Sunday, November 25, 2012
Friday, November 23, 2012
El significado del significado
A medida que la vida obliga a ocuparnos en algo y con el paso del tiempo descubrimos, aprendemos, dominamos y nos aburrimos con el manejo de la técnica inherente a ese algo, a medida que la vida camina y nos deslumbran las posibilidades de nuestra interpretación e inteligencia, las artimañas que ejercemos para salvar los días y ejercer el oficio al que hemos sido condenados y que por momentos nos revela que somos cautivos de la vanidad y el amor propio, a medida que aprendemos los rudimentos de la supervivencia refinada y moderna y una voz interior que nos empeñamos en aplacar y acallar, se afana en hablar de lo inoficioso de las acciones ejercidas por la fuerza de la costumbre, lo mecánico de urdir causas torpes para obtener efectos mínimos y con ello complacernos en triunfos efímeros (efectos químicos por completo predecibles, controlados, nada sorprendentes), de lo reglamentario que deseamos pasar por extraordinario, de lo reflejo que puede resultar a nuestros ojos múltiple, a medida que ello ocurre el tiempo pasa y hallamos, casi por defecto, lo que los hombres llaman experiencia.
Enfrentar una intriga política, por ejemplo. ¿Qué es, si no, más que tratar de pensar como pensaría el otro, en su estulticia más abyecta o en su más primitiva y patética vanidad? ¿Qué es, si no, más que pensar en una respuesta en torno al interés —¿la petición?: más espejos, más dinero, más yo— que preserve al protagonista limpio y a salvo de los otros, huérfano de la amistad y apartado en la silla, aunque lo que a gritos pidiese cuando niño, fuera disfrutar de los juegos de los otros y los oídos de al menos uno? Proseguir en la actividad de los días es demostrar que esa voz íntima —la verdad—, aunque obstinada e incómoda nos conduce a saber que lo monótono escolta a la vida y lo fútil marca el compás de su vaivén atonal. Seguir en los días del esfuerzo involucra intuir que aprender más no es saber más, que acumular desenvoltura en cualquier rutina no aclara sino que ensombrece el enfrentamiento con el significado. ¿Y qué puede ser, cuál es el significado del significado? Algo que quizá se oculte en nuestras arrugas y nuestro cansancio, algo que quizá duerma en medio de la paja del tiempo derrotado, algo que tal vez nos lleve a pensar en la potencia derrochada y en el esfuerzo sin fin. Quizá ahí, en ese apacible horror, resida el significado del significado.
Enfrentar una intriga política, por ejemplo. ¿Qué es, si no, más que tratar de pensar como pensaría el otro, en su estulticia más abyecta o en su más primitiva y patética vanidad? ¿Qué es, si no, más que pensar en una respuesta en torno al interés —¿la petición?: más espejos, más dinero, más yo— que preserve al protagonista limpio y a salvo de los otros, huérfano de la amistad y apartado en la silla, aunque lo que a gritos pidiese cuando niño, fuera disfrutar de los juegos de los otros y los oídos de al menos uno? Proseguir en la actividad de los días es demostrar que esa voz íntima —la verdad—, aunque obstinada e incómoda nos conduce a saber que lo monótono escolta a la vida y lo fútil marca el compás de su vaivén atonal. Seguir en los días del esfuerzo involucra intuir que aprender más no es saber más, que acumular desenvoltura en cualquier rutina no aclara sino que ensombrece el enfrentamiento con el significado. ¿Y qué puede ser, cuál es el significado del significado? Algo que quizá se oculte en nuestras arrugas y nuestro cansancio, algo que quizá duerma en medio de la paja del tiempo derrotado, algo que tal vez nos lleve a pensar en la potencia derrochada y en el esfuerzo sin fin. Quizá ahí, en ese apacible horror, resida el significado del significado.
Thursday, November 22, 2012
El buen teatro
Estas hospederías-teatro estaban situadas en la orilla derecha del Támesis, por entonces totalmente silvestre, a dos pasos del puerto. Y el público estaba mayoritariamente compuesto por marineros y braceros, por taberneros y mujeres de mal vivir. Ser director de un teatro equivalía entonces a ser una mezcla de propietario de prostíbulo y de capo de mafia. Todos los marineros eran, o habían sido recientemente, piratas. Eran los que habían saqueado Cádiz, los que habían degollado a los españoles de la Armada que habían sido arrojados por un temporal a las costas de Irlanda, los que pocos meses antes de cada representación habían perpetrado los más innobles horrores en las colonias españolas de América Central. Magníficos especímenes de aventurero, sin sombra de prejuicios, sin la idea de una educación y que sin atisbo de miedo lanzaban un cuchillo a la más mínima provocación. En 1597, precisamente el año del Enrique V y del Julio César, se produjeron en los dos teatros de Londres nueve homicidios por altercados. Casi todas las representaciones eran precedidas por la matanza de una ternera en escena, llevada a cabo por un actor, escena de sangre de la que el público era especialmente voraz. El desenfreno sexual no tenía límites y los acoplamientos se producían en plena platea. Cuando un artista o un drama no gustaba no se contentaban con desaprobar con la voz, sino que se lanzaban a escena carroñas de perros y gatos, ratas muertas (esas grandes ratas del puerto de Londres) o, benévolamente, huevos y fruta podrida.
Los gentileshombres y otras personas de bien frecuentaban los teatros, pero con el mismo espíritu con el que iban al burdel, y siempre acompañados por criados armados. Si de verdad querían escuchar un drama, la reina y los lores hacían que se lo representaran en palacio.
No era tanto teatro de pueblo como de plebe, no tanto de plebe como de mala vida.
No hay que olvidarse de todo esto pues ayudará a justificar y perdonar las intemperancias y los horrores de muchos dramas isabelinos, la grosería de muchas escenas, también de Shakespeare, y las burlas vulgares e insoportables de casi todos los clowns. La mixtura de lo cómico más brutal con el drama más elevado fue una necesidad económica y social del teatro inglés (y el español) de esos tiempos. Y ha resultado ser una gran paradoja que esta mezcla fuera aceptada por los románticos como canon artístico y que se intentara imponer a los públicos bien educados de Francia y Alemania que ya habían pasado por la civilización del XVII y el XVIII. En Inglaterra, de hecho, donde se lo sabían por una experiencia más larga, esa aventura ni siquiera se intentó; y en cualquier caso, fracasó en todas partes.
Los gentileshombres y otras personas de bien frecuentaban los teatros, pero con el mismo espíritu con el que iban al burdel, y siempre acompañados por criados armados. Si de verdad querían escuchar un drama, la reina y los lores hacían que se lo representaran en palacio.
No era tanto teatro de pueblo como de plebe, no tanto de plebe como de mala vida.
No hay que olvidarse de todo esto pues ayudará a justificar y perdonar las intemperancias y los horrores de muchos dramas isabelinos, la grosería de muchas escenas, también de Shakespeare, y las burlas vulgares e insoportables de casi todos los clowns. La mixtura de lo cómico más brutal con el drama más elevado fue una necesidad económica y social del teatro inglés (y el español) de esos tiempos. Y ha resultado ser una gran paradoja que esta mezcla fuera aceptada por los románticos como canon artístico y que se intentara imponer a los públicos bien educados de Francia y Alemania que ya habían pasado por la civilización del XVII y el XVIII. En Inglaterra, de hecho, donde se lo sabían por una experiencia más larga, esa aventura ni siquiera se intentó; y en cualquier caso, fracasó en todas partes.
Lampedusa sobre Shakespeare
Saturday, November 17, 2012
Saturday, November 10, 2012
Wednesday, October 31, 2012
Los últimos días del invierno
Para mi padre y mi hermana
Aquí hubo una vez un invierno, juraría que hubo un
invierno. No sería la estación que devasta a los hombres y sirve de excusa a los
poetas para nombrar lo innombrable, pero era, puedo dar fe, un invierno. Una de
esas tardes este lugar tan proclive a lo difuso solía despabilarse y andar. La
obra se ejecutaba de cierto modo: después del trinar de los jilgueros en la
madrugada y tras la frescura de las ocho, el brillo de la mañana acariciaba su
momento de esplendor a las diez, compaginación exacta entre calor y frío. Extraviado
por un momento el compás, el frío cedía paso a un sopor engañoso y a las once desaparecía
por completo para rendirse ante un fosforescente sol-espejo que convertía a los
objetos en algo inaprensible y mudo. A la hora del cenit, la batalla perdida, ni
frío ni lluvia ofrecían resistencia en la mocedad de la mariposa, los treinta o
cuarenta minutos durante los cuales el disco de fuego reinaba. Pero el terror
comenzaba en breve: nubes grises, marengo, negras avanzaban desde los costados
del cielo luchando por tomar el centro, como si respondieran al matemático engranaje
de unos demonios. El vientre de los nubarrones emitía un ruido de choque de
trenes y el autor del lienzo lo punteaba con descargas inopinadas y eléctricas.
Los rayos marcaban la hora del desastre, y pasada la una, la una treinta, el
agua completaba su azote sobre las veredas de Quito.
A las dos echaría a correr la muchacha, Tatiana, Karina,
la muchacha. Arrebujada en su abrigo negro, asiéndolo del botón más alto, brincaría
el río que desborda la vereda e intenta echar a perder sus zapatos nuevos. Pegada
a una pared de puntillas bajo el alero, apenas a tres fachadas de la puerta de
casa en el número 416 de la calle Panamá, escucharía el ruido del canalón de
lata, timbal de la lluvia, examinaría las cualidades de los truenos, catalogaría
sus tipos. El trueno resonancia, estridente como un martillazo sobre una
plancha de hojalata que emite a la vez un zumbido y un trémolo y en el que la
resonancia suena más que el golpe. El trueno-detonación. El trueno vacilante, cuyo
rayo sin resplandor es un vacío en la ventana que anticipa el fin de la
tormenta detrás de las montañas[*].
La ciudad y la muchacha debían saber de truenos, rayos y chispas eléctricas, y educar
el oído en la persistente lluvia destinada a abatir la transparente luz de julio.
Se ocupaban en tomar esas precauciones y del verano creían que ansiaba la disposición
inorgánica de los elementos —el viento alojado en las recámaras
de la memoria, el agua en los sucesos que componen hábitos (la ducha, la
defecación, los platos en el fregadero)—, el desperdigarse ocioso de la materia
en la reiteración y el hacerse el individuo en el tiempo. Ciudad y muchacha consideraban
que calor y verano tienden a lo confluente pues su motor es el relajamiento de
los sentidos y la evanescencia. Permitiríase, entonces, que ella, Karina,
Tatiana, concibiera el verano como algo que atrae la organización, del mismo
modo que era lícito instarle a que soportara el invierno como algo que desarma
y camina hacia la silenciosa esquina de lo indeterminado.
No sería necesario, sin embargo, ya que ella padece
la fuerza desintegradora del invierno en sus zapatos de charol convertidos en botes,
en sus medias de nylon malogradas por corrientes de agua sucia, en su peinado deshecho
a causa de la tormenta. Como solía ocurrir, esa tarde, por ejemplo, ha perdido la
cabeza intentando forzar una puerta hinchada a causa del agua, se ha visto obligada
a azotarla con el cuerpo, a llamar con desesperación hasta que los nudillos
sangran, a desistir y sentarse en el escalón más alto mientras las gotas salpican
su rostro como el de una muñeca. ¿Qué hacer? ¿Cuánto más aguardar a que la
lluvia se apiade? ¿Hasta cuándo ofrecer resistencia a la vocación caótica de
los elementos contra el ser humano? El advenimiento de la lluvia está unido al
montaje de una escena, a la osadía de una naturaleza muerta: en el interior de
la vivienda ella tropezará con tinas, baldes, copas y vasijas que atrapan gotas
desprendidas del cielorraso; la puerta quizá sea la daga que separa lo ansiado del
caos y pone a la muchacha en manos de los paraguas-araña, de bufandas, camisas
y pantalones enroscados en brazos de sillas y sofás, de atajos zigzagueantes hechos
de zapatillas y jacksonpollocks en la ventana, de ancianos de espaldas a la
muerte… los sombreros y abrigos en los galanes de noche del corredor. La escena
ha sido dispuesta para resistir la furia de aquello que intenta hacer del
hombre extremidad de lo indeterminado, manos de su maquinaria vegetativa, la
escena quizá sea la huella de la palabra en su ancestral lucha contra la
naturaleza, por ello acaso resulte tan inútil, condenada a la derrota antes de iniciarse
la batalla. A causa de su fragilidad, por saberse un residente, por tener miedo,
el hombre tal vez acepte, irreversiblemente, su claudicación ante los elementos,
tal vez su temor a la atmósfera lo condene a rasgar las telas y se abandone en la
seguridad de la repetición y la costumbre. El invierno no es más que un estado de
desarme.
De ello, de ese intento por no ceder ante natura,
da fe la mujer dentro del frío. Con el cabello todavía húmedo, intenta dormir pero
el rumor del agua no cesa. Toma una almohada, se cubre, pero sabe que es
inútil: despierta en medio de la percusión monótona de las gotas sobre el zinc,
en la infernal determinación del temporal. Ha llovido tarde y noche y la ciudad
despierta aún lluviosa. Ha llovido con fiereza y obstinación de locos. Ha
llovido hoy, jueves, y cuando era niña llovió con idéntica persistencia de
páramo, con bruma, rayos, relámpagos y toda suerte de truenos. Cuando éramos niños
nos enteramos de algunas prácticas. Debimos aprender a observar la ciudad tras
la lluvia, devastada cada tarde, aprender del restablecimiento del orden que
sucede a la tormenta, de liar lo desarmado y atender a la conservación más que a
otra cosa. Al cuerpo, por ejemplo: cuidar del orden quizá oculte una honesta incomodidad
ante la piel, disfrazada, sí, de ilusorio refinamiento. Cosida en el desprecio por
el sol y la envidia de los individuos solares, dicha máscara calza en el rostro
de los seres del páramo y hemos de llevarla con desolación vergonzosa afín a nuestra
pobreza de color.
Al despertar ella distingue una ciudad en que el
rumor de la desgracia se vierte y las noticias dan cuenta de la aparición de hundimientos
de tierra y depresiones. En el aire se percibe el olor viejo, a tierra húmeda,
tras la caída y demolición definitiva de una mediagua alcanzada por el granizo,
aroma de derruido adobe como olor a pan en la mesa de una abuela muerta. El
adobe evoca el primer granizo sepultado en su memoria cuando descubrió el color
de la vieja pintura de las viviendas, el pastel amarillo y celeste de una casa tocada
por el rayo que ella relaciona, no sabe por qué, con el color de las
publicidades de posguerra en las revistas del Reader’s Digest que papá leía. También
trae consigo el temor a los adultos que conjuran el frío con aguardiente de
caña o el anís peligroso que en una sola tarde toma de los cabellos al animal
erguido y lo desploma sobre el suelo de las bestias memoriosas de rencor.
Tatiana Karina, la muchacha, recordará como yo recuerdo a un padre que barre inexplicablemente
los restos del granizo y al que oímos rezongar ante mi indiferencia por los deberes
de casa: he venido al mundo decididamente inútil y mi padre se acostumbra a
drenar el agua filtrada en los umbrales de las puertas y a barrer el granizo sin
descanso, solo. Mientras equilibra el cuerpo al reparar una gotera, no le queda
más que revelar a sus hijos que el eco de una piedra es el croar de una rana que
suplica por más lluvia. Más tarde, durante la misma y eterna estación, olvidaremos
a las ranas, dormiremos más de lo debido y despertaremos agobiados, culpables. La
voz sibilante del padre lo subrayará, nos lo hará saber. El consuelo lo hallaremos
con las manos aferradas a la barandilla en la escalera que permite añorar la ciudad
en el horizonte.
Después de la tormenta el orden. Una pareja de pichones
ha nacido en los entresijos del tejado y esta mañana gorjean en una lengua que
podría ser la de Hawthorne, aves calientes y redondas en el nido que ha obsequiado
para ellos los dedos de la niña, pájaros siniestros. Bajo una gota de sol amarillo
con bordes naranjas y opacos, los mismos dedos disponen sobre los rombos de las
mantas un abrigo verde de paño, unas mallas, el vestido blanco de olanes, las
botitas verdes de goma que compondrán la tenida para el juego en los charcos. Después
de la tormenta vendrá el orden de las prendas, después, con el nuevo día, otra
vez el enfrentamiento entre hombre y nacimiento, entre cabeza y tripas, después,
sobre la cama, la ropa que jamás secará o, peor aún, raída, se echará a la basura.
Porque solo en apariencia nos concentramos en ideas y nada en los cuerpos,
porque los hombres del páramo consumimos la vida haciendo tareas mientras la
naturaleza descarga su furor sin informarnos que somos idénticos a quienes se
refugiaron en las cavernas de la noche antigua. Los hombres del páramo simulamos
ilustración pero somos, a fin de cuentas, antiguos residentes.
* * *
La melancolía es el único
sentimiento cuya validez nunca he puesto en duda, escribió un caballero
mexicano de tweed. Si de la visión del
cataclismo transitamos al catálogo de desarme que incluye la caja de invierno y
si de allí hemos avanzado a una dicha fugaz y a la inclinación del frío a
preservar la vida, no dudaremos que lo conclusivo de la época en que el agua
azotaba las veredas de la ciudad pasaba por la conjetura del mundo detrás de la
ventana aunque dentro se contemplara el crepitar de la sal en el hogar, lo ocioso
e inútil que permanece. De este modo puede explicarse nuestro peculiar amor por
el aburrimiento, nuestra estéril obstinación con lo mismo, de ese modo puede
entenderse que ella, la mujer, la muchacha, la niña, retorne a casa y a espaldas
de baldes y palanganas prepare las valijas para intentar huir de este hastío, de
ahí que Tatiana sea quien haya decidido volar a otro país, otra geografía, como
la joven que para un mal amigo, debajo de la nieve afila el puñal mientras la
ventisca furiosamente cubre hasta el techo de una frágil choza[†],
de ahí que haya sido ella quien intentase conjurar la inutilidad de la casa y la
imposibilidad de la calle.
Justificada y padecida la familia en el silencio, en
el no tener de qué hablar mientras se aguarda en la cueva, ella se vio andar con
precaución sobre el hielo, se miró en la premonición del amor que añora la
libertad, de la libertad que es el amor, de la libertad que mata al amor, se
descubrió a sí misma durante el alba mientras el terso rumor del zinc presagiaba
que la furia de los elementos podía ser vencida. La tercera semana de abril, un
jueves veintidós, ella tomó la decisión. Se hizo definitivamente grande y en la
ciudad aún llovía. Abrió la puerta de calle y se marchó.
* * *
Hoy el calor es intenso y el calendario advierte que
pasamos por el primer día del año dos mil algo. Hoy las estaciones se han perdido
y el dolor desaparece. ¿Cuántos eucaliptos han muerto en la ciudad? Hoy las
siestas abren los ojos al sol y las muchachas caminan con sus vestidos de color
naranja. Hoy (como ayer, quizá) el amor es la indeterminación, el amor es la
muerte, el amor no es el cuerpo sino el desfile torpe de las
palabras. Hoy
el fracaso del orden ha sido desarmado. Hoy sueño que una mujer sueña que en la
ciudad aún llovía. Hoy advierto el reloj y me siento a pensar y escribir que
acaso nada puede ser más efímero que cruzar una puerta. Hoy estoy convencido de
la implacable persuasión de la derrota. —
Sunday, October 28, 2012
Oberturas magistrales II
My love. If words can reach whatever world you may be suffering in, then listen. I have things to tell you. At this muffled end of another year I prowl the sombre streets of our quarter holding you in my head. I would not have thought it possible to fix a single object so steadily for so long in the mind's violent gaze. You. You. With dusk comes rain that seems no more than an agglutination of the darkening air, drifting aslant in the lamplight like something about to be remembered. Strange how the city becomes deserted at this evening hour; where do they go to, all those people, and so suddenly? As if I had cleared the streets. A car creeps up on me from behind, tyres squeaking against the sides of the narrow footpaths, an I have to stop and press myself into a doorway to let it pass. How sinister it appears, this sleek, unhuman thing wallowing over the cobbles with its driver like a faceless doll propped up motionless behind rain-stippled glass. It shoulders by me with what seems a low chuckle and noses down and alleyway, oozing a lazy burble of exhaust smoke from its rear end, its lollipop-pink tail-lights swimming in the deliquescent gloom. Yes, this is my hour, all right. Curfew hour.
Athena, John Banville
Athena, John Banville
Saturday, October 20, 2012
Monday, October 15, 2012
El papel de la filosofía de goma en la transformación del mono rojo en cursi
A. Yupanqui (†)--Jara (†)--M. Sosa (†)--Ch. Vargas (†)--F. Cabral (†)--A. Cortez--F. Delgadillo--A. Filio--Serrat/Sabina--L. E. Aute--S. Rodríguez--L. Gieco--L.F. Páez--S. Generis (†)--S. Giran (†)--S/n. Mestre (†, il faut)--Ch. García--E. Subiela/C. Roth/M. Paredes--L. Downs--Ska-P/Calle 13--M. Benedetti (q.e.p.n.d.)--Ugh
Friday, October 12, 2012
Vásconez: la brumosa ondulación de las palabras
En una entrevista concedida a raíz de la publicación de Crónica de una muerte anunciada, García Márquez recordaba la gestación de su novela y, entre divertido y reposado tras poner punto final a empresa así de ardua, situaba el reto central de la escritura de ese libro: contar un crimen cuya intriga podía esfumarse ante los ojos del lector, al ser revelada su autoría y la muerte misma del protagonista desde las primeras páginas. Confiados de entrada los secretos del crimen, el reto de la lectura podría diluirse. Sin embargo ello no iba a suceder en manos del autor de esa obra: en manos de un mago, la pluma vence, más allá de moldes y métodos.
Mientras leo La otra muerte del doctor (2012) recuerdo la novela de García Márquez a causa de lo evidente y lo no tan obvio, por la semejanza de cierto episodio —el intento de un crimen, en el caso de esta novela corta de Javier Vásconez (Quito, 1946)—, pero, esencialmente, por lo menos notorio, el modo en que los sucesos son referidos en los dos libros. Si algún adjetivo puede definir la estrategia de composición del de García Márquez éste es inverso: la novela se escribe de atrás hacia delante con la particularidad de que el final ha sido presentado como una provocación, acaso hiriente, desde el vestíbulo de dicha residencia tropical. En la novela reciente de Vásconez algunos indicios sugieren y más tarde confirman la veracidad del atentado sufrido por el personaje central de la novela, el doctor Josef Kronz, a manos de un presunto hijo suyo, Lionel, en medio de la atmósfera siempre fría de una Nueva York recogida con seguridad y mano diestra por Vásconez. En esta última novela el sistema de pistas, también inverso, es aleatorio y sinuoso, como si por momentos el narrador quisiera desviarnos de nuestro objetivo capital como lectores cual sería desentrañar los motivos de la trama, las razones del atentado contra Kronz, su procedimiento y consecuencias, es decir, descorrer el velo psicológico de los sucesos, si nos fuera permitido condescender con el lector policial que todos llevamos dentro, de Edgar Allan Poe en adelante. Pero esta novela no convoca únicamente esa lectura de pesquisa y tampoco discurre por un camino único, estable y unilateral sino que se desgaja en las múltiples vías que el escritor ha sabido acumular para enfrentar una historia: la novela de intriga, el policial, la novela negra, la novela norteamericana contemporánea en general, Capote, James Purdy, Mailer… Ellroy. Se cuentan también aquí rastros de celuloide, ya no como una técnica, cual fuera su impronta de Dos Passos en adelante, sino como el inconsciente reflejo de ciertos temas —los lugares neoyorquinos, una pizzería, el atentado con pistola durante una mañana fría—, como la intromisión de las historias que desde hace cien años habitan la recámara de nuestra memoria y contra las cuales la palabra literaria debe luchar hoy en día. Guiños y recursos que concurren en La otra muerte del doctor de Javier Vásconez, como es el caso, imagino, de un velado interrogatorio al orate Lionel por parte del personaje de Mr. Sticks que podría recordarnos alguna página de A sangre fría o ciertas descripciones de los lugares en invierno y su consecuente melancolía (Praga, la casa del páramo, Staten Island) que pueden traer a nuestra memoria a la Edith Wharton de Ethan Frome y aun a Henry James, aunque no agoten las referencias que casi nunca se muestran ya de modo explícito pues han pasado por el crisol de una pluma por completo consolidada e individual, la del escritor Vásconez. Si la disposición de los sucesos en la novela de García Márquez está definida por su carácter inverso, en La otra muerte del doctor las situaciones se barajan sinuosamente y bajo un controlado azar, como si un robusto croupier guiase con su tierna y negra mano la ruleta de la fortuna durante una noche en la Ciudad del Vicio.
Esta cita de observatorios literarios en el crisol de Vásconez tiene importancia para mí por las diversas lecturas que convoca, por ese extravío al que somete a un lector desprevenido y aun a uno más despierto. Perplejo, uno se encuentra con el libro en la mano, leyéndolo ora como una novela negra, ora como una intriga, ora como una obra gótica en la línea de la novela inglesa que vagamente nos recuerda a las Brontë que Vásconez ya tentó en Jardín Capelo. Pasa uno la página y ocurre lo mismo. En qué territorio nos hallamos: ¿en el de la historia, el de las palabras o acaso en aquel, tan temido y siempre escasamente comprendido, el de las palabras que dominan la tensión de las historias? ¿Cuál es el territorio que un novelista con aspiraciones artísticas debe conquistar? Un estudiante aplicado respondería con prisa: el de las palabras y las historias, entrelazadas con las historias, y quizá no le faltase razón. Es un tema sobre el que siempre hablamos, al que siempre volvemos, que no hemos terminado de vencer y que la crítica debe tener en cuenta, por sobre cualquier otro, si desea viajar al fondo de las obras y no permanecer en su epidermis. Detrás de ello, tras haber consumado esa batería, aún queda una pregunta, la más intrincada y cuya difícil respuesta acaso permite la supervivencia de la lectura y el comentario, la sorpresa ante las obras: ¿cuál es el sentido final de este libro, cuál su significado, su razón de existencia en el mundo? Milan Kundera lo ha denominado, el terreno de realidad que la novela debe descubrir y solo puede ser conocido y explicado por ella, con ella, de un modo absolutamente libre en la forma, más allá de moldes y métodos.
En La otra muerte del doctor se dan cita algunas de las claves de la obra de Vásconez: la reflexión y el asombro ante la incandescencia del deseo, la imposibilidad del amor, su carácter inasible y a fin de cuentas fatuo, la supervivencia de los secretos, las tempestades que acarrea no haberlos liquidado a tiempo, el oleaje de la memoria, la contundencia del pasado, la melancolía, la soledad. Matizados por sus recurrencias y antojos estéticos —la naturaleza, los animales, el fragor de las calles de la ciudad, las mujeres enigmáticas—, acude a esta novela el médico checo Josef Kronz, el personaje más conocido de la obra del autor, protagonista de El viajero de Praga, un recurrente en su obra, y la novela se mueve entre las calles de Nueva York, los recuerdos de hechos acaecidos en algún lugar del páramo y en la ciudad andina inventada por Vásconez. Se trata de un amor refundido en el pasado —el amor solo existe en el recuerdo— y la concurrencia de hechos que se cierran con el atentado en contra del doctor. Podría decirse que este libro es el atinado resumen de la geografía y las obsesiones de Vásconez y que su lectura puede contarse como una de las mejores entradas a su obra. Quizá en ello residan algunas de las claves estéticas que han hecho de la literatura de este autor un lugar de confluencia, una compuerta secreta de felices coincidencias literarias. Si pensamos en las múltiples vías recorridas por el autor para enfocar una historia y si a ello sumamos la tradición en la que esta obra se inscribe —de la pasión por el detalle de Nabokov a la furia incontrolable de la voluptuosidad de Faulkner, pasando por la bruma de la novela gótica o la afición por la derrota de Onetti—, tal vez podamos ofrecer conjeturas acerca del sentido de novela como ésta. Entre lo más relevante de La otra muerte del doctor, se halla el sentido del movimiento, la plasticidad, el ir y venir del tiempo. En esta novela el doctor Kronz casi siempre vaga, es un alma intranquila aunque interesada aún en el mundo, curiosa, uno de aquellos personajes capturados un paso antes de la muerte, un penitente. En esta novela se atestigua algo curioso: el movimiento físico de los personajes es el espejo del vaivén de las clausulas, los párrafos, las frases. Los personajes son nítidos pero se me antoja que existen novelas cuyos caracteres son entidades subsidiarias de los vaivenes de una voz que refleja, ésta, ciertas necesidades y las necesidades acaso constituyan proyecciones de encrucijadas de la conciencia. ¿No podría ocurrir esto, por ejemplo, con el Cónsul e Yvonne, personajes de Bajo el volcán de Malcolm Lowry? ¿No son una proyección, casi un holograma, del delirio alcohólico y espeso de un mundo, no más que la claridad suprema y la oscuridad más cerrada, cielo e infierno de toda existencia, expresados en una prosa alcoholizada? ¿No es la brumosa ondulación de las palabras en esta novela corta de Javier Vásconez su verdadero protagonista, más allá del gris encanto del doctor Kronz y la rareza magnética de Cecilia Cortez, la mujer que habita esta novela?
Es curioso que Vásconez se mueva con tamaña soltura por las calles de Nueva York durante una estación que parece ser un otoño a punto de romperse y estallar en invierno, la misma gracia con que camina entre la bruma del páramo ante la perplejidad en las pupilas de los conejos. Escribo curioso no por insólito, sino porque tal vez la pregunta sobre la geografía en los libros ha venido formulándose de modo equivocado desde hace tiempo, mucho más en estos tiempos. En literatura, preguntarse por los lugares donde respirarán, caminarán y morirán unos personajes es una pregunta incompleta. Será preciso, entonces, interrogarse por las geografías al tiempo que uno se demanda acerca de la composición de una lengua y su estrategia de realización. En otras palabras: las ciudades, los lugares, las escenas de los libros son prolongaciones de la exigencia de su maquinaria de lenguaje, materializaciones de las palabras. Las palabras y el estilo consiguen persuadirnos que Manhattan es tan posible y convincente como un alambre tendido entre el río Hudson y el páramo. Leer a Vásconez es, de nuevo, un deleite para el oído y las yemas de los dedos, pero no solo eso, también un desafío para quienes tienen ansiedad por un territorio, la parcela de realidad que la novela debe descubrir, y que podría ser, por el momento, la degeneración de la sangre mezclada en la probeta del amor espurio. Esto, que es una conjetura sobre el mundo necesario que una novela debe reflejar, su única razón de existencia y motivo para no incinerar el papel, intenta ser además una incitación a los lectores que deberán emprender cada uno la aventura de descubrir su ansiedad personal en esta nueva maquinación de Javier Vásconez. —
Tuesday, October 02, 2012
Saturday, September 22, 2012
Friday, September 21, 2012
Monday, September 17, 2012
Saturday, September 15, 2012
Asertos
I continue to find David Foster Wallace the most tedious, overrated, tortured, pretentious writer of my generation.
Bret Easton Ellis
Bret Easton Ellis
Friday, September 14, 2012
Thursday, September 13, 2012
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