fin que Gaingsbourg se ha quedado pegado ahí contra la puerta, unos segundos antes de caer de rodillas y hacer su rabieta, festoneada por mocos, lágrimas y uno que otro grito, ha manchado la puerta con la herida, la imagen ha impregnado la retina, coloreada en café y azul oscuro, azul la pared, café la puerta, durante ese breve e indispensable aliento que la graba e impregna en el ojo y en el recuerdo. Bien que Gaingsbourg es un hombre viejo con el cabello plateado y restirado, sus manos huesudas tienen los mismos puntos negros que los plátanos dañados aunque el tono es descolorido y moreno en honor de horas y horas de cigarrillo francés y copas de brandy, igual que morena y descolorida es la piel del rostro y el cuello agrietado y flaco, pues Gaingsbourg bordea los setenta. Esta tarde, Gaingsbourg se ha tocado con una camisa de puños franceses y traje celeste de seda siempre sin corbata porque desde aquella vez que cantó Les sans culottes ante el dueño del cabaret aceptó el único consejo y las únicas palabras que éste le dijera —una ráfaga descargada por la comisura de los labios— y que fueron: «una cantante debe parecer puta y ser en verdad una dama pero un cantante siempre ha de parecer lo que es: un cabrón». Así es que Gaingsbourg ha descargado su semen en todas las vaginas, desde las incipientes, peladas y vírgenes hasta los gordos matorrales pestilentes de las rameras en decadencia, y ha terminado por honrar con creces el adagio. Ahora lo he visto fundido en la puerta, gimiendo como esa ramera, con voz sibilina y vetusta. Ha caído de rodillas, Gaingsbourg, una piettá, y se ha hundido en sí hasta que el grito se metamorfoseara en un bordoneo ronco y animal y se extraviara en el silencio del estudio. He de decir que Gaingsbourg perdió la paciencia hace años y no volvió a ser el mismo, que dejó de interesarse en la búsqueda, la cacería y la palabra, que una noche mientras contemplaba a una mosca morir ahogada en su copa de brandy sintió que no podría volver a sudar y a desgastarse, que no quería volver a irse. La primera fue difícil de hallar y comprar, no había una que fielmente se adaptase a sus exigencias físicas y estéticas —hay que decir que Gaingsbourg siempre ha sido un artesano exigente, oficioso y pulcro— pero, fundamentalmente, a su manera de llevar el compás. A la final, en una calleja del centro, donde un anticuario, la descubrió y revisó, tomó sus medidas con una cinta y la rodeó con sus brazos a fin de estimar el movimiento, la ligereza y el vaivén. Una vez que hubo pagado el importe, Gaingsbourg la tomó por la cintura con toda la fuerza de su brazo derecho y la colocó cuidadosamente en el breve nido que había acondicionado para ella en el cajón del auto. Las otras llegaron aprisa una vez que Gaingsbourg evaluó el modo de estimarlas y entonces el proceso se hizo sencillo, simple tal vez, aunque nunca carente de temor y desconcierto, lo que constituía, por esencia, la causa y motor de su ejecución. Desde el principio las bañaba y vestía con afán, las maquillaba y les compraba ropa, y llamaba a todas por su nombre antes de beber la última copa y elegir a una para que lo acompañara al lecho. Hasta la última noche en que, llegado tarde, se acercó a ellas, las besó en los labios y les regaló su nombre, aunque percibió que una, Marta, la pelirroja, no estaba. «Marta, Marta», llamó Gaingsbourg y no respondió más que la eternidad del silencio, la buscó por todas partes, vació los roperos, las estanterías, escarbó en los platos sucios, pero ella no estaba. Se le ocurrió abrir las puertas gemelas que separan el balcón de la sala —exactamente en la orilla opuesta de la puerta en la que lo veo ahora— para hacerse a la visión de la piel mortecina e inmaculada, tersa, plástica, al cuerpo inclinado y tieso sobre los ladrillos del borde del balcón, la nuca por soporte y los cabellos azotados por el viento, con un fulgor de sangre dibujado en la comisura de la boca. Gaingsbourg intentó reanimarla, una vez, otra, pero fue vano, el hilillo en la boca de Marta era, como suele decirse, irreversible. Luego vinieron los rituales propios de la desesperación y el dolor, gritos, tensión de músculos, correteos, miradas en alto y cabezas, cabeza, gachas. Hasta que la razón de Gaingsbourg hizo conciencia de la incurabilidad del hecho, de su fatalidad, y dejó que actuase solamente el corazón, el corazón lo condujo a la puerta, al abrazo de la muerte y el grito, a la piedad. He aquí que la rodilla derecha sostuvo la figura y que la izquierda se limitó a permanecer flexionada. He aquí los clavos de la pasión regados sobre el parquet del estudio. Aquí, un Gaingsbourg. —

Monday, June 30, 2008

These Three

LOS BORRACHOS: (7) Miller y Lawrence Durrell

YO, FRANCO. Striptease


1 Me cuentas que hoy en día ninguna se rehúsa a inflarse las tetas. Me cuentas hoy.
2 Me has dicho —en confidencia, no importa— que el color que se prefiere es el blanco.
3 Me habías contado que las faldas que desataron el estado actual de las cosas habían sido confeccionadas con una mezcla de algodón flexible y lycra que se embutían por la cabeza, como un suéter apretado, me habías contado que las medias de nylon brillaban y en su conjunto las caderas resultaban ahorcadas por el algodón y el nylon, obscena, impúdicamente.
4 Me dijiste que eso ocurrió hace quince años, quizá más, y que a partir de ello las mujeres se pusieron más bonitas, que los pantalones de lycra y las blusas transparentes se volvieron hábito en las calles de la misma manera que los tatuajes y las perforaciones en el ombligo, me dijiste que las blusas se recortaron hasta el borde de los senos para emancipar el abdomen, que los pantalones se encogieron y las sinuosidades encontraron su razón de ser. Me dijiste, creo que me lo dijiste.
5 Me contaron que dijiste que el punto de quiebre fueron los pantalones de color blanco —unos ocho años han pasado— transparentados y dispuestos a invadir la imaginación de la carne, que los pantalones se diluyeron y dejaron respirar las braguitas negras de tiras largas, estiradas sobre las caderas, me contaron que dijiste que.
6 Escucho haber dicho que me contaste que el blanco fue el punto más alto, que después del blanco las mujeres perdieron el pudor y su cuerpo comenzó a andar solo, que la era del recato expidió y fue inaugurada la sociedad del desacato y el desafuero. Recuerdo que remití lo que me contaste, que hoy en día un hombre puede matar en nombre de una joven en equilibrio sobre su par de tacones rojos de plataforma, transparentes, sintéticos, aquellos que marcan la curvatura del culo hasta el desquiciamiento de los ojos. Me recuerdo diciéndolo a alguien pero no recuerdo a quien.
7 Es que quizá dijimos —nos pusimos de acuerdo— que a medida que la carne va ganando la partida, los espectadores de privilegio, esto es, los escritores, más se acobardan y se refugian en la intimidad de la biblioteca o, como has dicho tú (creo que has sido tú), en la literatosis, esto es, el pánico de los sentidos, de los olores, de los sabores, de la carne. Escritores de esos han visto pero no han querido ver este striptease urbano, el descubrimiento de la desembozada lengua de la provocación. No han querido ver ellos porque están muy ocupados en desentrañar el sexo de los ángeles o las pistas de la literatura dentro de la literatura, no han querido, no han podido, pienso haberte dicho, nos dijimos. Recuerdo estas palabras, fatigado, mientras dejo reposar el lápiz sobre el vidrio del escritorio y me aplico un involuntario masaje sobre la masa protuberante de los ojos cuando están cerrados. Me pongo de nuevo las gafas y abro la puerta. En la plaza el sonido comienza a ascender cual zumbido de un enjambre. Despierta la noche, los tacones, las puntas de acero, la silicona sin discrimen. Creo habértelo dicho. Podría jurarlo que lo hice. —