Wednesday, October 29, 2008
Monday, October 27, 2008
YO, FRANCO. Sobre la necesidad de las cartas (II)
Ansiosos, veloces, derrotados, los mensajes se disfrazan mejor que una carta antigua, como si acudieran a una cita amorosa: mientras más hambre de abandono y deseo, con artificio mayor se comportan. De esta manera corren con el apremio y la formalidad de una esquela y amenazan con el terror de los anónimos. Falsos por una cara, intimidan con la otra. Retratan con atino este mundo, su necesidad, su carencia.
(Las cartas antiguas no envolvían mejores augurios, atendieron, simplemente, otra llenura: sortearon la soledad en el siglo de la distancia. Esa lejanía hoy se ha quebrado, uno puede hablar con quien le plazca, aunque yo no confíe en ti ni tú en él.
Ay, el vacío, ay, la centuria: enferma de necesidad no reniega de su engreimiento).
Gracias a su doble carácter, la súplica y el telegrama intentan revelar con desespero qué o quiénes hablan por detrás. No la verdad, no el secreto, lo que piensan ser o están siendo. No procuran, como intentaban las cartas, descubrir a sus firmantes, identificarlos. Los telegramas hablan, las cartas escuchan.
Los telegramas se extravían en la realidad, en medio del murmullo imparable de los que se descubren y oxigenan. Se funden en el anonimato de la red, pisoteados unos por otros, unos locos más que los otros intentando marcar su huella. Atentaban las cartas contra la realidad, tentaban la trasgresión, la reescribían mediante el lance del amor o el decreto de la guerra, la provocaban. La extraviaban, no se hundían en ella.
Por ello, quizá, se tomaban menos en serio a sí mismas, las cartas. No seguían el flujo de la vida, la necesidad y el trabajo, caminaban bajo vientos distintos, caminaban en el retiro. Eran escritas para matar el tiempo, conjuraban el día y divagaban. No habitaban la morada del tedio. Por el contrario los telegramas huyen de la vida y su pretexto. Afirman el tedio, son terapias.
Se escriben, luego, en la rutina de una oficina, frente a una pantalla y en ágora. Son rasgados en la distracción, a contracorriente del silencio, la meditación y el retiro. Ahí se fragmenta y tartamudea, ahí adelanta un paso el ego, ahí se escurre el bulto.
Bien escurrido, el mensaje apunta a nadie, a parte alguna. Va a parar, penosamente, sobre un muro derruido. Se desparraman sus letras en la superficie y el orden rueda hecho añicos. Sin composición, sin cavilación, apenas orden. No llega a su destinatario el mensaje de los telegramas. Lacan, quien sostenía que un mensaje inconsciente bien dirigido al inconsciente de otro le llega necesariamente, no contemplaba la consagración de lo ordinario, el sudor de lo dicho.
Queda por escribir esto: el escritor fracasado dobló la esquina y desapareció. Yo rasgo las servilletas y las guardo en mi bolsillo. En casa el orden retornará. Volverá con la necesidad de las palabras y la casualidad de las cosas, retornará con la necesidad de las cartas. —
(Las cartas antiguas no envolvían mejores augurios, atendieron, simplemente, otra llenura: sortearon la soledad en el siglo de la distancia. Esa lejanía hoy se ha quebrado, uno puede hablar con quien le plazca, aunque yo no confíe en ti ni tú en él.
Ay, el vacío, ay, la centuria: enferma de necesidad no reniega de su engreimiento).
Gracias a su doble carácter, la súplica y el telegrama intentan revelar con desespero qué o quiénes hablan por detrás. No la verdad, no el secreto, lo que piensan ser o están siendo. No procuran, como intentaban las cartas, descubrir a sus firmantes, identificarlos. Los telegramas hablan, las cartas escuchan.
Los telegramas se extravían en la realidad, en medio del murmullo imparable de los que se descubren y oxigenan. Se funden en el anonimato de la red, pisoteados unos por otros, unos locos más que los otros intentando marcar su huella. Atentaban las cartas contra la realidad, tentaban la trasgresión, la reescribían mediante el lance del amor o el decreto de la guerra, la provocaban. La extraviaban, no se hundían en ella.
Por ello, quizá, se tomaban menos en serio a sí mismas, las cartas. No seguían el flujo de la vida, la necesidad y el trabajo, caminaban bajo vientos distintos, caminaban en el retiro. Eran escritas para matar el tiempo, conjuraban el día y divagaban. No habitaban la morada del tedio. Por el contrario los telegramas huyen de la vida y su pretexto. Afirman el tedio, son terapias.
Se escriben, luego, en la rutina de una oficina, frente a una pantalla y en ágora. Son rasgados en la distracción, a contracorriente del silencio, la meditación y el retiro. Ahí se fragmenta y tartamudea, ahí adelanta un paso el ego, ahí se escurre el bulto.
Bien escurrido, el mensaje apunta a nadie, a parte alguna. Va a parar, penosamente, sobre un muro derruido. Se desparraman sus letras en la superficie y el orden rueda hecho añicos. Sin composición, sin cavilación, apenas orden. No llega a su destinatario el mensaje de los telegramas. Lacan, quien sostenía que un mensaje inconsciente bien dirigido al inconsciente de otro le llega necesariamente, no contemplaba la consagración de lo ordinario, el sudor de lo dicho.
Queda por escribir esto: el escritor fracasado dobló la esquina y desapareció. Yo rasgo las servilletas y las guardo en mi bolsillo. En casa el orden retornará. Volverá con la necesidad de las palabras y la casualidad de las cosas, retornará con la necesidad de las cartas. —
Monday, October 20, 2008
YO, FRANCO. Sobre la necesidad de las cartas
«Sobre el escritorio del doctor la encontré, me llevé la revista y leí tu artículo sobre Thomas Bernhard. Como es habitual, no estoy de acuerdo: el artista procura el silencio, nunca el sonido. Así sucede con Walser, con Frisch, con la poesía, en eso se afanan Bernhard e Inge Bachmann». Mientras Franco lee este mail, una lancha altera con su tórrido desgano los lechuguines del Guayas y yo me tomo una cerveza. La espesura del cielo gris desaparece cuando el brillo del sol conquista el horizonte hasta morir tras una isla. Como para el habitante de cualquier puerto, las aletas de mi nariz son inmunes al hedor del malecón, al sudor de los cuerpos, al humor que asciende desde la tripa. La necesidad de las cartas. Flora ha enviado a Franco otro de una serie de mails sobre el tema de la palabra y el silencio. Citó nuevamente a Nietzsche (“en todo hablar hay una pizca de desprecio. El lenguaje, parece, ha sido inventado solo para decir lo ordinario”), hizo un send y se ha excusado de la necesidad de tomar el teléfono y hablarle, se eximió de dar la cara exponiéndose a la verdad. Retorna la escritura con esta arma, anónima, hasta para quien ha retenido el sudor del cuerpo después de una cama, hasta para quien conserva el olor juvenil del deseo. Son telegramas, mensajes que atienden a lo inmediato, a la urgencia de notificación. Eso es: son notificaciones. Un anciano de barba blanca y cotona atraviesa el malecón, agobiado por un tiempo que no le permitió ser lo que él quiso y solo le ha dejado la injuria y la inquina. Se percibe en su modo de llevar el bastón, se sabe que el escritor barbudo ha de odiar. Mientras se aleja y observo el ondular de sus bastas, pienso en las diferencias, en las peculiaridades: si a una carta escrita a mano corresponde un mundo de esperanza (el despertar de un amorío, la venganza inminente, la insalvable llamada al frente), a una de esas que aparecen en la pantalla de una máquina ha de corresponderle uno de espera: la distancia entre la ansiedad y lo promisorio, la peculiaridad de lo inminente y lo posible. A partir de ello intento liar una secuencia: en el mundo antiguo uno escribía cartas con la ilusión de que un suceso o una llamada trastornase el orden de las cosas, por el contrario, cuando uno envía un mail, no parece albergar ilusión mayor, parece ser que las cosas no podrán ser alteradas por un suceso dicho en unas frases apenas, y que soñar ya no es posible porque la velocidad constituye una interpretación de la derrota. Así tenemos que en aquel mundo, lento y ya extinguido, uno aguardaba pacientemente la llegada del papel, oía los nudillos del cartero y su apacible ritual (bocina del triciclo, paquete de envío, esperanza del nombre, extravío siempre acechante), mientras en este mundo uno desencripta su máquina hastiado, y halla lo que supone ya, lo que imagina. Si ocurre así, pienso (y lo escribo en pedazos de servilletas de papel), los vocablos previsibles e imaginados anticipan solamente un encanto, la acumulación, uno y otro sepultados en sus mazmorras electrónicas, uno detrás de otro abandonados al olvido, curiosidad solo de una notificación de futuro. El resto verdaderamente importante, aquellos mensajes ardientemente esperados (no el telegrama, no la súplica) se atesoraban en un breve arcón, entre las páginas de un libro, al costado de una almohada o en un paquete atado con cinta. Conformaban de ese modo un tesoro.
Tuesday, October 14, 2008
Carvajal
Simulacro de la escarcha
en el día soleado,
mapa de un cielo de estrellas
albas y enanas, o un firmamento
que apenas se sostiene
de las cuerdas mecidas
por un rumor de niños que se alejan.
Las flores del cerezo
copan el cuadro de la ventana.
I
La ofrenda del cerezo, Carvajal
en el día soleado,
mapa de un cielo de estrellas
albas y enanas, o un firmamento
que apenas se sostiene
de las cuerdas mecidas
por un rumor de niños que se alejan.
Las flores del cerezo
copan el cuadro de la ventana.
I
La ofrenda del cerezo, Carvajal
Wednesday, October 08, 2008
YO, FRANCO. La necesidad de las cartas
Reza el anuario del colegio Stella Maris: «Rodolfo Parra, aula del 68. Aptitud para la oratoria y el método socrático. Escribe versos desde niño. Muy buen dibujante y caricaturista. Carrera proyectada: derecho. “Quiero defender a los pobres y a los presos de conciencia”. Personaje: Malcolm X. Se augura éxito».
«Estimado Genaro Franco: Con satisfacción le comunicamos que aprobamos su carta y usted ha sido admitido en la Escuela de Aviadores del Sur del Estado. Para la incorporación deberá enviarnos sus señas personales, los números de carné de identidad y afiliación social y un código de nueve dígitos. Este código servirá para el acceso a nuestras instalaciones y para la práctica de ensayos. Le rogamos memorizarlo y no difundirlo. De acuerdo con su comunicación lo esperamos el 17 de febrero. En el formulario la descripción de los efectos personales requeridos…»
«Despacho para la hija del señor Descalzi: dos suéteres ingleses de cachemira XS, vestido de coctel de Yves Saint Laurent número 2, tres pantalones a cuadros N°. veintidós, un pañuelo de cuello Chanel color celeste. Total: nueve mil quinientos cuarenta sucres. Seña: Srta. Flora Descalzi, Riobamba»
Retorna la escritura:
«…leí el artículo sobre Naipaul, Antigualla. Como siempre no estoy de acuerdo: no se intenta el sonido, el artista procura el silencio. Como Walser, como Buzzatti, como la poesía. En eso se afana Naipaul, en eso Marguerite Duras e Ingeborg Bachmann. En eso, Franco, antigualla. Por lo demás todo bien, como siempre».
¿Para qué hablar si uno puede escribir? No es preciso dar la cara, solo un send y ya está.
Rodolfo que ha devenido en Rod vaga ahora por los muelles. Bebió dos botellas de Pilsener mientras miraba el agua de la ría. En pedazos de servilletas ha escrito parejas antitéticas, mirado la luna, hecho un rollo, gran sorbo de cerveza, y guardado los papeles en los bolsillos abombados de la americana amarilla. Vagó un par de horas por los muelles y camina a su casa en el barrio del Centenario. Los gatos se repliegan cuando Rod mete la llave en la cerradura. No enciende las luces, se tiende sobre el brazo acolchado del sofá (sofá de hierro y espuma), toma el aparato y marca el número. “¿Me escuchas, Flora, me escuchas, tú?”
Su clave es “dimenticareericominciarecelentano”. ¿El proveedor?… estupideces. Franco mira su correo. Mensaje de Flora: “…leí el artículo sobre Naipaul, Antigualla. Como siempre no…” Se apresta a leer, a verlo.
«Estimado Genaro Franco: Con satisfacción le comunicamos que aprobamos su carta y usted ha sido admitido en la Escuela de Aviadores del Sur del Estado. Para la incorporación deberá enviarnos sus señas personales, los números de carné de identidad y afiliación social y un código de nueve dígitos. Este código servirá para el acceso a nuestras instalaciones y para la práctica de ensayos. Le rogamos memorizarlo y no difundirlo. De acuerdo con su comunicación lo esperamos el 17 de febrero. En el formulario la descripción de los efectos personales requeridos…»
«Despacho para la hija del señor Descalzi: dos suéteres ingleses de cachemira XS, vestido de coctel de Yves Saint Laurent número 2, tres pantalones a cuadros N°. veintidós, un pañuelo de cuello Chanel color celeste. Total: nueve mil quinientos cuarenta sucres. Seña: Srta. Flora Descalzi, Riobamba»
Retorna la escritura:
«…leí el artículo sobre Naipaul, Antigualla. Como siempre no estoy de acuerdo: no se intenta el sonido, el artista procura el silencio. Como Walser, como Buzzatti, como la poesía. En eso se afana Naipaul, en eso Marguerite Duras e Ingeborg Bachmann. En eso, Franco, antigualla. Por lo demás todo bien, como siempre».
¿Para qué hablar si uno puede escribir? No es preciso dar la cara, solo un send y ya está.
Rodolfo que ha devenido en Rod vaga ahora por los muelles. Bebió dos botellas de Pilsener mientras miraba el agua de la ría. En pedazos de servilletas ha escrito parejas antitéticas, mirado la luna, hecho un rollo, gran sorbo de cerveza, y guardado los papeles en los bolsillos abombados de la americana amarilla. Vagó un par de horas por los muelles y camina a su casa en el barrio del Centenario. Los gatos se repliegan cuando Rod mete la llave en la cerradura. No enciende las luces, se tiende sobre el brazo acolchado del sofá (sofá de hierro y espuma), toma el aparato y marca el número. “¿Me escuchas, Flora, me escuchas, tú?”
Su clave es “dimenticareericominciarecelentano”. ¿El proveedor?… estupideces. Franco mira su correo. Mensaje de Flora: “…leí el artículo sobre Naipaul, Antigualla. Como siempre no…” Se apresta a leer, a verlo.
Tuesday, October 07, 2008
Wednesday, October 01, 2008
El polvo y los elementos
Luz silenciosa, de Carlos Reygadas
Utilicemos, para el caso, la absurda hipótesis de que allí donde haya una obra de arte, una película o un libro, una historia debe ser contada. Pensemos, por otro lado, en la hipótesis de que una obra debe contar apenas nada, ocultar lo que puede ser referido, retenerlo con el fin de no decir acerca de lo evidente si no sobre sus sucedáneos. Pensemos en lo uno y en lo otro mientras contemplamos Luz silenciosa (Stellet Licht, 2006) en la oscuridad. ¿Cuál su historia? ¿El adulterio, una muerte de amor y sufrimiento? ¿El estudio de una comunidad, la menonita, en Chihuahua, México? Esto último también aunque no sea a todos evidente, aquello indiscutiblemente. ¿Sirven de algo estas razones a la hora de interpretar una película, debemos aplicarnos en ésas, sus historias sencillas, simples hasta la insulsez?
Antes de otras conjeturas, la pregunta de fondo: ¿qué ha ocurrido con la manufactura clásica del cine contemporáneo que le aparecen aquí y allá bombas que tratan de saltar su canon por el aire? ¿Qué omite la narrativa amena, rápida y de efecto de aquello que al hombre preocupa y corroe, y que el cine aún puede recoger? ¿Cuál la explicación de una propuesta extrema al punto de detener el plano y congelarlo, de atender a los elementos a la par que al hombre, engarzados con el hombre, de atentar contra la palabra hasta callarla, de dinamitar la narrativa del cine para devolverlo a su origen y prehistoria, la pintura? ¿Qué se escapa al espectáculo que solo el arte puede decir a través de una pantalla?
Allá, en el primer párrafo uno que puede ser un buen verbo: contemplar. Lo ha dicho ya el crítico mexicano Rafael Lemus acerca de Luz silenciosa, “como una pintura de gran formato, no exige ser vista sino contemplada”, y de ese modo podemos contemplar los elementos y la mecánica del mundo, los oficios del amor y la naturaleza, contemplar el silencio y el dolor, contemplar la muerte. Detener el vértigo de la Tierra y admirar la entrada de las reses al ordeño, la máquina trilladora del maíz en su desgaste, el anonimato inútil y definitivo de una flor, el trabajo del hombre y su producto, el motor, la caída de una hoja de cedro rojo en la escena de los amantes, admirar la nieve en su cegadora esplendidez. Retornar a los elementos de los que nos hemos venido alejando irremediablemente a causa de la ansiedad. Más que observar el dolor humano, admirarlo. Admirar el dolor como se admira la proporción de un edificio antiguo, como se admira un amanecer o la luz en La lección de música. Retornar al polvo que sufre y observarlo.
¿Para qué contar una historia, entonces, para qué hilar una trama si con un plano o una lentitud el mundo puede ser dicho? ¿Para qué apelar a la palabra y al movimiento si aquello que requiere la conciliación entre la naturaleza y el sufrimiento es la muda exposición de los objetos con el fin de atrapar su alma? ¿Por qué atender a la manufactura si la pena contemporánea clama por una cura primigenia, elemental, un encuadre estético y piadoso desprovisto de inocencia, despojado de todo resabio narrativo y técnico para decir con naturalidad el polvo y los elementos? A éste, un encuadre que transcribe conscientemente otros como Dreyer y Antonioni para huir del preciosismo y crear un lenguaje, lo que le importa es el fin y para ello ha hecho de los medios su fin.
¿Reviste importancia que esta película sea la imagen de una comunidad o de un amorío? Más importante una coma, un período, más importante el tiempo verbal. Más importante la luz que, silenciosa, ingresa por una ventana. —
Utilicemos, para el caso, la absurda hipótesis de que allí donde haya una obra de arte, una película o un libro, una historia debe ser contada. Pensemos, por otro lado, en la hipótesis de que una obra debe contar apenas nada, ocultar lo que puede ser referido, retenerlo con el fin de no decir acerca de lo evidente si no sobre sus sucedáneos. Pensemos en lo uno y en lo otro mientras contemplamos Luz silenciosa (Stellet Licht, 2006) en la oscuridad. ¿Cuál su historia? ¿El adulterio, una muerte de amor y sufrimiento? ¿El estudio de una comunidad, la menonita, en Chihuahua, México? Esto último también aunque no sea a todos evidente, aquello indiscutiblemente. ¿Sirven de algo estas razones a la hora de interpretar una película, debemos aplicarnos en ésas, sus historias sencillas, simples hasta la insulsez?
Antes de otras conjeturas, la pregunta de fondo: ¿qué ha ocurrido con la manufactura clásica del cine contemporáneo que le aparecen aquí y allá bombas que tratan de saltar su canon por el aire? ¿Qué omite la narrativa amena, rápida y de efecto de aquello que al hombre preocupa y corroe, y que el cine aún puede recoger? ¿Cuál la explicación de una propuesta extrema al punto de detener el plano y congelarlo, de atender a los elementos a la par que al hombre, engarzados con el hombre, de atentar contra la palabra hasta callarla, de dinamitar la narrativa del cine para devolverlo a su origen y prehistoria, la pintura? ¿Qué se escapa al espectáculo que solo el arte puede decir a través de una pantalla?
Allá, en el primer párrafo uno que puede ser un buen verbo: contemplar. Lo ha dicho ya el crítico mexicano Rafael Lemus acerca de Luz silenciosa, “como una pintura de gran formato, no exige ser vista sino contemplada”, y de ese modo podemos contemplar los elementos y la mecánica del mundo, los oficios del amor y la naturaleza, contemplar el silencio y el dolor, contemplar la muerte. Detener el vértigo de la Tierra y admirar la entrada de las reses al ordeño, la máquina trilladora del maíz en su desgaste, el anonimato inútil y definitivo de una flor, el trabajo del hombre y su producto, el motor, la caída de una hoja de cedro rojo en la escena de los amantes, admirar la nieve en su cegadora esplendidez. Retornar a los elementos de los que nos hemos venido alejando irremediablemente a causa de la ansiedad. Más que observar el dolor humano, admirarlo. Admirar el dolor como se admira la proporción de un edificio antiguo, como se admira un amanecer o la luz en La lección de música. Retornar al polvo que sufre y observarlo.
¿Para qué contar una historia, entonces, para qué hilar una trama si con un plano o una lentitud el mundo puede ser dicho? ¿Para qué apelar a la palabra y al movimiento si aquello que requiere la conciliación entre la naturaleza y el sufrimiento es la muda exposición de los objetos con el fin de atrapar su alma? ¿Por qué atender a la manufactura si la pena contemporánea clama por una cura primigenia, elemental, un encuadre estético y piadoso desprovisto de inocencia, despojado de todo resabio narrativo y técnico para decir con naturalidad el polvo y los elementos? A éste, un encuadre que transcribe conscientemente otros como Dreyer y Antonioni para huir del preciosismo y crear un lenguaje, lo que le importa es el fin y para ello ha hecho de los medios su fin.
¿Reviste importancia que esta película sea la imagen de una comunidad o de un amorío? Más importante una coma, un período, más importante el tiempo verbal. Más importante la luz que, silenciosa, ingresa por una ventana. —
Monday, September 29, 2008
Dilema de un moralista
Diego Cornejo Menacho, Miércoles y estiércoles, Alfaguara, Quito, 2008, 135 pp.
Encrucijada riesgosa para un autor es dar con el tono y el género que demanda la materia novelesca, la mayoría sufre en el camino tropiezos dictados por la inexperiencia, la egolatría, la ambición ciega y la ausencia de sentido literario. No es éste el caso de Miércoles y estiércoles, segunda novela de Diego Cornejo Menacho (Quito, 1949), autor que ha ubicado su punto intermedio escarbando en el arsenal de la novela negra y el thriller. La observación del género, necesaria, refiere solo una arista de este libro pues el proyecto rebasa sus límites hasta bordear los desafíos de escritura de una novela más ambiciosa que recrea episodios conocidos de la crónica política y policial del Ecuador —el caso de la desaparición de dos jóvenes hermanos, Carlos Santiago y Pedro Andrés Restrepo, a manos de la policía, suceso acaecido un par de décadas ha, bajo una atmósfera de represión política que desató un intenso cuestionamiento de los métodos policiales y los procedimientos del Estado. La ambición es notoria en las voces múltiples y en la reflexión del narrador que desmadeja la intriga y permite asomarnos a la historia. En medio, los personajes están vivos, los diálogos son creíbles, las cavilaciones intensas, la trama hábilmente tejida; Cornejo acumula sus puntos con imaginación y talento, con buen dominio y manejo de la técnica, algo que es imposible desdeñar en el contexto de una literatura, la ecuatoriana, más bien descuidada en torno a estos conceptos. El libro se aproxima a la demanda del lector por un producto exento de esnobismo, ingenuidad y lugares comunes que lo atrape en la mesa de novedades por sus virtudes emotivas, seductoras y por conducir a la reflexión.
Sin embargo, Miércoles y estiércoles es presa de sus virtudes en la medida que persigue y alcanza sus ambiciones con aplicación. Echar mano de la novela negra, el thriller y sus formas supone, como lo sabe el autor, discutir una perspectiva ética, evidenciar mediante la armazón novelesca la naturaleza moral en la cual se escenifican los hechos. A este respecto, es didáctico el autor a la hora de disponer claves a lo largo de la novela para conseguirlo: por ejemplo, con el fin de persuadir sobre la conciencia de los personajes, concede la palabra a su flujo interior bajo la forma de monólogos que al inicio escuchamos deslumbrados, comprometidos a la vuelta, prevenidos más tarde, crasamente advertidos al final: un autor que motivado moralmente ha dispuesto los monólogos al final de cada capítulo con el fin de asomarse al corazón de sus personajes, descubre estéticamente el truco y lo malogra. ¿A qué obedece el didactismo? A que el autor confía en los recursos el soporte moral de la obra. No basta que el autor ironice sobre la condición moral de sus personajes —la “institución policial”, por ejemplo—, sino que desconcierten ellos en su virtud o vicio a través de los sucesos y de las palabras, que el autor escriba moralmente cada página. Cornejo lo consigue a través de los hechos, apunta, dispara bien, pero no logra exponer una perspectiva de autor sobre la naturaleza del bien y del mal más allá de los móviles de sus personajes. Hay método, curiosidad, inquietud, pero no arrojo para ir más allá de la forma del thriller y sus métodos y transgredirlos. Ocurre que Cornejo supone que transigir frente a los juegos de sospecha del policial no le permitirá cuajar el trasfondo moral que desea dar a su novela, prefiere hacer uso de la intriga del thriller y confiar a otros mecanismos narrativos la problemática moral. Equivoca su estrategia: en ambos casos enfrentar la definición del entorno ético de una obra no implica barajar métodos y seleccionar aquel conjeturado como el más neutral, si no permitir que la estética del libro dispuesta en su estructura, en los personajes y en el tiempo consume el universo moral del autor.
Aplicado en el trabajo técnico, Cornejo busca dar verosimilitud a lo narrado. Alcanzar esa verosimilitud tiene su precio y el autor lo paga. Acuña una conciencia de lo coloquial a partir de la voz de sus personajes, de sus modos de habla y sus giros. Enfrenta nuevamente el dilema ético como un problema técnico, y, en su trayecto, engolosinado en los hallazgos de la voz popular, pierde por momentos de vista que lo coloquial está al servicio de una estructura mayor, la voz narrativa, a quien debe servir y no a la inversa. La frase hecha, el refrán, el lugar común, a la vez que enseñan disipan, a la vez que comentan alienan. Aunque tienta una disyuntiva ética, Cornejo concibe el recurso por conciencia, la amenidad en el contar (aunque ésta sea introspectiva o dramática) por perspectiva, el enfoque vario por polifonía. Quizá esto muestre que se trata de un escritor moralista antes que de un autor moral, un autor de queja antes que un autor de conciencia.
Concluyamos con una posibilidad: Miércoles y estiércoles, novela de título nada eufónico aunque trabajo notable, deberá ser vencida. No porque fracase: el resultado es seductor, emocionante, reflexivo. Deberá ser vencida en la siguiente novela de su autor bajo una perspectiva de conciencia, como un fresco de correspondencias éticas cual es la novela concebida como un género de arte. —
Encrucijada riesgosa para un autor es dar con el tono y el género que demanda la materia novelesca, la mayoría sufre en el camino tropiezos dictados por la inexperiencia, la egolatría, la ambición ciega y la ausencia de sentido literario. No es éste el caso de Miércoles y estiércoles, segunda novela de Diego Cornejo Menacho (Quito, 1949), autor que ha ubicado su punto intermedio escarbando en el arsenal de la novela negra y el thriller. La observación del género, necesaria, refiere solo una arista de este libro pues el proyecto rebasa sus límites hasta bordear los desafíos de escritura de una novela más ambiciosa que recrea episodios conocidos de la crónica política y policial del Ecuador —el caso de la desaparición de dos jóvenes hermanos, Carlos Santiago y Pedro Andrés Restrepo, a manos de la policía, suceso acaecido un par de décadas ha, bajo una atmósfera de represión política que desató un intenso cuestionamiento de los métodos policiales y los procedimientos del Estado. La ambición es notoria en las voces múltiples y en la reflexión del narrador que desmadeja la intriga y permite asomarnos a la historia. En medio, los personajes están vivos, los diálogos son creíbles, las cavilaciones intensas, la trama hábilmente tejida; Cornejo acumula sus puntos con imaginación y talento, con buen dominio y manejo de la técnica, algo que es imposible desdeñar en el contexto de una literatura, la ecuatoriana, más bien descuidada en torno a estos conceptos. El libro se aproxima a la demanda del lector por un producto exento de esnobismo, ingenuidad y lugares comunes que lo atrape en la mesa de novedades por sus virtudes emotivas, seductoras y por conducir a la reflexión.
Sin embargo, Miércoles y estiércoles es presa de sus virtudes en la medida que persigue y alcanza sus ambiciones con aplicación. Echar mano de la novela negra, el thriller y sus formas supone, como lo sabe el autor, discutir una perspectiva ética, evidenciar mediante la armazón novelesca la naturaleza moral en la cual se escenifican los hechos. A este respecto, es didáctico el autor a la hora de disponer claves a lo largo de la novela para conseguirlo: por ejemplo, con el fin de persuadir sobre la conciencia de los personajes, concede la palabra a su flujo interior bajo la forma de monólogos que al inicio escuchamos deslumbrados, comprometidos a la vuelta, prevenidos más tarde, crasamente advertidos al final: un autor que motivado moralmente ha dispuesto los monólogos al final de cada capítulo con el fin de asomarse al corazón de sus personajes, descubre estéticamente el truco y lo malogra. ¿A qué obedece el didactismo? A que el autor confía en los recursos el soporte moral de la obra. No basta que el autor ironice sobre la condición moral de sus personajes —la “institución policial”, por ejemplo—, sino que desconcierten ellos en su virtud o vicio a través de los sucesos y de las palabras, que el autor escriba moralmente cada página. Cornejo lo consigue a través de los hechos, apunta, dispara bien, pero no logra exponer una perspectiva de autor sobre la naturaleza del bien y del mal más allá de los móviles de sus personajes. Hay método, curiosidad, inquietud, pero no arrojo para ir más allá de la forma del thriller y sus métodos y transgredirlos. Ocurre que Cornejo supone que transigir frente a los juegos de sospecha del policial no le permitirá cuajar el trasfondo moral que desea dar a su novela, prefiere hacer uso de la intriga del thriller y confiar a otros mecanismos narrativos la problemática moral. Equivoca su estrategia: en ambos casos enfrentar la definición del entorno ético de una obra no implica barajar métodos y seleccionar aquel conjeturado como el más neutral, si no permitir que la estética del libro dispuesta en su estructura, en los personajes y en el tiempo consume el universo moral del autor.
Aplicado en el trabajo técnico, Cornejo busca dar verosimilitud a lo narrado. Alcanzar esa verosimilitud tiene su precio y el autor lo paga. Acuña una conciencia de lo coloquial a partir de la voz de sus personajes, de sus modos de habla y sus giros. Enfrenta nuevamente el dilema ético como un problema técnico, y, en su trayecto, engolosinado en los hallazgos de la voz popular, pierde por momentos de vista que lo coloquial está al servicio de una estructura mayor, la voz narrativa, a quien debe servir y no a la inversa. La frase hecha, el refrán, el lugar común, a la vez que enseñan disipan, a la vez que comentan alienan. Aunque tienta una disyuntiva ética, Cornejo concibe el recurso por conciencia, la amenidad en el contar (aunque ésta sea introspectiva o dramática) por perspectiva, el enfoque vario por polifonía. Quizá esto muestre que se trata de un escritor moralista antes que de un autor moral, un autor de queja antes que un autor de conciencia.
Concluyamos con una posibilidad: Miércoles y estiércoles, novela de título nada eufónico aunque trabajo notable, deberá ser vencida. No porque fracase: el resultado es seductor, emocionante, reflexivo. Deberá ser vencida en la siguiente novela de su autor bajo una perspectiva de conciencia, como un fresco de correspondencias éticas cual es la novela concebida como un género de arte. —
Wednesday, September 24, 2008
YO, FRANCO. Rod
Venga a cargarlo.
Las botas golpean en los escalones, uno por uno, un fabuloso estruendo.
Rod ha bebido nueve o diez gin tonics en la barra, solo, sin amigos ni mujerzuelas.
Sexto, el cantinero, sirvió el último y pensaba: éste no aguanta uno más.
Aunque también: diablos, qué mal vestido está.
Rod calza botas negras con punta de triángulo, pantalón amarillo de franela y camisa con cuello de pico de pavo picada de flores, el fondo verde como una esmeralda. Seda.
Mal gusto el de este Rod.
Douglas me ha contado que vivió en New Orleáns. Debe ser esa la razón.
(Ahora Douglas también vive en los States. En el desierto, creo).
Sexto sale detrás de la barra. Venga a cargarlo, le digo.
Le advertí que no bebiera ese tonic, pero se puso necio como burro en chaparrón. Como siempre, hablaba, hablaba y hablaba.
Cierre el pico y tómelo del otro brazo, hay que bajarlo.
Tac-tac-tac-tac-tac.
¡Mire cuántos libros! Debe ser por eso que habla tanto: repite lo leído en estos ladrillos.
Cállese y déjelo en paz.
Se le ha fundido el coco a este Rod.
¿Apagó la luz? Ve que es tonto, por estar hablando de los libros: regrese y apague la luz.
¿Qué trae en la mano? ¿No le dije que se estuviera quieto?
Una foto. Bonita la vieja, ¿no? Con todo y suéter de loca.
Suena el vapor sobre la ría. Deje de oírme el corazón y regrese al bar. ¡Ni sílaba de la foto!
La cuatrojos boca abajo, abierta las patas.
Rod. –
Las botas golpean en los escalones, uno por uno, un fabuloso estruendo.
Rod ha bebido nueve o diez gin tonics en la barra, solo, sin amigos ni mujerzuelas.
Sexto, el cantinero, sirvió el último y pensaba: éste no aguanta uno más.
Aunque también: diablos, qué mal vestido está.
Rod calza botas negras con punta de triángulo, pantalón amarillo de franela y camisa con cuello de pico de pavo picada de flores, el fondo verde como una esmeralda. Seda.
Mal gusto el de este Rod.
Douglas me ha contado que vivió en New Orleáns. Debe ser esa la razón.
(Ahora Douglas también vive en los States. En el desierto, creo).
Sexto sale detrás de la barra. Venga a cargarlo, le digo.
Le advertí que no bebiera ese tonic, pero se puso necio como burro en chaparrón. Como siempre, hablaba, hablaba y hablaba.
Cierre el pico y tómelo del otro brazo, hay que bajarlo.
Tac-tac-tac-tac-tac.
¡Mire cuántos libros! Debe ser por eso que habla tanto: repite lo leído en estos ladrillos.
Cállese y déjelo en paz.
Se le ha fundido el coco a este Rod.
¿Apagó la luz? Ve que es tonto, por estar hablando de los libros: regrese y apague la luz.
¿Qué trae en la mano? ¿No le dije que se estuviera quieto?
Una foto. Bonita la vieja, ¿no? Con todo y suéter de loca.
Suena el vapor sobre la ría. Deje de oírme el corazón y regrese al bar. ¡Ni sílaba de la foto!
La cuatrojos boca abajo, abierta las patas.
Rod. –
Sunday, September 21, 2008
YO, FRANCO. Antigualla
Habría sido delgada de joven, distante, impaciente y con el mundo volcado a su interior. No podría decirse que sus mejillas hubiesen sido algo más que mejillas hundidas, tersas, frías, un poco húmedas, y que las lágrimas las hubiesen regado escasamente durante la infancia, casi nada después, solo insistir en que los ojos han sido siempre los mismos, un par de balcones de otra lechuza, testimonio de otra vida, idéntica, en el ayer, la que no demanda nada de una madre, de una mujer, de un hombre, la que nada espera: propietaria de sí misma, ella no desearía ser de nadie ni poseer a nadie, sería, lo que se dice, una mujer algo fría, una mujer sola, una persona. Así estaría bien.
Ha pasado el tiempo, los años avanzaron sobre la pared como una sombra: Flora habita en un departamento donde el orden y el polvo marcan su territorio hasta que el sábado la mucama venga con el plumero a remover la justicia del tiempo sobre el mueble. La atiende a las ocho, saluda con la mano sin cruzar palabra y se encierra en el cuarto de baño. Desde que cumpliera los cincuenta, Flora cepilla muy bien su corta melena todos los días a la misma hora, las nueve, la protege con una red y se baña cuidadosa, milimétricamente, a fin de evitar que el cabello sea estropeado por el agua. Pero al ir al ropero nunca ha podido reprimir el impulso de elegir todos los días lo que siempre elegirá para recordar sus votos de templanza y firmeza: un suéter oscuro con el cuello de tortuga que, inevitablemente, desarmará el arreglo. Las otras prendas acudirán por obligación, un pantalón con cuadros oscuros, un par de botines de gamuza, una bufanda de lana de rayas verdes y rojas, un par de guantes. Los anteojos rectangulares, marrones y caros, siempre boca abajo, siempre abiertos, serán tomados de la mesa de noche por su mano temblorosa y arrugada como el acto final del procedimiento.
Febo, el gato, repele y se encarama, alternativamente, en la víbora tubular de la máquina aspiradora. Flora lo observa desde la mesa blanca del desayunador mientras el café humea sobre el fondo gris de la ventana que enmarca los nevados en el occidente. Apura la taza pero siempre en el lecho un poso de óxido se estanca. Febo se ha hartado de la aspiradora y termina tendido sobre el sofá blanco y peludo, cansado de dar la guerra. Cesa por fin el sonido de la máquina y Flora puede extraer los papeles del cajón para disponerlos sobre la mesa, en bloques, uno al lado del otro. El trabajo apenas comienza, escribe a mano, con una caligrafía regular y uniforme dibujada sobre el papel común y corriente.
Procuran todos la normalidad, el apelativo de la angustia y la tristeza.
Deja reposar los anteojos boca abajo, abiertos sobre uno de los bloques. En una mesa cuadrangular y diminuta, situada en una esquina, se observa el teléfono. “Procuran todos la normalidad, el apelativo de la angustia y la tristeza, procuran el tedio para huir de la verdad, de la nada”.
—¿Me escuchas, antigualla, me escuchas, tú? —.
Ha pasado el tiempo, los años avanzaron sobre la pared como una sombra: Flora habita en un departamento donde el orden y el polvo marcan su territorio hasta que el sábado la mucama venga con el plumero a remover la justicia del tiempo sobre el mueble. La atiende a las ocho, saluda con la mano sin cruzar palabra y se encierra en el cuarto de baño. Desde que cumpliera los cincuenta, Flora cepilla muy bien su corta melena todos los días a la misma hora, las nueve, la protege con una red y se baña cuidadosa, milimétricamente, a fin de evitar que el cabello sea estropeado por el agua. Pero al ir al ropero nunca ha podido reprimir el impulso de elegir todos los días lo que siempre elegirá para recordar sus votos de templanza y firmeza: un suéter oscuro con el cuello de tortuga que, inevitablemente, desarmará el arreglo. Las otras prendas acudirán por obligación, un pantalón con cuadros oscuros, un par de botines de gamuza, una bufanda de lana de rayas verdes y rojas, un par de guantes. Los anteojos rectangulares, marrones y caros, siempre boca abajo, siempre abiertos, serán tomados de la mesa de noche por su mano temblorosa y arrugada como el acto final del procedimiento.
Febo, el gato, repele y se encarama, alternativamente, en la víbora tubular de la máquina aspiradora. Flora lo observa desde la mesa blanca del desayunador mientras el café humea sobre el fondo gris de la ventana que enmarca los nevados en el occidente. Apura la taza pero siempre en el lecho un poso de óxido se estanca. Febo se ha hartado de la aspiradora y termina tendido sobre el sofá blanco y peludo, cansado de dar la guerra. Cesa por fin el sonido de la máquina y Flora puede extraer los papeles del cajón para disponerlos sobre la mesa, en bloques, uno al lado del otro. El trabajo apenas comienza, escribe a mano, con una caligrafía regular y uniforme dibujada sobre el papel común y corriente.
Procuran todos la normalidad, el apelativo de la angustia y la tristeza.
Deja reposar los anteojos boca abajo, abiertos sobre uno de los bloques. En una mesa cuadrangular y diminuta, situada en una esquina, se observa el teléfono. “Procuran todos la normalidad, el apelativo de la angustia y la tristeza, procuran el tedio para huir de la verdad, de la nada”.
—¿Me escuchas, antigualla, me escuchas, tú? —.
Thursday, September 18, 2008
Richard Wright Echoes
Monday, September 08, 2008
YO, FRANCO. Iglesias 227
Si retorno sobre lo mismo lo hago porque no puede vivir en una cabeza más que una idea, un dolor, y la escritura no es más que el febril acoso de esa pena. En el camino la vida puede hundirse en la desesperación: quizá en medio asome las orejas una obra que atestigüe el empeño del hombre como un sí, el empeño de un ego.
Dicho esto solo sé que el hombre cantó un tiempo y murió. Es una forma de decir: morir también puede significar fracasar: el hombre fracasó en el papel que su suerte le había designado, esto es, esfumarse no como un innovador si no como un solitario frente al piano de un salón de hotel. Hubiese sido un final digno.
Pero no: habiendo cantado al amor de la única forma posible, con romance, ímpetu y cursilería, convertido en un soñador, un cazador de lunas, un mercader de ilusiones, guardó el secreto por el cual sus contemporáneos lo odiaron: cantar los fastos de un mundo diluido, destruido, de un planeta en que el amor era una fuerza terrena. Un moderno jamás lo entendería: la ilusión reside en lo nuevo y no hay nada menos nuevo y renovable que el amor. El amor, se sabe, es memoria.
Su compromiso con las tonadas de terciopelo, edulcoradas diríamos, le compondrían una imagen a la medida, la del hombre elegante, bronceado de playa y delgado a petición, siempre al borde del descaro, siempre al extremo del desorden y lo oscuro. Un poco demasiado previsible. Un hombre poco demasiado imprevisible.
“¡Qué daría por tener tus caricias cada día!” cantaría, envuelto por su papel, mientras una dama rubia vestida de terciopelo se resiste a su encanto copiado de Dean Martin, de Cole Porter, de Paul Anka, de Johnny Fontane, de Serge Gainsbourg. Aunque menos que todos ellos, Iglesias sería su verdadero epígono, el que no cumpliría su destino de noche, soledad y fracaso. Se conformaría con ser envidiado por su apetito seductor, por su deslenguada torpeza, por su mal gusto al hablar de sí mismo. No sabría que todo puede ser perdonado excepto traicionar el fracaso.
Desaparecería en esa fecha tras entonar “mañana por la mañana, si no se rompe la noche, haremos locuras nuevas con el amor que nos sobre”, desaparecería porque lo único que dignifica la memoria de un verdadero crooner es el fracaso, nunca el dinero ni la fama. El romanticismo no volvería a anunciarlo en altavoces como el primero de los nocturnos americanos con habla de Castilla y quedaría solo la calle donde caminar y olvidarlo, un par de tías viejas que lo recordarían con un suspiro contenido, como la imagen de un vívido amorío imposible, como un pasado nunca habitado. Solo quedaría la calle donde olvidar su nombre. Olvidar su vida de tanto ocultar la verdad con mentiras. De tanto tentar a la pena. —
Dicho esto solo sé que el hombre cantó un tiempo y murió. Es una forma de decir: morir también puede significar fracasar: el hombre fracasó en el papel que su suerte le había designado, esto es, esfumarse no como un innovador si no como un solitario frente al piano de un salón de hotel. Hubiese sido un final digno.
Pero no: habiendo cantado al amor de la única forma posible, con romance, ímpetu y cursilería, convertido en un soñador, un cazador de lunas, un mercader de ilusiones, guardó el secreto por el cual sus contemporáneos lo odiaron: cantar los fastos de un mundo diluido, destruido, de un planeta en que el amor era una fuerza terrena. Un moderno jamás lo entendería: la ilusión reside en lo nuevo y no hay nada menos nuevo y renovable que el amor. El amor, se sabe, es memoria.
Su compromiso con las tonadas de terciopelo, edulcoradas diríamos, le compondrían una imagen a la medida, la del hombre elegante, bronceado de playa y delgado a petición, siempre al borde del descaro, siempre al extremo del desorden y lo oscuro. Un poco demasiado previsible. Un hombre poco demasiado imprevisible.
“¡Qué daría por tener tus caricias cada día!” cantaría, envuelto por su papel, mientras una dama rubia vestida de terciopelo se resiste a su encanto copiado de Dean Martin, de Cole Porter, de Paul Anka, de Johnny Fontane, de Serge Gainsbourg. Aunque menos que todos ellos, Iglesias sería su verdadero epígono, el que no cumpliría su destino de noche, soledad y fracaso. Se conformaría con ser envidiado por su apetito seductor, por su deslenguada torpeza, por su mal gusto al hablar de sí mismo. No sabría que todo puede ser perdonado excepto traicionar el fracaso.
Desaparecería en esa fecha tras entonar “mañana por la mañana, si no se rompe la noche, haremos locuras nuevas con el amor que nos sobre”, desaparecería porque lo único que dignifica la memoria de un verdadero crooner es el fracaso, nunca el dinero ni la fama. El romanticismo no volvería a anunciarlo en altavoces como el primero de los nocturnos americanos con habla de Castilla y quedaría solo la calle donde caminar y olvidarlo, un par de tías viejas que lo recordarían con un suspiro contenido, como la imagen de un vívido amorío imposible, como un pasado nunca habitado. Solo quedaría la calle donde olvidar su nombre. Olvidar su vida de tanto ocultar la verdad con mentiras. De tanto tentar a la pena. —
Friday, September 05, 2008
Negra la puerta de los testigos
Hoy he despertado noche. Hablamos de literatura ayer, nos embriagamos, injuriamos y vomitamos como es costumbre. Nombres distinguidos van, vienen, Rilke, César Vallejo, Proust, Pamuk, Ítalo Calvino, Javier Marías. Otros apuntan lo suyo y cierran filas en torno a lo maravillosos que son los libros y cuán importantes han sido para su vida y su obra, y entre todos procuran contagiarnos un entusiasmo que nos impida abandonarlos sobre la mesa de noche, unos con nostalgia, otros con gracia, los menos con gala de erudición mal aprendida. Ha sido una buena velada, entregada a la añoranza y la fe, como solo pueden predicar los grandes, como pueden únicamente decir los justos. Recuerdo las palabras de Pamuk y Rilke y Proust y no creo ser lo suficientemente elocuente para apreciarlas en todo su valor.
A pesar del centeno, nadie ha subido la voz, nadie se ha puesto rabioso. Van a disculparme ustedes, no pueden pedirme que sea edificante esta mañana: he amanecido noche. Si debo explicarlo diré que no he podido quitarme el sopor del whisky, que me he levantado medio dormido. Esto me recuerda que la modorra es el estado que mejor se abre a divagaciones sobre el sentido de la vida, sobre la felicidad y la desdicha, como lo ha hecho Pamuk con esas magníficas palabras pronunciadas en medio de abrazos, brindis y babeadas de ebrios. Debo hacer una pausa y aclararme la voz para decir que dos son las actividades que traen felicidad a mi mesa y estas son dormir y leer. Aunque así lo creo, no voy a formular aquí, frente a ustedes, interpretaciones del sueño en iluso afán de competir con Jung y Freud, o con intención más sospechosa de arrancarles un suspiro aquí, una risa allá. Igual que no hablaré de los sueños en un sentido esotérico, no me conformaré con hablar de la lectura y los libros como quien habla de los museos y las catedrales, es decir, con ánimo de conservación y acumulación.
Igual que Pamuk ha dicho sobre la felicidad puedo yo vociferar sobre la pena. Cierto que los libros me traen alguna felicidad en todo lo que tienen de deslumbrantes, reveladores y amenos, pero lo hacen en la misma medida en que descubren lo execrable, infeliz y absurdo que puede ser el mundo, en lo que dicen acerca del silencio y la ira, en lo que suman para que la existencia deje de tener un sentido y se diga solamente —lo ha escrito Samuel Beckett— como manchas en el silencio. Ésta, que es la lectura literaria, la forma más alta de la lectura porque enfrenta al ser con lo vacuo e incita a refocilarse en los humores de la carne, no es ciertamente edificante como podría serlo, por ejemplo, asomarse a las páginas de El origen de las especies, la Enciclopedia británica o aun a las del Dieciocho Brumario. Al menos no lo es, en el sentido de construir, sino que siempre, por su propia naturaleza, la lectura literaria es destructiva, negra, terrorista. No podría ser de otra manera si por un momento nos detenemos a pensar en que el loco, el gran loco, se hace a los caminos polvorientos de La Mancha haciendo pasar la sinrazón por razón a todo lo largo y ancho de las páginas de su aventura, con el solo fin de abrirnos los ojos, destruir la ilusión de lo cierto, y hacernos ver que la cordura es un grillete, no más que un grillete. Abracemos la locura entonces. Pero no solo a ella sino también al triunfo de la maldad sobre la torpeza de la bondad, Popeye y Benbow a ambos lados del manantial, Joe Christmas en el granero, Lena Groove en su carreta, Raskólnikov en la casa de préstamo de Aliona Ivánova, Lady Macbeth, las manos manchadas de sangre. Y no la maldad en solitario: oficio de la literatura es sumergirse en aguas profundas de las que quizá algún día saquen la cabeza Bardamu y Merseault, Malone muerto y Samsa, El Innombrable y la Guignol’s Band, para retenerlos como se retiene el dolor, el fracaso, el desamor, la incertidumbre y la soledad del ser, y si de esta manera se los retiene, estoy seguro que los hombres que vengan dejarán de hablar de la lectura como una pasión edificante.
Usted puede enojarse, abrir la boca y reclamar que visitan también esas páginas la piedad, la misericordia y el perdón, que hasta en los papeles de Faulkner, principalmente en los papeles de Faulkner, el hombre no queda abandonado a su suerte de polvo imperdonable sino que tiene oportunidad de ser salvado. Para curar su enojo me abandono a la modorra y afirmo que es la materia del silencio, del vacío, la maldad, el secreto, su materia digo, la que opera una transformación —una metamorfosis para ser más consecuente— en el yo, en el yo lector. La sinrazón, el delirio y el mal, no la redención, no la misericordia o el perdón, suenan, se graban, perduran en el testigo. La redención acaso transforme al creador, al demiurgo, a quien humaniza y dignifica, no al espectador de la comedia cuyo corazón y fibras, cuyas vísceras, no volverán nunca por su edad de la inocencia, por la edad de la ignorancia. Quédenos entonces a los lectores de literatura el cinismo, la ironía, la sorna para ensalzar nuestra creencia en la nada, nuestra anti-creencia.
No podía venir esta mañana a decirles que me siento dichoso cuando hablo de la lectura y de lo almibarada que puede resultar para nuestras vidas. En realidad he venido a decirles que la lectura literaria es un problema, un problema grave. Que aunque convoque lugares de felicidad, no deja de atraer el vacío y hundirnos. No quiero decepcionarlos, especialmente a los jóvenes o a las damas soñadoras que leen libros por las tardes, no quiero descargar mi bilis de lector amargo, solo anhelo levantar la voz y decir cuánto me fastidia que a la hora de hablar de nuestras lecturas pongamos esa expresión santurrona tan habitual en el falso culpable y el esposo hipócritamente fiel, como si asistiéramos al bautizo de un sobrino o a una boda, seré implacable con esa máscara porque no estoy de acuerdo con que la lectura sea un oficio del nosotros, argumento que una de las invitadas de ayer ha esgrimido y que también Cortázar, Julio Cortázar, que asomó primero y se fue el último, ha sugerido. Quizá en esta época en que las malas conciencias desean levantar el nosotros como un fortín tras el cual resguardarse de los pecados de barbarie, omisión y oscurantismo del pasado, sea más necesario reivindicar el yo y la edificación de un universo personal como baluarte de la lectura literaria, antes que cualquier prédica políticamente correcta. Qué lugar más íntimo, reservado y personal que el diálogo entre una conciencia escéptica y otra más o menos crítica dispuesta a hablar en alta voz, qué lugar más pecaminoso el hallazgo de una literatura. Por eso el autor, esa conciencia crítica, escribe el yo como si escribiese el nosotros, pero nunca habla del nosotros como si hablase del yo, porque cada uno carga su cruz en la Tierra y cada uno debe cargarla en soledad. El nosotros que reclaman los pedagogos y los moralistas, el nosotros que reclama quien cree lavar las palabras de la mugre con que la historia las ha embarrado, y con ello recuperar el verdadero sentido de vocablos como democracia, derechos humanos, pueblo y justicia social, su verdadero sentido, como reclamaba un Cortázar, la madrugada ya, no le sirve al lector de literatura, al lector en clave estética, tal vez y solo tal vez, al ciudadano y al hombre político, y a éstos únicamente si la supuesta autoridad moral que alguna vez se arrogó una izquierda romántica y tuerta, cediera paso a una verdadera criticidad, a un verdadero diálogo, a verdaderos enfrentamientos y combates por el sentido de las cosas a través de las palabras. Pero, según se advierte, aquello está lejos de ocurrir.
Hay quienes confían en que la lectura sacará al hombre de las tinieblas, del rencor y la intolerancia, que lo enseñará a ser justo y razonable, a ser un hombre democrático. Hay quienes creen que la lectura todo lo puede, desde evitar que las niñas dejen de comer y mueran anoréxicas hasta desasnar a los humillados. Hay quienes piensan, con cierto romanticismo y no poca propensión al melodrama, que vivir en un planeta de lectores profesionales puede precipitar una realidad distinta. Probablemente sí, quizá. Pero no es ésa la lectura literaria, no la lectura estética que nunca es llamada a vacunar contra los males que la sociedad y el Estado deben curar, no la lectura cuyo punto de partida y llegada es el ocio, una desembozada y refinada vagancia que no conoce fin en la construcción de edificios morales. Se engañan quienes suponen que la lectura literaria hará al hombre más justo, bondadoso y honesto, acaso lo convertirá en un ser más escéptico, desconfiado y suspicaz, en un ser más incierto. Es que además de procurar el yo, la lectura estética parte de la confusión y la incertidumbre, en busca de la conversación, la disquisición, la pelea, el alejamiento consciente, es decir, en pos de la negación. Por eso el hombre que no es confusión no lee, no lee literatura, quiero decir, el hombre decidido vive, ama, construye y muere en la acción. Somos los confundidos, los somnolientos, quienes leemos con ilusión, rabia y precipicio. No queda a los escritores más que pregonar la lectura porque en ella su vida se resume, porque les apasiona hablar del gremio y persuadir que su interés es el del resto, el de todos, pasar el interés de clase como el interés de la sociedad. Somos, pues, los escritores, una reaccionaria casta que, establecido el ocio como oxígeno para nuestros pulmones, se apoltrona en un sofá en burguesa y graciosa compañía a leer el libro que ha adquirido, tarjeta de crédito en mano, en una bella librería como ésta, papeles que se convertirán en su combustible y su razón de ser. No queda más que el lector de privilegio de sus ficciones y divagaciones sean los burgueses que sueñan con hacer el gángster, el aventurero y la puta, precisamente porque no lo son, porque disfrutan —y no querrán abandonarla nunca— su comodidad de respetables burgueses. Pues bien, ustedes deben oír lo que los escritores hemos sabido desde siempre pero que nos reservamos, pues decirlo atentaría contra el grupo, contra el sindicato: estamos seguros que lo auténticamente nuestro es jamás épater la bourgeoisie, hacer el bufón y recoger las migas, aunque precisamente el burgués será quien envidie las virtudes de un ocio que desconoce y de unas vidas que no conocería si no interviniese la sabiduría de la pluma de Faulkner y de Proust, de Marías y de Nuestra Señora de la Abyección, Elfriede Jelinek, tal como ha sido bautizada.
La lectura literaria nos hace intolerantes, severos y cínicos, no nos hace mejores hombres. Nos condena inquietos y amargados, nos hace discernir con irritación y nos incita a juzgar. Me hace, por ejemplo, atreverme a decir que igual que he oído con reverencia las palabras de Pamuk, quizá tanto o más que las de Rilke, he escuchado con irritación las de un tal Zoran Zivkovic, haciendo el payaso como si fuese un libro, que he escuchado con deleite, respeto, admiración y cierta vergüenza causada por mi zafiedad, a Javier Marías y a Proust, de la misma forma que he detestado el puñado de edificantes palabras de Cortázar, los extravíos de Velasco Mackenzie o la pedagogía de una señora cuyo nombre no quiero acordarme. Ahora quizá puedan entender, señores y señoras del jurado, a qué me refiero cuando sugerí que es más rentable inventar una teoría del sueño que afirmar estar medio dormido y decir lo que uno cree en verdad.
Finalmente, un pálpito: me ha dejado inquieto el hecho de que en dos ocasiones el recuerdo del padre fuese mencionado anoche, en boca del colombiano Cruz Kronfly y en la de Pamuk. Esto, creo yo, dice mucho sobre lo que he venido desbarrando. Kafka sea indulgente con ellos, porque no hacen más que confirmar que la escritura es una herida, una llaga profunda e incurable no menos grave que leer, leer literatura, quiero decir, una herida negra por la que puede irse y naufragar la vida y aun la negación de la vida, la noche: “todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres”, leemos en el Céline más oscuro. “La expresión de que no hay nada que expresar, nada con qué expresar, nada desde dónde expresar, sin poder para expresar, sin deseo de expresar, junto a la obligación de expresar”, leemos en el Beckett más angustioso, en Beckett.
¿Existe sutura que pueda reunir los labios de la noche? —
A pesar del centeno, nadie ha subido la voz, nadie se ha puesto rabioso. Van a disculparme ustedes, no pueden pedirme que sea edificante esta mañana: he amanecido noche. Si debo explicarlo diré que no he podido quitarme el sopor del whisky, que me he levantado medio dormido. Esto me recuerda que la modorra es el estado que mejor se abre a divagaciones sobre el sentido de la vida, sobre la felicidad y la desdicha, como lo ha hecho Pamuk con esas magníficas palabras pronunciadas en medio de abrazos, brindis y babeadas de ebrios. Debo hacer una pausa y aclararme la voz para decir que dos son las actividades que traen felicidad a mi mesa y estas son dormir y leer. Aunque así lo creo, no voy a formular aquí, frente a ustedes, interpretaciones del sueño en iluso afán de competir con Jung y Freud, o con intención más sospechosa de arrancarles un suspiro aquí, una risa allá. Igual que no hablaré de los sueños en un sentido esotérico, no me conformaré con hablar de la lectura y los libros como quien habla de los museos y las catedrales, es decir, con ánimo de conservación y acumulación.
Igual que Pamuk ha dicho sobre la felicidad puedo yo vociferar sobre la pena. Cierto que los libros me traen alguna felicidad en todo lo que tienen de deslumbrantes, reveladores y amenos, pero lo hacen en la misma medida en que descubren lo execrable, infeliz y absurdo que puede ser el mundo, en lo que dicen acerca del silencio y la ira, en lo que suman para que la existencia deje de tener un sentido y se diga solamente —lo ha escrito Samuel Beckett— como manchas en el silencio. Ésta, que es la lectura literaria, la forma más alta de la lectura porque enfrenta al ser con lo vacuo e incita a refocilarse en los humores de la carne, no es ciertamente edificante como podría serlo, por ejemplo, asomarse a las páginas de El origen de las especies, la Enciclopedia británica o aun a las del Dieciocho Brumario. Al menos no lo es, en el sentido de construir, sino que siempre, por su propia naturaleza, la lectura literaria es destructiva, negra, terrorista. No podría ser de otra manera si por un momento nos detenemos a pensar en que el loco, el gran loco, se hace a los caminos polvorientos de La Mancha haciendo pasar la sinrazón por razón a todo lo largo y ancho de las páginas de su aventura, con el solo fin de abrirnos los ojos, destruir la ilusión de lo cierto, y hacernos ver que la cordura es un grillete, no más que un grillete. Abracemos la locura entonces. Pero no solo a ella sino también al triunfo de la maldad sobre la torpeza de la bondad, Popeye y Benbow a ambos lados del manantial, Joe Christmas en el granero, Lena Groove en su carreta, Raskólnikov en la casa de préstamo de Aliona Ivánova, Lady Macbeth, las manos manchadas de sangre. Y no la maldad en solitario: oficio de la literatura es sumergirse en aguas profundas de las que quizá algún día saquen la cabeza Bardamu y Merseault, Malone muerto y Samsa, El Innombrable y la Guignol’s Band, para retenerlos como se retiene el dolor, el fracaso, el desamor, la incertidumbre y la soledad del ser, y si de esta manera se los retiene, estoy seguro que los hombres que vengan dejarán de hablar de la lectura como una pasión edificante.
Usted puede enojarse, abrir la boca y reclamar que visitan también esas páginas la piedad, la misericordia y el perdón, que hasta en los papeles de Faulkner, principalmente en los papeles de Faulkner, el hombre no queda abandonado a su suerte de polvo imperdonable sino que tiene oportunidad de ser salvado. Para curar su enojo me abandono a la modorra y afirmo que es la materia del silencio, del vacío, la maldad, el secreto, su materia digo, la que opera una transformación —una metamorfosis para ser más consecuente— en el yo, en el yo lector. La sinrazón, el delirio y el mal, no la redención, no la misericordia o el perdón, suenan, se graban, perduran en el testigo. La redención acaso transforme al creador, al demiurgo, a quien humaniza y dignifica, no al espectador de la comedia cuyo corazón y fibras, cuyas vísceras, no volverán nunca por su edad de la inocencia, por la edad de la ignorancia. Quédenos entonces a los lectores de literatura el cinismo, la ironía, la sorna para ensalzar nuestra creencia en la nada, nuestra anti-creencia.
No podía venir esta mañana a decirles que me siento dichoso cuando hablo de la lectura y de lo almibarada que puede resultar para nuestras vidas. En realidad he venido a decirles que la lectura literaria es un problema, un problema grave. Que aunque convoque lugares de felicidad, no deja de atraer el vacío y hundirnos. No quiero decepcionarlos, especialmente a los jóvenes o a las damas soñadoras que leen libros por las tardes, no quiero descargar mi bilis de lector amargo, solo anhelo levantar la voz y decir cuánto me fastidia que a la hora de hablar de nuestras lecturas pongamos esa expresión santurrona tan habitual en el falso culpable y el esposo hipócritamente fiel, como si asistiéramos al bautizo de un sobrino o a una boda, seré implacable con esa máscara porque no estoy de acuerdo con que la lectura sea un oficio del nosotros, argumento que una de las invitadas de ayer ha esgrimido y que también Cortázar, Julio Cortázar, que asomó primero y se fue el último, ha sugerido. Quizá en esta época en que las malas conciencias desean levantar el nosotros como un fortín tras el cual resguardarse de los pecados de barbarie, omisión y oscurantismo del pasado, sea más necesario reivindicar el yo y la edificación de un universo personal como baluarte de la lectura literaria, antes que cualquier prédica políticamente correcta. Qué lugar más íntimo, reservado y personal que el diálogo entre una conciencia escéptica y otra más o menos crítica dispuesta a hablar en alta voz, qué lugar más pecaminoso el hallazgo de una literatura. Por eso el autor, esa conciencia crítica, escribe el yo como si escribiese el nosotros, pero nunca habla del nosotros como si hablase del yo, porque cada uno carga su cruz en la Tierra y cada uno debe cargarla en soledad. El nosotros que reclaman los pedagogos y los moralistas, el nosotros que reclama quien cree lavar las palabras de la mugre con que la historia las ha embarrado, y con ello recuperar el verdadero sentido de vocablos como democracia, derechos humanos, pueblo y justicia social, su verdadero sentido, como reclamaba un Cortázar, la madrugada ya, no le sirve al lector de literatura, al lector en clave estética, tal vez y solo tal vez, al ciudadano y al hombre político, y a éstos únicamente si la supuesta autoridad moral que alguna vez se arrogó una izquierda romántica y tuerta, cediera paso a una verdadera criticidad, a un verdadero diálogo, a verdaderos enfrentamientos y combates por el sentido de las cosas a través de las palabras. Pero, según se advierte, aquello está lejos de ocurrir.
Hay quienes confían en que la lectura sacará al hombre de las tinieblas, del rencor y la intolerancia, que lo enseñará a ser justo y razonable, a ser un hombre democrático. Hay quienes creen que la lectura todo lo puede, desde evitar que las niñas dejen de comer y mueran anoréxicas hasta desasnar a los humillados. Hay quienes piensan, con cierto romanticismo y no poca propensión al melodrama, que vivir en un planeta de lectores profesionales puede precipitar una realidad distinta. Probablemente sí, quizá. Pero no es ésa la lectura literaria, no la lectura estética que nunca es llamada a vacunar contra los males que la sociedad y el Estado deben curar, no la lectura cuyo punto de partida y llegada es el ocio, una desembozada y refinada vagancia que no conoce fin en la construcción de edificios morales. Se engañan quienes suponen que la lectura literaria hará al hombre más justo, bondadoso y honesto, acaso lo convertirá en un ser más escéptico, desconfiado y suspicaz, en un ser más incierto. Es que además de procurar el yo, la lectura estética parte de la confusión y la incertidumbre, en busca de la conversación, la disquisición, la pelea, el alejamiento consciente, es decir, en pos de la negación. Por eso el hombre que no es confusión no lee, no lee literatura, quiero decir, el hombre decidido vive, ama, construye y muere en la acción. Somos los confundidos, los somnolientos, quienes leemos con ilusión, rabia y precipicio. No queda a los escritores más que pregonar la lectura porque en ella su vida se resume, porque les apasiona hablar del gremio y persuadir que su interés es el del resto, el de todos, pasar el interés de clase como el interés de la sociedad. Somos, pues, los escritores, una reaccionaria casta que, establecido el ocio como oxígeno para nuestros pulmones, se apoltrona en un sofá en burguesa y graciosa compañía a leer el libro que ha adquirido, tarjeta de crédito en mano, en una bella librería como ésta, papeles que se convertirán en su combustible y su razón de ser. No queda más que el lector de privilegio de sus ficciones y divagaciones sean los burgueses que sueñan con hacer el gángster, el aventurero y la puta, precisamente porque no lo son, porque disfrutan —y no querrán abandonarla nunca— su comodidad de respetables burgueses. Pues bien, ustedes deben oír lo que los escritores hemos sabido desde siempre pero que nos reservamos, pues decirlo atentaría contra el grupo, contra el sindicato: estamos seguros que lo auténticamente nuestro es jamás épater la bourgeoisie, hacer el bufón y recoger las migas, aunque precisamente el burgués será quien envidie las virtudes de un ocio que desconoce y de unas vidas que no conocería si no interviniese la sabiduría de la pluma de Faulkner y de Proust, de Marías y de Nuestra Señora de la Abyección, Elfriede Jelinek, tal como ha sido bautizada.
La lectura literaria nos hace intolerantes, severos y cínicos, no nos hace mejores hombres. Nos condena inquietos y amargados, nos hace discernir con irritación y nos incita a juzgar. Me hace, por ejemplo, atreverme a decir que igual que he oído con reverencia las palabras de Pamuk, quizá tanto o más que las de Rilke, he escuchado con irritación las de un tal Zoran Zivkovic, haciendo el payaso como si fuese un libro, que he escuchado con deleite, respeto, admiración y cierta vergüenza causada por mi zafiedad, a Javier Marías y a Proust, de la misma forma que he detestado el puñado de edificantes palabras de Cortázar, los extravíos de Velasco Mackenzie o la pedagogía de una señora cuyo nombre no quiero acordarme. Ahora quizá puedan entender, señores y señoras del jurado, a qué me refiero cuando sugerí que es más rentable inventar una teoría del sueño que afirmar estar medio dormido y decir lo que uno cree en verdad.
Finalmente, un pálpito: me ha dejado inquieto el hecho de que en dos ocasiones el recuerdo del padre fuese mencionado anoche, en boca del colombiano Cruz Kronfly y en la de Pamuk. Esto, creo yo, dice mucho sobre lo que he venido desbarrando. Kafka sea indulgente con ellos, porque no hacen más que confirmar que la escritura es una herida, una llaga profunda e incurable no menos grave que leer, leer literatura, quiero decir, una herida negra por la que puede irse y naufragar la vida y aun la negación de la vida, la noche: “todo lo interesante ocurre en la sombra, no cabe duda. No se sabe nada de la historia auténtica de los hombres”, leemos en el Céline más oscuro. “La expresión de que no hay nada que expresar, nada con qué expresar, nada desde dónde expresar, sin poder para expresar, sin deseo de expresar, junto a la obligación de expresar”, leemos en el Beckett más angustioso, en Beckett.
¿Existe sutura que pueda reunir los labios de la noche? —
Wednesday, September 03, 2008
Sunday, August 31, 2008
Los millonarios tristes
Veintiocho escalones de huella angosta te separan del asfalto. Veintiocho ascienden al tercer piso, tres descansos en las curvas. Esta mañana, acaso de nuevo, acaso irreversiblemente, te miras como quien muerde el polvo, este domingo teñido de gris como un invierno. Un ave ha muerto sobre el alféizar de la ventana, el pico negro y el ala rota, su ojo imparable desde el fondo de un mar. No dejas de agitar su extensa cola partida en dos por si no estuviera muerto, pero no se mueve.
Este es un hotel, una residencia de estudiantes opulentos. Esta, una antigua canción, Lili Marleen. Aquel, un fonógrafo impecablemente cubierto de polvo. Aquella, una lámpara con pedestal. Este, un mosquitero de red. Tú, un joven inclinado sobre el alféizar de la ventana que detiene la mirada en los barrotes de la casa, enfrente. Tú, el judío abandonado por unos padres que, aunque prometieron, no regresarán. El muchacho más delgado, pálido y elegante del hotel.
Nadie recuerda ya su voz. Cantaba esa canción, no más. Entonaba sus frases con gravedad y aparato, y luego callaba. Tan largo como era, se tendía en el sofá hasta quedar dormido. Lo cubrías con una manta. Al amanecer, la hora más fría de la jornada, se marchaba.
Veo tus ojos inyectados en sangre, la pupila hasta el borde del iris. El negro inmóvil en la ventana.
Europa ha enfermado otra vez en los últimos días. Es una enfermedad recurrente, incurable. Ha dejado varias mujeres muertas. Sus cuerpos irreconocibles fueron hallados sobre las aceras, los rostros cubiertos por un trapo, las extremidades, el dorso, las partes, ataviados con rigor y severidad. Todas, mujeres extraordinariamente elegantes y bellas.
El pájaro ha comenzado a desprender una fetidez a orquídea vieja a eso de la mañana. Imagino que dormías o te duchabas. Imagino que te pusiste el traje color marengo, que te tocaste el bigote, lo cepillaste y continuaste la rutina. No te reconocí a la tarde.
Siempre es una palabra demasiado extensa. Prefiero nunca más. Nunca más a sus labios carnosos, nunca más a su cabello liso y castaño. A sus ojos siempre vidriosos, desde niño. A su tórax pálido, a sus costillas hundidas. A él. El hijo. Mi hijo.
Veo que los barrenderos del ayuntamiento han comenzado ha recoger los cuerpos. Los colocan cuidadosamente en féretros de color negro muy temprano en la mañana. Veo que el cristal de tu ventana tiene manchas rojas de mermelada. Veo que te asomas al mediodía, y la tarde comienza a clarear, el gris se esfuma. Observo tu mano, tu brazo entero, gravitando en el aire, tras el alféizar. Cierro los barrotes, cierro los postigos. Me siento a la mesa a escribir. Coloco la mano sobre la montaña de papel. La montaña helada. —
Este es un hotel, una residencia de estudiantes opulentos. Esta, una antigua canción, Lili Marleen. Aquel, un fonógrafo impecablemente cubierto de polvo. Aquella, una lámpara con pedestal. Este, un mosquitero de red. Tú, un joven inclinado sobre el alféizar de la ventana que detiene la mirada en los barrotes de la casa, enfrente. Tú, el judío abandonado por unos padres que, aunque prometieron, no regresarán. El muchacho más delgado, pálido y elegante del hotel.
Nadie recuerda ya su voz. Cantaba esa canción, no más. Entonaba sus frases con gravedad y aparato, y luego callaba. Tan largo como era, se tendía en el sofá hasta quedar dormido. Lo cubrías con una manta. Al amanecer, la hora más fría de la jornada, se marchaba.
Veo tus ojos inyectados en sangre, la pupila hasta el borde del iris. El negro inmóvil en la ventana.
Europa ha enfermado otra vez en los últimos días. Es una enfermedad recurrente, incurable. Ha dejado varias mujeres muertas. Sus cuerpos irreconocibles fueron hallados sobre las aceras, los rostros cubiertos por un trapo, las extremidades, el dorso, las partes, ataviados con rigor y severidad. Todas, mujeres extraordinariamente elegantes y bellas.
El pájaro ha comenzado a desprender una fetidez a orquídea vieja a eso de la mañana. Imagino que dormías o te duchabas. Imagino que te pusiste el traje color marengo, que te tocaste el bigote, lo cepillaste y continuaste la rutina. No te reconocí a la tarde.
Siempre es una palabra demasiado extensa. Prefiero nunca más. Nunca más a sus labios carnosos, nunca más a su cabello liso y castaño. A sus ojos siempre vidriosos, desde niño. A su tórax pálido, a sus costillas hundidas. A él. El hijo. Mi hijo.
Veo que los barrenderos del ayuntamiento han comenzado ha recoger los cuerpos. Los colocan cuidadosamente en féretros de color negro muy temprano en la mañana. Veo que el cristal de tu ventana tiene manchas rojas de mermelada. Veo que te asomas al mediodía, y la tarde comienza a clarear, el gris se esfuma. Observo tu mano, tu brazo entero, gravitando en el aire, tras el alféizar. Cierro los barrotes, cierro los postigos. Me siento a la mesa a escribir. Coloco la mano sobre la montaña de papel. La montaña helada. —
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