No se reserva su resentimiento el señor Manrique, pero lo hace con tal gracia y talento que no queda más que sacarse el sombrero. El damnificado —de la pluma de monsieur Manrique— es el mismo Bryan Ferry del cuento por quien en el fondo —y no tanto en el fondo— parece guardar cierta antipatía el articulista acaso por la imagen de romántico incurable del músico inglés o por lo que en España podría denominarse una anticuada fantasía para viejos pijos. Sea cómo fuere, en los amores B. F. parece siempre caer de pie aunque sufra. Y, como dice Manrique, aunque él sea el damnificado.
La boda del excantante de Roxy Music, de 66 años, con una antigua novia de su hijo a la que dobla la edad pone de relieve un carácter seductor a prueba de bombas. Es el último episodio sentimental de un mito vivo al que poco le importa la corrección política
DIEGO A. MANRIQUE
Lo último que Bryan Ferry (1946) necesita son más controversias, polémicas, escándalos. Así que ha sido hábil a la hora de casarse con alguien a quien dobla en edad. Primero, retiró a la novia, Amanda Sheppard, de su puesto en una empresa de relaciones publicas. El 4 de enero se celebró la ceremonia en una remota isla británica, junto al Caribe. Finalmente, se anunció el hecho consumado.
Es la segunda boda para el fundador de Roxy Music, pero ahora el morbo radicaba en que la nueva Mrs. Ferry fue acompañante fugaz de su hijo, Isaac, allá por 2005. El asunto se trató en una reunión familiar y no hubo objeciones. Los hijos de Bryan lamentaban que su progenitor fuera rodando de novia en novia tras romper con su madre, Lucy Helmore. Ya fue bastante duro el divorcio, motivado por un desliz de Lucy; salieron a relucir temporadas de enganche del cantante al alcohol y la coca. El acuerdo final dejó un apreciable vacío en la cuenta corriente del vocalista: Lucy consiguió 10 millones de libras.
Los cuatro chicos Ferry hacen piña con el padre. Los pequeños, Merlín y Tara, son músicos y tocaron en Olympia, último álbum paterno. Los mayores, Otis e Isaac, se implicaron a fondo en las campañas de la Countryside Alliance, asociación de campesinos y latifundistas que combatía la prohibición de la caza del zorro, que creían motivada por obscuros resentimientos sociales. Isaac fue expulsado temporalmente de Eton por mandar correos amenazadores y Otis, amante de las protestas ruidosas, fue detenido en varias ocasiones, pasando finalmente cuatro meses y medio en la cárcel.
Aun sabiendo que era políticamente incorrecto, Bryan apoyó a sus dos hijos revoltosos. Cualquier simpatía residual que le quedaba por el laborismo se desvaneció con la condena a Otis; al poco, declaró su respaldo a los tories y, especialmente, a David Cameron. El pasado año remachó su deriva conservadora al actuar en un mitin de Letizia Moratti, la candidata (fracasada) de Berlusconi para la alcaldía de Milán.
En Inglaterra, Bryan Ferry es el prototipo del desclasado. Hijo de un granjero que criaba ponis para las minas de carbón, está integrado plenamente en la alta sociedad londinense. Así que muchos se la guardan. Las broncas de Otis le costaron muchas simpatías y hubo un encarnizamiento al reproducirse un fragmento de una entrevista con un periódico alemán, donde Ferry declaraba su admiración por la iconografía nazi, tal como se presentaba en las películas de Leni Riefenstahl. Un arte en absoluto inocente, según Susan Sontag, pero estéticamente defendible. El vocalista debió emitir un comunicado negando cualquier sintonía ideológica con el nacioalsocialismo. El asunto le costó un contrato con la cadena Marks and Spencer.
Pero Bryan Ferry también despierta afectos. Y no solo entre los que asisten a fiestas en su exquisita mansión de Londres, residencia que incluye un estudio ultraprofesional en el sótano. Después de todo, fue propiciador involuntario de una de las más famosas uniones del rock. Entre 1975 y 1977, Ferry desarrolló una relación intensa con Jerry Hall, la belleza tejana que aparecía en la portada de Siren, el quinto elepé de Roxy Music, y en varios de sus vídeos.
Bryan tenía un historial de seducir a las cover girls de sus discos pero esta vez aseguraba ir en serio. Se empeñó en culturizarla, haciéndole listas de libros de lectura obligada. Jerry también pasó por un cursillo acelerado de etiqueta británica para transformarse en una lady. ¡Terminantemente prohibido que bebiera tequila!
Hasta que surgió el depredador: Mick Jagger. Fue una jugada maestra: invitó a la pareja a un concierto de los Stones en Londres. En la fiesta posterior, Jagger flirteó abiertamente con Jerry, ante el desconcierto de Ferry y las risitas de los que conocían esas tácticas. Unos meses después, aprovechando una ausencia de Bryan, Mick y Jerry intimaban tras una cena convocada por el fotógrafo Francesco Scavullo. El tándem generó cuatro hijos y duró veintidós años.
A los ojos del mundo, Bryan Ferry fue visto como el damnificado. En verdad, no se portó muy elegantemente: se quedó con las posesiones que Jerry dejó en su casa, incluyendo la ropa. Y se presentó como la víctima en varias canciones de su posterior disco en solitario, The bride stripped bare. Muchos años después, todavía respondía con canciones alos comentarios de Hall en su libro autobiográfico, Tall tales. El argumento de ella: tampoco Bryan era fiel durante sus giras.
Los detractores de Jagger insisten en que considera las mujeres poco más que como trofeos para colgar en las paredes. Por el contrario, Ferry pertenece al modelo romántico. Sufre. Sufre mucho y públicamente. Ahora se permite sonreír.
Monday, June 01, 2015
Wednesday, April 22, 2015
Galeano y la imaginería económica latinoamericana, Ibsen Martínez (El País)
Ibsen Martínez escribe con claridad e ingenio al borde de la tumba de uno de los profetas de cuanto populismo hispanoamericano se precie, el uruguayo, fallecido hace poco, Eduardo Galeano. Antecede el meollo del artículo la cuestionable definición de Gabriel Zaid acerca del intelectual público —¡cuántas definiciones se han ensayado sobre dicha figura, entre Orwell, Bernanos, Raymond Aron o Paul Berman!—, como aquel personaje influyente en las decisiones que los poderosos adoptan, ¡en materia económica en particular!, influencia que hoy en día no existe en la práctica, nada puede conducirnos al engaño. No discuten más los políticos contemporáneos sobre la influencia de tal o cual pensador en sus dilemas, lo que nos llevaría a pensar que el estatus del intelectual acaso deba pensarse por segunda y tercera ocasión.
Entre los pensadores y los artistas parecería palpitar una añoranza por intervenir e influenciar en la escena pública, un delirio del castrato insatisfecho por solo recoger el mundo en sus entrañas malignas y no desde el punto de la mira, desde la acción. Habría que intervenir y cambiar la sustancia pública, pelear en el territorio de los hechos públicos y no someterse al simple escrutinio de las ideas o el talento artístico. Se diría que en silencio los intelectuales añoran convertirse en hombres de acción.
Más allá de estas conjeturas, Ibsen Martínez hace bien en reconocer en el famoso libro de Galeano, Las venas abiertas de América Latina, una vulgata guevarista de tierras americanas, eficaz y tóxica para una y otra generación rebelde que se precie. Extraña en el artículo entrada escasamente ortodoxa (en particular para el lector urgente o ansioso), aunque sugerente e inquietante, que nos invita a pasar de la noción del intelectual a un ejemplo de esa noción en la figura del sociólogo Fernando Henrique Cardoso y su versión de la vasta teoría de la dependencia para América Latina hasta abandonarnos en brazos de un Galeano persuasivo por la vía de armas intelectuales pasadas por un eficaz tamiz emocional. Se trata del mismo Galeano que, con el paso de los años, no pudo escribir prosa más cursi y abundante, bajo la creciente solicitud de las cada vez más beligerantes hordas populistas y neo-populistas.
Ha querido la izquierda propiedad exclusiva de las fórmulas para luchar contra la injusticia que emana del capitalismo en todas sus formas excedidas y post-excedidas como ilustra Martínez con una cita de más marxistas en su artículo. En el interés y en los ojos de esos izquierdistas bajo prevención de histeria se refugian los fanáticos del nuevo Galeano.
En título y enlace web consigno derechos del autor y del diario que publica el artículo contra cualquier sumario.
¿A quién podríamos llamar intelectual influyente en nuestra América?
El mexicano Gabriel Zaid, al discurrir sobre el papel de los intelectuales en “la región más transparente”, brindó una definición: intelectual influyente es aquel que opina periódicamente sobre asuntos de interés público —en especial, de política económica— y es atendido por las élites. Si no le hacen caso los poderosos, observa Zaid, nuestro hombre no es más que un inconducente opinador, un cantamañanas de página editorial: un inane profeta, un tertuliano.
La verdad, no abunda en América Latina el tipo de intelectual público que ejerza discernible influencia en la toma de decisiones por quienes tienen la sartén cogida por el mango, y menos en lo que atañe a políticas económicas, aunque muchos columnistas, analistas televisivos de horario matutino y, en general, oficiantes de lo que Mario Vargas Llosa llamó “civilización del espectáculo”, se solacen pensando lo contrario.
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Sin embargo, se ha registrado el caso, único hasta donde alcanzo a ver, de un distinguido estudioso de la economía latinoamericana, autor de muy sesudos libros, que no sólo fue elegido presidente de su país, sino que ejerció el cargo estupendamente: el brasileño Fernando Henrique Cardoso (Río de Janeiro, 1931), cuya obra, digamos juvenil, fue copiosamente citada por centenares de sus pares a todo lo largo y ancho de América Latina durante los años setenta y hasta bien entrados los ochenta del siglo pasado.
La nuez de sus ideas de entonces es quizá la única indiscutible contribución latinoamericana al pensamiento económico moderno: la celebérrima teoría de la dependencia económica.
Pese a las retractaciones del doctor Cardoso, esta ha tenido un duradero efecto de explicación de nuestras insuficiencias políticas, sociales y económicas. En su versión canónica, la teoría de la dependencia pone énfasis en los desequilibrios entre el centro (los países desarrollados) y la periferia (nosotros) y en los desiguales términos de intercambio entre ambas regiones. Resulta, comprensiblemente, una teoría en extremo atractiva que pronto se hizo muy popular entre muchos escritores, legos en economía pero comprometidos con la región, desde Julio Cortázar, en los años setenta, hasta el colombiano William Ospina, en nuestros días.
No abunda en América Latina el tipo de intelectual que ejerza discernible influencia en la toma de decisiones
Llegar a ser presidente de Brasil puede resultar una experiencia aleccionadora hasta para el profesor de posgrado más inflexiblemente dogmático: cada hemisferio de su yo debe sentirse proverbialmente solitario en la cúspide del poder, pero ¿cuál de los dos buscará la reelección?
Hoy, el expresidente Cardoso es aún festejado en el Foro Económico de Davos por el tino con que supo, en los años noventa, darle eficiencia y rostro humano a profundas reformas macroeconómicas, atentas a desarrollar una economía de mercado, reformas que habían fracasado más o menos estrepitosamente en otros países sudamericanos.
Ciertamente, Cardoso no suscribe ya las martingalas antiimperialistas que como scholar [investigador] propugnó vivamente durante su exilio en Caracas. Es algo que habla mucho y bien de su probidad intelectual, pero sus ideas de hace 40 años aún recorren el continente como algo mucho más tangible que un fantasma: la teoría de la dependencia neocolonial se ha corporeizado en la ola neopopulista que azota a Iberoamérica.
Y su mitología —toda teoría arrastra la suya— tuvo superlativo rapsoda en el uruguayo Eduardo Galeano [falleció el 13 de abril a los 74 años], autor de un libro diabólicamente persuasivo y soberbiamente bien escrito: Las venas abiertas de América Latina. Autodidacta eminente, el interés de Galeano por la historia económica y su fervor de izquierdas lo llevaron, a fines de los años sesenta, tiempo de guerrilleros tupamaros y militares torturadores, a escribir una deslumbrante vulgata guevarista de historia general de las Indias que dio forma a la imaginación económica de todo un continente. Chávez, tan dado a hiperbólicos dislates, dijo alguna vez de Galeano que era “el Bartolomé de las Casas de la economía latinoamericana”.
Desde su aparición en 1971, una florescencia de leyendas urbanas testimonia el estatuto de libro sagrado que le otorgó la izquierda latinoamericana. Un relato, por ejemplo, quiere que una tarde de aquellos años, una joven estudiante de ciencias sociales colombiana, mientras lee fragmentos del libro a su novio, sentados ambos en la trasera de un autobús durante un atasco de tráfico, experimente de súbito un rapto que la lleve a ponerse de pie y leer en voz alta y delirante párrafos incendiarios en obsequio de un auditorio de perplejos lumpemproletarios bogotanos. Su voz alcanza a escucharse en las aceras, en otros colectivos atascados, la gente baja de ellos, se agolpa en torno al primer bus para recibir la pentecostal palabra de Galeano…
Ahora bien, ¿qué clase de libro de historia de economía es este cuyos primeros párrafos destilan misticismo moral, rabioso, puro y duro? “La división internacional del trabajo —catequiza Galeano— consiste en que unos países se especializan en ganar y otros en perder. Nuestra comarca del mundo se especializó en perder desde los remotos tiempos en que los europeos del Renacimiento se abalanzaron a través del mar y le hundieron los dientes en la garganta”.
El autor concluía por entonces que “no hay más camino para nuestro continente que la violencia”
En un epílogo del autor, escrito en 1977, se lee que se trata de una “historia del pillaje”, escrita para ilustración de las mayorías y que su interés mayor son los mecanismos del saqueo imperial. Deslumbrante modelo de agitación y propaganda, el libro degrada, sin embargo, a fuerza de efectistas sobresimplificaciones sobre nuestras sociedades a medio hornear, la misma teoría que se propone ilustrar.
Galeano concluía por entonces que “no hay más camino para nuestro continente que la violencia”, algo que no estuvo nunca en la cabeza de Cardoso. Por todo ello, la pregunta persiste: ¿de dónde emana la fascinación que este libro colérico ha ejercido durante décadas en tantas e influyentes mentes latinoamericanas?
Creo haber dado con una respuesta en un ensayo del británico Tony Judt: “La atracción que unas u otras versiones del marxismo ejercen en intelectuales y políticos extremistas latinoamericanos, por ejemplo, o en Oriente Próximo, nunca se ha desvanecido: en la medida en que aún pasa como relato convincente de la experiencia local, el marxismo retiene en tales sitios mucho del encanto que obra en los antiglobalizadores del resto del planeta”. “Estos ven en las tensiones e insuficiencias de la economía capitalista de hoy precisamente las mismas injusticias y oportunidades que llevaron a observadores de la primera globalización económica, allá por 1890, a aplicar la crítica de Marx al capitalismo para mejor teorizar de nuevo sobre el imperialismo”. Y añade: “Como nadie más parece ofrecer una estrategia convincente para rectificar las desigualdades del capitalismo moderno, el campo ha quedado libre para quien ofrezca un relato que sea, a la vez, prolijo e iracundo”.
La prolija y mendaz iracundia de Las venas abiertas de América Latina es el ejemplo perfecto.
Tuesday, April 21, 2015
La sumisión y la sangre, Jorge Volpi (tomado de El País)
A partir de hoy copio artículos encontrados aquí y allá en la Red y los comento.
No necesitaba Volpi anunciarnos que "acababa de descargar en (su) Kindle horas después de haber sido publicada" la novela Sumisión, inducida a la polémica, de Michel Houllebecq (¿acaso porque de entrada no mereciera suficiente aprecio del lector Volpi?). Volpi da buena de cuenta de una trama pero no termina de decirnos si la caricatura es inferior a la sátira y si el autor Houllebecq ha fallado. La frase dirmiente del artículo es, curiosa y lamentablemente, la más oscura: "Sumisión es, en este sentido, la sumisión a un éxito que su autor previó desde el inicio y que sólo la sangre de sus colegas ha conseguido adulterar". ¿Qué diantres quiere decir con ello Volpi?
Lo que el autor de la nota no menciona --y puede develar un modo de pensar acaso demasiado ilustrado y paradójicamente racionalista a propósito del tema en cuestión-- es el azar inherente al hecho de que los sucesos de París, los asesinatos a los miembros de la redacción de Charlie Hebdo, fuesen objeto de la premonición de Houllebecq. ¿Houllebecq oráculo?
La mañana del 7 de enero me encontraba en el aeropuerto de Newark, a punto de embarcar de vuelta a México, cuando comencé a leer Sumisión, la nueva novela de Michel Houellebecq que acababa de descargar en mi Kindle horas después de haber sido publicada. Justo cuando leía la cita inicial de Joris-Karl Huysmans, el decadentista francés que la inspira, presté atención al sonido de una de las pantallas en la sala de abordaje. La reportera de CNN anunciaba que un grupo de encapuchados había irrumpido en la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo, en París, y había asesinado a la mayor parte de sus redactores. Sólo después de aterrizar en México conocería los detalles del acto terrorista, entre ellos que la portada de Charlie Hebdo de esa semana se burlaba precisamente de Michel Houellebecq quien, como de costumbre desde la publicación de Las partículas elementalesen 1998, era motivo de un nuevo escándalo en el medio intelectual francés, en esta ocasión por su declarada “islamofobia”.
La conexión entre el tema central del número y el atentado queda aún por esclarecerse —la revista había sido amenazada desde que en 2004 reprodujese las célebres caricaturas danesas sobre Mahoma, un personaje que se volvería habitual en sus páginas—, pero no parece del todo casual. Ambientada en 2022, Sumisión también es una suerte de caricatura en la que un político musulmán, Mohamed ben Abbes, dirigente de una ficticia Fraternidad Musulmana, llega a la presidencia de Francia, imponiendo una serie de medidas —en particular, la poligamia— que al cabo son aceptadas por el conjunto de sociedad francesa con indiferencia, cuando no con discreto entusiasmo.
En su cubierta, Charlie Hebdo presentaba a un demacrado Houellebecq (apenas más lamentable que en sus fotos recientes), anunciando sus predicciones de futuro: “En 2015 pierdo los dientes. En 2022 hago Ramadán”. Una perla que, con la acidez característica del medio, resume bastante bien la trama de Sumisión. Que el escritor francés decidiese suspender la promoción de la novela esa misma tarde para refugiarse en un innominado sitio en la campiña francesa casi sonaría como una prolongación de la paranoia que alimenta su ficción de no ser por la espantosa resonancia de la tragedia.
Mucho antes de que aparezca en español, un sinfín de comentaristas ya se ha apresurado a ensalzar o denigrar la novela de Houellebecq, desde quienes piensan que se trata de una obra oportunista y marrullera, hasta quienes la defienden como un valeroso acto de libertad equiparable a las virulentas caricaturas de Charlie Hebdo. En la propia Francia, tan dada a estas aparatosas disputas intelectuales, los bandos también se hallan bien diferenciados: de un lado quienes piensan que, más allá de sus discutibles méritos literarios, Sumisión es una pieza repugnante que “pone a Marine Le Pen en las puertas del Elíseo”, y del otro quienes sostienen que, en su cuidada ambigüedad, se trata de una sátira que, más que ensañarse con los musulmanes, se burla de Francia en su conjunto.
François, una suerte de alter ego del autor, es un profesor universitario que, tras una carrera como especialista de Huysmans, se encuentra en un momento de decadencia o apatía. (Como la propia Francia: igual que en las viñetas de Charlie Hebdo, la sutileza aquí no es relevante). Harto de sus recurrentes aventuras con sus alumnas, François por fin se ha enamorado, o al menos encariñado, de Myriam, una joven judía —no podía ser de otro modo— que está loca por él. En ese contexto, François describe el ambiente electoral, dominado por la oposición entre la Fraternidad Musulmana y el Frente Nacional, con el Partido Socialista y la UMP como residuos del pasado, y la creciente sensación de peligro experimentada por los desplantes de los integristas del “movimiento identitario”, es decir, de esas organizaciones que, bajo el lema de “Francia para los franceses”, están dispuestos a defender a los “indígenas” de la “colonización islámica”.
Aderezada con sus previsibles descripciones sexuales y las meditaciones pesimistas o políticamente incorrectas que ya son marca de la casa —en especial contra las mujeres—, Houellebecq hace que su personaje apenas se dé cuenta de la victoria de Ben Abbes (aliado en la segunda vuelta con el PS y la UMP) y de la brutal mutación que ello acarrea. Temeroso de la violencia —que podría provenir de unos extremistas u otros—, François huye de París y se refugia en Martel, un pequeño poblado del suroeste nombrado así en memora del caudillo que detuvo el avance árabe en el medioevo. Entretanto Myriam, cuya familia teme quedarse en un país gobernado por un partido musulmán, ha emigrado a Israel con sus padres. Deprimido y solo, François visita el santuario de Rocamadour, ansioso de que su famosa Virgen Negra lo ilumine.
Por desgracia, la anhelada experiencia mística —paralela a la conversión al catolicismo de Huysmans— no llega nunca y, cuando François vuelve a París, encuentra a su patria transformada en un Estado islámico. Aquí es donde la sátira deviene simple caricatura. Para llegar al poder, Ben Abbes ha cedido los principales Ministerios a sus aliados para quedarse con el único que importa: el de Educación. Gracias a ello, las universidades francesas han pasado a ser islámicas, las mujeres han perdido sus privilegios y acuden veladas a sus clases. Por si fuera poco, el nuevo rector, un acomodaticio intelectual convertido al islam, permite que sus profesores tomen tres o cuatro esposas de entre las estudiantes. Poco le preocupa a Houellebecq la inverosimilitud del planteamiento: su intención, más cercana a Kafka que a la ciencia-ficción, es colocarnos de pronto frente a un sistema totalitario y absurdo, pero que apenas se distingue de lugares como Arabia Saudí.
A diferencia de lo que ocurría en Las partículas elementales o incluso en El mapa y el territorio,
la novela se mueve en un terreno voluntariamente pedestre. Más que una fantasía política, Sumisión se revela como una grotesca burla de la Francia socialdemócrata de nuestros días, y por extensión de Europa. Un continente que, como predijo Nietzsche, ha perdido toda su fuerza justo por haber renunciado a la religión y haberse decantado por los valores facilones, femeninos, de la democracia liberal (una sombra, en cualquier caso, de la bestia negra de Houellebecq: la Ilustración). En este contexto, sólo el islam parecería tener la energía suficiente para arrancar a Francia del marasmo, así sea al precio de renunciar sus valores más queridos (en especial, la igualdad). Uno dudaría que un musulmán pudiese encontrar en esta farsa un solo argumento para sentirse vejado —pero si unas simples caricaturas fueron capaces de desatar semejante descarga de ira, quizás Houellebecq tuvo razón en esconderse en la Francia profunda, como su personaje—. Mucha más razón para indignarse tendrían las mujeres, que no tienen aquí otra función que la de objetos sexuales (como Myriam) o esposas (en el nuevo régimen machista y polígamo). Lo más relevante del libro son, en todo caso, las especulaciones sobre el reacomodamiento político previo a la victoria de Ben Abbes, en las que Houellebecq destaza por igual a la izquierda, la derecha y la ultraderecha de Marine Le Pen.
En un plano íntimo, Sumisión se presenta como el itinerario de una conversión fallida: François nunca será Huysmans, sino apenas otro oportunista en una Francia que hoy, no en 2022, disfruta de la sumisión a sus hipócritas valores burgueses. Lo que quizás se le escape a Houellebecq es que, al contentarse con una sátira de trazos gruesos, con una caricatura de los miedos de su época —incluida la islamofobia—, él ha seguido el ejemplo de François y tampoco ha logrado escapar a su cómodo papel de provocador. Sumisión es, en este sentido, la sumisión a un éxito que su autor previó desde el inicio y que sólo la sangre de sus colegas ha conseguido adulterar.
http://elpais.com/elpais/2015/01/14/opinion/1421240807_797267.html
No necesitaba Volpi anunciarnos que "acababa de descargar en (su) Kindle horas después de haber sido publicada" la novela Sumisión, inducida a la polémica, de Michel Houllebecq (¿acaso porque de entrada no mereciera suficiente aprecio del lector Volpi?). Volpi da buena de cuenta de una trama pero no termina de decirnos si la caricatura es inferior a la sátira y si el autor Houllebecq ha fallado. La frase dirmiente del artículo es, curiosa y lamentablemente, la más oscura: "Sumisión es, en este sentido, la sumisión a un éxito que su autor previó desde el inicio y que sólo la sangre de sus colegas ha conseguido adulterar". ¿Qué diantres quiere decir con ello Volpi?
Lo que el autor de la nota no menciona --y puede develar un modo de pensar acaso demasiado ilustrado y paradójicamente racionalista a propósito del tema en cuestión-- es el azar inherente al hecho de que los sucesos de París, los asesinatos a los miembros de la redacción de Charlie Hebdo, fuesen objeto de la premonición de Houllebecq. ¿Houllebecq oráculo?
La mañana del 7 de enero me encontraba en el aeropuerto de Newark, a punto de embarcar de vuelta a México, cuando comencé a leer Sumisión, la nueva novela de Michel Houellebecq que acababa de descargar en mi Kindle horas después de haber sido publicada. Justo cuando leía la cita inicial de Joris-Karl Huysmans, el decadentista francés que la inspira, presté atención al sonido de una de las pantallas en la sala de abordaje. La reportera de CNN anunciaba que un grupo de encapuchados había irrumpido en la redacción de la revista satírica Charlie Hebdo, en París, y había asesinado a la mayor parte de sus redactores. Sólo después de aterrizar en México conocería los detalles del acto terrorista, entre ellos que la portada de Charlie Hebdo de esa semana se burlaba precisamente de Michel Houellebecq quien, como de costumbre desde la publicación de Las partículas elementalesen 1998, era motivo de un nuevo escándalo en el medio intelectual francés, en esta ocasión por su declarada “islamofobia”.
La conexión entre el tema central del número y el atentado queda aún por esclarecerse —la revista había sido amenazada desde que en 2004 reprodujese las célebres caricaturas danesas sobre Mahoma, un personaje que se volvería habitual en sus páginas—, pero no parece del todo casual. Ambientada en 2022, Sumisión también es una suerte de caricatura en la que un político musulmán, Mohamed ben Abbes, dirigente de una ficticia Fraternidad Musulmana, llega a la presidencia de Francia, imponiendo una serie de medidas —en particular, la poligamia— que al cabo son aceptadas por el conjunto de sociedad francesa con indiferencia, cuando no con discreto entusiasmo.
En su cubierta, Charlie Hebdo presentaba a un demacrado Houellebecq (apenas más lamentable que en sus fotos recientes), anunciando sus predicciones de futuro: “En 2015 pierdo los dientes. En 2022 hago Ramadán”. Una perla que, con la acidez característica del medio, resume bastante bien la trama de Sumisión. Que el escritor francés decidiese suspender la promoción de la novela esa misma tarde para refugiarse en un innominado sitio en la campiña francesa casi sonaría como una prolongación de la paranoia que alimenta su ficción de no ser por la espantosa resonancia de la tragedia.
Mucho antes de que aparezca en español, un sinfín de comentaristas ya se ha apresurado a ensalzar o denigrar la novela de Houellebecq, desde quienes piensan que se trata de una obra oportunista y marrullera, hasta quienes la defienden como un valeroso acto de libertad equiparable a las virulentas caricaturas de Charlie Hebdo. En la propia Francia, tan dada a estas aparatosas disputas intelectuales, los bandos también se hallan bien diferenciados: de un lado quienes piensan que, más allá de sus discutibles méritos literarios, Sumisión es una pieza repugnante que “pone a Marine Le Pen en las puertas del Elíseo”, y del otro quienes sostienen que, en su cuidada ambigüedad, se trata de una sátira que, más que ensañarse con los musulmanes, se burla de Francia en su conjunto.
François, una suerte de alter ego del autor, es un profesor universitario que, tras una carrera como especialista de Huysmans, se encuentra en un momento de decadencia o apatía. (Como la propia Francia: igual que en las viñetas de Charlie Hebdo, la sutileza aquí no es relevante). Harto de sus recurrentes aventuras con sus alumnas, François por fin se ha enamorado, o al menos encariñado, de Myriam, una joven judía —no podía ser de otro modo— que está loca por él. En ese contexto, François describe el ambiente electoral, dominado por la oposición entre la Fraternidad Musulmana y el Frente Nacional, con el Partido Socialista y la UMP como residuos del pasado, y la creciente sensación de peligro experimentada por los desplantes de los integristas del “movimiento identitario”, es decir, de esas organizaciones que, bajo el lema de “Francia para los franceses”, están dispuestos a defender a los “indígenas” de la “colonización islámica”.
Aderezada con sus previsibles descripciones sexuales y las meditaciones pesimistas o políticamente incorrectas que ya son marca de la casa —en especial contra las mujeres—, Houellebecq hace que su personaje apenas se dé cuenta de la victoria de Ben Abbes (aliado en la segunda vuelta con el PS y la UMP) y de la brutal mutación que ello acarrea. Temeroso de la violencia —que podría provenir de unos extremistas u otros—, François huye de París y se refugia en Martel, un pequeño poblado del suroeste nombrado así en memora del caudillo que detuvo el avance árabe en el medioevo. Entretanto Myriam, cuya familia teme quedarse en un país gobernado por un partido musulmán, ha emigrado a Israel con sus padres. Deprimido y solo, François visita el santuario de Rocamadour, ansioso de que su famosa Virgen Negra lo ilumine.
Por desgracia, la anhelada experiencia mística —paralela a la conversión al catolicismo de Huysmans— no llega nunca y, cuando François vuelve a París, encuentra a su patria transformada en un Estado islámico. Aquí es donde la sátira deviene simple caricatura. Para llegar al poder, Ben Abbes ha cedido los principales Ministerios a sus aliados para quedarse con el único que importa: el de Educación. Gracias a ello, las universidades francesas han pasado a ser islámicas, las mujeres han perdido sus privilegios y acuden veladas a sus clases. Por si fuera poco, el nuevo rector, un acomodaticio intelectual convertido al islam, permite que sus profesores tomen tres o cuatro esposas de entre las estudiantes. Poco le preocupa a Houellebecq la inverosimilitud del planteamiento: su intención, más cercana a Kafka que a la ciencia-ficción, es colocarnos de pronto frente a un sistema totalitario y absurdo, pero que apenas se distingue de lugares como Arabia Saudí.
A diferencia de lo que ocurría en Las partículas elementales o incluso en El mapa y el territorio,
la novela se mueve en un terreno voluntariamente pedestre. Más que una fantasía política, Sumisión se revela como una grotesca burla de la Francia socialdemócrata de nuestros días, y por extensión de Europa. Un continente que, como predijo Nietzsche, ha perdido toda su fuerza justo por haber renunciado a la religión y haberse decantado por los valores facilones, femeninos, de la democracia liberal (una sombra, en cualquier caso, de la bestia negra de Houellebecq: la Ilustración). En este contexto, sólo el islam parecería tener la energía suficiente para arrancar a Francia del marasmo, así sea al precio de renunciar sus valores más queridos (en especial, la igualdad). Uno dudaría que un musulmán pudiese encontrar en esta farsa un solo argumento para sentirse vejado —pero si unas simples caricaturas fueron capaces de desatar semejante descarga de ira, quizás Houellebecq tuvo razón en esconderse en la Francia profunda, como su personaje—. Mucha más razón para indignarse tendrían las mujeres, que no tienen aquí otra función que la de objetos sexuales (como Myriam) o esposas (en el nuevo régimen machista y polígamo). Lo más relevante del libro son, en todo caso, las especulaciones sobre el reacomodamiento político previo a la victoria de Ben Abbes, en las que Houellebecq destaza por igual a la izquierda, la derecha y la ultraderecha de Marine Le Pen.
En un plano íntimo, Sumisión se presenta como el itinerario de una conversión fallida: François nunca será Huysmans, sino apenas otro oportunista en una Francia que hoy, no en 2022, disfruta de la sumisión a sus hipócritas valores burgueses. Lo que quizás se le escape a Houellebecq es que, al contentarse con una sátira de trazos gruesos, con una caricatura de los miedos de su época —incluida la islamofobia—, él ha seguido el ejemplo de François y tampoco ha logrado escapar a su cómodo papel de provocador. Sumisión es, en este sentido, la sumisión a un éxito que su autor previó desde el inicio y que sólo la sangre de sus colegas ha conseguido adulterar.
http://elpais.com/elpais/2015/01/14/opinion/1421240807_797267.html
Monday, August 25, 2014
Wednesday, June 18, 2014
Hablar: el yo
"Es curioso lo de decir algo en nombre propio, porque no se habla en nombre propio cuando uno se considera un yo, una persona o un sujeto. Al contrario, un individuo adquiere un auténtico nombre propio al término del más grave proceso de desperzonalización, cuando se abre a las multiplicidades que le atraviesan enteramente, a las intensidades que le recorren. El nombre como aprehensión instantánea de tal multiplicidad intensiva es lo contrario a la despersonalización producida por la historia de la filosofía, es una despersonalización de amor y no de sumisión. Se habla desde el fondo de lo que no se conoce, desde el fondo del propio subdesarrollo. Uno se ha convertido entonces en un conjunto de singularidades libres, nombres y apellidos, uñas, cosas, animales y pequeños acontecimientos: lo contrario de una vedette".
Deleuze.
Deleuze.
Friday, May 30, 2014
Tuesday, May 27, 2014
Thursday, April 17, 2014
Sunday, April 13, 2014
Pavese en la muerte
Vendrá la muerte y tendrá tus
ojos
esta muerte que nos acompaña
desde el alba a la noche,
insomne,
sorda, como un viejo
remordimiento
o un absurdo defecto. Tus ojos
serán una palabra inútil,
un grito callado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola te inclinas
ante el espejo. Oh, amada
esperanza,
aquel día sabremos, también,
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una
mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus
ojos.
Será como dejar un vicio,
como ver en el espejo
asomar un rostro muerto,
como escuchar un labio ya cerrado.
Mudos, descenderemos al abismo.
Pavese.
Friday, March 14, 2014
Tuesday, February 25, 2014
Sunday, February 16, 2014
Ascenso y caída de la novela a manos de Luis Goytisolo
Luis
Goytisolo ha escrito Naturaleza de la
novela y la intención parece ser aclarar por qué ha dedicado su vida a escribir
novelas y no a otra cosa. Si fuera éste el objetivo podría reconocerse su afán para
concebir un ensayo que repasa la genealogía de la novela desde los primeros tiempos,
su fundación (paralela al nacimiento de la época moderna), los hitos, la nómina
de sus cultores y lo que aportaron éstos al género. Goytisolo no escatima
espacio para copiar fragmentos de los autores que a su juicio identifican cada momento,
aunque no deje de inquietarnos si su selección responde a método, gusto personal
o identidad de propósito alguno. Cita, sin más, escolásticamente, a novelistas de todo tiempo para corroborar que
un autor y otro han contribuido para hacer de la novela el rey de los géneros. A
pesar del dibujo grueso, el ensayo acierta en un hallazgo cardinal para entender
la novela desde el punto de vista de la lectura: ha sido la difusión vulgar de
la Biblia a partir del Renacimiento, la desacralización de su lectura en manos plebeyas
—no podría hablarse aún de masas—, lo
que permitió que el género despegara. A partir de las primeras impresiones de
la Biblia, los lectores se acostumbraron a oír historias próximas, cotidianas, como
lo exigía el nuevo género. Repetido generación tras generación el modo bíblico de
contar, el público de la novela quedó definido. Este secreto a voces es el
mayor hallazgo del libro de Goytisolo.
Sin
embargo, no dejo de pensar en la razón por la cual este libro ha sido escrito. Pienso
que no se ha propuesto para los otros, con el fin de entablar una discusión o construir
una idea, sino para dialogar consigo mismo, Goytisolo con Goytisolo. Nada censurable
a la hora de proponer una obra, pero sí una actitud que amerita distinta lectura,
una intimidad compartida con las divagaciones del escritor. ¿Lo consigue el
texto de Goytisolo? ¿Qué le preocupa en el fondo? Acaso la naturaleza de un
género que tanto esfuerzo personal le ha demandado, una carrera sellada con la enorme
novela Antagonía, su obra magna. Si
se trata de eso, Goytisolo actúa con genuina preocupación al sostener, en la
línea de Henry James, que el cambio en el entorno social puede colapsar un
género, aunque, a la par, no haga mucho por esconder su desasosiego ante el supuesto
declive de la edad de oro de la novela. Elocuente es su perplejidad frente a una
escena artística que quizá depare otras exigencias, la necesidad de nuevas formas
expresivas, la atención a un ritmo escasamente indulgente con lo que han sido los
valores esenciales de una forma de civilización, hoy en decadencia, de acuerdo
con Claudio Magris: la duración, la profundidad, la continuidad, la gran forma
épica. Acongojado, Goytisolo se toma la barbilla y se lamenta, el mundo se desploma
tras de él y con ello hace justicia a la pesadilla romántica más frecuentada
entre artistas, esto es, el sentimiento de fin de una era.
Encuentro
en la intención de Goytisolo un paralelismo con el ensayo de Mario Vargas Llosa
La civilización del espectáculo. Nos situamos
ante dos advertencias desde un punto de vista conservador acerca de la
desarticulación de una cultura que soportaba con mayor diligencia la expresión refinada
de un género, la novela, y exigía del lector mayor cultura y concentración,
cualidades ametralladas por la invasión efímera del mundo contemporáneo. Sin
embargo hay que trazar las diferencias. Preciso es reconocer en Vargas Llosa su
inquietud por el porvenir de la cultura más allá de la protección de un feudo en
cuyas fronteras se ejerce dominio. A Vargas Llosa le preocupa el destino de una
civilización en que las obras artísticas no puedan ser apreciadas en su justa
dimensión presas de la banalidad y el mercado y, también, la extinción de una
forma de concebir la realidad y el tiempo, autorreflexiva y consciente. En
Goytisolo la complicidad requerida para convertir un agobio personal en propio
alcanza apenas la conmiseración: el lector se cuestiona ante la seriedad
profesoral de quien se lamenta y toma nota de su escasa voluntad para aligerar
los conceptos, dudar o hacer fluir el pensamiento. Ahí arranca la necesidad de
comprobar paso a paso, el aserto de que la novela es el género que nació para
morir a inicios del siglo XXI. De ahí la necesidad de sumar pruebas en lugar de permitir que la
pluma ligue provocaciones y riesgos para
pensar un problema cuyo planteamiento parece justo como inquietud de una era:
la muerte de la novela. La falta de detalles, cierta ingenuidad y vaguedad en
la exposición, la carencia de matices y refinamiento en el pensar colocan al
autor en una encrucijada: un libro aparentemente pensado para dar cuenta de los
secretos de cómo la novela ha llegado a ser tal concluye como la antelación de un
réquiem. En el camino, el ensayo peca de arbitrario y generalista, las páginas
se gastan y el escritor parece acudir agotado al tramo final en el que pretende
librar su batalla más importante, nada más y nada menos que la extinción de un
género literario. Al aproximarse a la meta el desarrollo del ensayo es más
escueto, los ejemplos más amplios y el razonamiento menos trabajado. En el
cierre la intención parece diluirse y desnudar un volumen escrito en atención a
lo que originalmente sospechábamos, como una búsqueda personal aunque no como una
meditación más trascendente.
Sin
embargo, no creo que debamos ensañarnos con Naturaleza
de la novela. Es una lectura que esconde cierto interés aunque el producto
final presente debilidades, acaso más inquietantes en atención al nombre de su
autor y a tratarse de un ensayo honrado con uno de los premios más importantes para
el género. Quizá no sea muy convincente al persuadirnos sobre el nacimiento de la
novela como una nueva experiencia de lectura, tal vez porque su autor procede
sin vigor ni entusiasmo y no termina de explicarnos por qué ha sido esencial que
los lectores acepten como suyo el exclusivo e hipnótico territorio de la novela,
quizá sus bestias negras —el best seller,
las pantallas, las novelas neo-juveniles— sean molinos de viento y las comparaciones
de la literatura con artes como la arquitectura o la música pequen de desafortunadas
y hasta pueriles, quizá la omisión de los tipos de novela que menos han
contribuido a afianzar el género en su forma canónica, de Laurence Sterne al nouveau roman, refleje las limitaciones
de Goytisolo como pensador literario y exponga sus prejuicios, quizá todo ello
nos haga pensar que el volumen se asemeja al libro de un novelista temeroso y de
edad avanzada. El Vargas Llosa de La
civilización del espectáculo, por el contrario y pese a su recato, no ha escrito
su libro con temor, actitud que obedece a cierta intención y salud: pensar por
necesidad y no por apremio, proseguir en el camino del fracaso, el camino de todo
escritor.
A pesar
de todo hay en el libro de Goytisolo un mérito notorio: atreverse a reflexionar
sobre un tema frente al cual los novelistas, defensivamente, cierran filas. De
ello dan cuenta las numerosas entrevistas realizadas en España a raíz de la
publicación de este libro: novelistas de toda latitud concuerdan en sostener
que la novela es un género que todo lo puede, que todo lo asume y digiere con solvencia.
Supongo que aciertan, pruebas de ello no faltan: del Quijote a La montaña mágica, de
Tom Jones al Ulises, lo refinado y lo popular, lo épico y lo doméstico, la
meditación y el apunte de circunstancias, la introspección y las batallas de
exteriores, los otros géneros literarios, el cine o la publicidad, se han dado
cita en las páginas de cuantas novelas han sido escritas y esto nos ha llevado a
creer que el género es inexpugnable. No obstante: ¿desde cuándo y hasta cuándo?
Hace bien Goytisolo al recordar que los géneros literarios tienen fecha de
caducidad, que al parecer la novela no se ha renovado formalmente en nuestro
tiempo, resignada a aplicar fórmulas establecidas, hay que recordarlo ahora que
los tiempos parecen abocar al olvido y la casi imposibilidad de escribir historia
literaria. La epopeya duró lo que debía durar y desde esas épocas la letra ya
no es el sol sino el reflejo del sol. En esa edad hemos crecido y creo que en
ella seguimos viviendo. Si el sol ya no es la representación del sol, su
simulacro, es algo que será elucidado con el tiempo. En The future of the novel Henry James
escribió que “el
futuro de la novela está íntimamente ligado al futuro de la sociedad que la
produce y la consume”; copiado al carbón Luis Goytisolo escribe: “cuando una
determinada forma de expresión artística entra en conflicto con la evolución de
los hábitos sociales, su declive es cosa de tiempo”. Hay que tomar nota,
entonces, del entorno en que se desarrolla para atender al desafío de la
novela.
Si a
Goytisolo le ha hecho falta una perspectiva histórica y sociológica más amplia
para defender el aparente fin de la novela, si no ha impreso la suficiente
gravedad a la hora de derivar vaticinios y se ha dejado invadir por un miedo
que nunca conducirá a profecías certeras, si teme que la novela (y acaso la
literatura entera) se convierta en un reducto (asqueado al suponer que ensayos
y novelas serán objeto exclusivo de universitarios), a quienes lo cuestionan
por haber colocado sobre el tapete tema así de inquietante y no atienden al cambio
cultural del mundo contemporáneo y su amenaza sobre las formas del lenguaje
artístico, habría que recordarles que su reto tal vez resida en escuchar el
rumor del tiempo con más diligencia que cualquier otro, no vaya a ser que en el
futuro aguardemos a las puertas del exclusivo y secreto club de happy few cuya contraseña podría ser: “Aquí
se leen novelas. Solo novelas”. —
Tuesday, August 20, 2013
Thursday, August 08, 2013
Wednesday, May 01, 2013
Tuesday, April 30, 2013
Monday, April 29, 2013
Sunday, April 07, 2013
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