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Saturday, June 04, 2016

Prince: Un hombre llamado príncipe.

Por Francisco X. Estrella

Hoy estamos tan acostumbrados al olor de la muerte que apenas consultamos los obituarios. Al parecer, algo se nos escapa: los decesos cierran estaciones y, para este caso, las estaciones son nuestras. Las eras se cancelan de ese modo: en la desaparición de las iconografías, la pérdida del trazo original y el escamoteo del cuadro, no en su sonido, rumor y murmullo. Permanecen los vestigios de la pintura antigua que ya no es compañía y reflejo, conciencia, y ahora, por el contrario, hablamos de arqueología, museo, fantasmas. De melancolía: nostalgia de lo no vivido. Eso es, por ejemplo, la paleta pastel de las alucinaciones del Sgt. Pepper’s o el Submarino Amarillo de los Beatles, con su hilera de tubos psicodélicos para colorear las páginas de revistas, avisos publicitarios, prendas de vestir —la minifalda, el pantalón de campana—, todos vestigios de esa época, los sesenta. La pigmentación se diluye y con ella la época y sus espejos. El sonido, ni presencia ni azogue, se encumbra sobre las eras, siempre joven, liviano, como el ave de la historia.
                  Prince guardó en una cápsula la parte más sustanciosa de esos años, la década de 1980, pero fue su antítesis. En la percepción de sus protagonistas, que no se suman únicamente en el censo de las luminarias y aparecen en otro flanco, la platea de espectadores, esos no fueron los años más osados ni los más fecundos artísticamente. La pátina del tiempo quiere hacernos ver que su esplendor residió en una estética conformista y edulcorada, en el becerro de oro de la opulencia y los sueños pintados de fuente de soda a la americana o en los tonos más sombríos de la noche neoyorquina y el club inglés. Pero la década de 1980 estuvo atravesada por una suerte de prolongación inaudita del calor de la infancia y el regocijo de las tardes de primera juventud. Eso fueron las tonadas de OMD y los resplandecientes bosques de Yaz, es lo que resguardaron los Missing Persons y Animotion o Love & Rockets. En todos ellos había un gusto por la vida tan lozano como las mejillas de una adolescente amamantada con los mejores lácteos de vacas alimentadas en los mejores pastos americanos. Todo parecía tan irreal y postizo como los vídeos que esa generación se esforzaría en definir como la narración de la vida en un suspiro de tres minutos. Los ochenta rebosaban confianza, falsa candidez, vitalidad de generaciones bien nutridas después de la Gran Depresión y la posguerra, conjura de cualquier desvío de muerte. Se respiraba el aire más puro en la atmósfera más transparente y aun la lluvia parecía muy bien producida en el patio trasero de un plató de Pacific Palisades, el potrero de Hollywood.
La paleta, para el caso, era elemental: la luz de los amarillos, cegadora, jugaba al esplendor del blanco y en su auxilio concurrían los pasteles más pálidos, rosas, azul cielo, verdes amables e inocuos. Se ha dado en defender esta idea de los 1980 como una marinera correspondiente a toneladas y toneladas bien resguardadas en Fort Knox, la reserva americana, un fortín que protegiera eternamente a niños y adolescentes desprovistos de las miserias de los países de lo que en ese tiempo se denominaba el Tercer Mundo y de los extravíos esotéricos del Segundo. La opulencia era el futuro y la línea del horizonte era tan diáfana que el cielo se convertía en mar, el mar en arena y la arena en tierra firme sin apenas solución de continuidad. Los cabellos limpios bien cortados, en escalones y capas, rubios, castaños, color de madera del Middle West eran agitados por el viento de un siempre bien avenido verano, un otoño sin congoja, un invierno sin ventisca, la primavera eterna. Si envasamos esos elementos y su ambientación correspondiente tendremos un vídeo clip y esa breve cinta podría ser la plástica de los años de Ronald Reagan.        
Un mundo así de compuesto, así de protegido por sus cuatro costados debía tener sus centinelas épicos. Poco pudo hacer el cine en esta atmósfera, se trataba de medio demasiado inquieto para cuidar del jardín de las delicias de los 1980: las cintas duran mucho y en metraje así de abundante cabe una tragedia. Los centinelas por excelencia de esa era fueron la música pop y el vídeo clip en clave MTV. Ni el teatro ni los libros ni el arte plástico hicieron mucho para preservar el celofán de una estación que era dichosa en liberarlo todo, hasta las mercancías, completamente libres en la máquina de empaque al vacío para intercambiarse por su propia voluntad. Los libros, demasiado inconformes para contemplar superficies, la pintura, demasiado catastrofista para tolerar perfecciones, no podían hacer de celestinas del más bruñido conformismo experimentado en décadas de pax americana. Pero la música pop y el vídeo clip lo consiguieron con su brevedad y formato de fábula que se compadecía con las hipócritas lágrimas del artificio.   

* * *

Sin embargo, en medio, se copulaba. Aquello acaso pueda salvar a los hombres de todo género de farsa, el instinto y la urgencia de copular sin necesidad de procreación. Ahí aparecía Prince con toda su lujuria al hombro como un lobo a punto de aparearse. Era artista, era delicado, era un genio, era el guitarrista por excelencia en la estirpe de Jimi Hendrix. Ahora observamos su cuerpo inerte en el elevador de su residencia en Chanhassen, afueras de Minneapolis, donde los 57 años no bastaron para preservar una época, la del esplendor del niño sano. Porque la muerte de una estrella de rock, sea por suicidio, sobredosis o muerte natural, no es un hecho a ser tomado a la ligera. En las estrellas de la música, la muerte nunca es natural porque nada es natural en sentido estricto, menos en alguien como Prince. Para empezar, su bien ganada fama de obsesivo sexual que produjo canciones tan obscenas como “Darling Nikki” o “Dirty Mind” y “Do it all night”, llevó a las buenas conciencias a luchar por enésima vez en contra de la procacidad en la música. Pero Prince Rogers Nelson, su nombre en la pila bautismal —había nacido en Minneapolis en 1958 y alcanzado la fama a fines de la década de 1970, esa época dorada de la música negra, y su consagración definitiva le vino en 1982 con un álbum de título premonitorio: 1999—, había nacido para tres cosas que se sublevaban en contra de la imagen luminosa de la década que vio su fama: ser incómodo al establecimiento de la música con sus oscilaciones entre el funk, el pop, el rock, el soul y la new wave, ser una imagen siempre esquiva allí donde pareciera echar raíces, y proponer un comportamiento que fue sexo, sexo y nada más que sexo. Al lado de Prince, la reina del pop, Madonna, pareciera ejecutar una coreografía repasada una y mil veces con el fin de escandalizar solamente, lo que en Prince fue algo inherente a su color y a su piel. Esta es una palabra más que importante: a diferencia del plastificadamente asexuado, errabundo en sus alcobas pueriles y sórdidas, Michael Jackson, Prince ratificó, una vez más, la supremacía sexual de las razas oscuras sobre las pálidas. Parte de ese sortilegio sexual que emanaba de su imagen provino del color de su piel.
“Actitud permanente de orgía”, ha escrito un comentarista respecto del comportamiento de Prince. Una imagen compuesta a manera de ilustración, dibujo del tiempo, puede servir para el trazo del hombre que ha muerto: si en un momento de su carrera se dio por componer temas de transparente belleza como “Nothing Compares to You”, nacido del amor por una tal Susannah Melvoin gemela de Wendy con quien animó un grupo llamado The Family, temas interpretados por otros como Sinéad O’Connor, de otro lado se dio por recorrer el mundo en busca de principiantes para el cine con rostros de diosas del sexo como la cada vez más distante Carmen Electra, a la manera de un oficiante que auspicia la disolución y el ayuntamiento sin discrimen. Entre el consejero de la seducción y el proxeneta de los apartamentos más abyectos, surge el hombre que nació para ser un príncipe. “Purple Rain”, su canción emblema, advirtió que el péndulo entre el deseo de poseer a través de la carne o padecer la hiel del desamor es la pista de que el mundo no puede quedar fraguado en el molde de una cándida quietud preadolescente. Eso va bien para los vídeos de esa época: en Prince, la penetrante y casi hipnótica exhibición de la voluptuosidad, el cuerpo, el vestido y el gesto, más, por ejemplo, la danza de cobra de las cuerdas de su guitarra —deberemos siempre recordar que fue uno de los mejores guitarristas en vivo de la música después de Hendrix— o el baile de una recién conscripta Carmen Electra, sugieren que el reino del mundo no es el de la perfección, aunque ésta fuese siempre una posibilidad. El reino del mundo es la indefinición que sucede al sexo y la desesperación por no asirlo, es decir, su propia naturaleza.
Quizá esto nos diga algo respecto de la muerte del Príncipe, de su extravío en el nuevo milenio o al momento de emprender pírricas luchas en contra de la industria discográfica. Sus motivaciones quizá obedecieran al desciframiento de una música imposible, la negra, regida por el principio del cuerpo y el baile, que son, como lo sentimos ahora mismo al oír de nuevo “Cream” y “Purple Rain” en este momento, frente al cadáver de Prince, tan antiguos como el hombre y su caverna.

Hemos perdido su color pero no su sonido, al modo en que ocurren los fines de época. Cerremos los ojos: también nosotros hemos muerto. —

Wednesday, March 07, 2012

Noticia de la prohibición de alcohol

Para Douglas Coronel

—Otra copa, por favor.
—Disculpe señor: ya no se puede.
—Pero, ¿por qué no se puede?
—Es la hora, señor.

Había oído algo sobre la hora, algo que no recuerdo, algo de arriba. No me importa: pongo las monedas en manos del mozo. Seguiré, aunque veo cómo, una a una, las puertas de los comercios caen, se repliegan, puertas enrollables ásperas y absurdas, y en unos minutos me encuentro solo, despreciado por el ruido y la noche. Allá va el miedo, podría recordar, allá camina enfundado en cuerpos de muchachas que ríen aunque en verdad desfilen un hartazgo, una cierta depresión, allá va el miedo dispuesto a no despertar. Observo a los últimos, los fanfarrones de las Harley y sus roadies, a la prostituta que, ligera en su vestido de lentejuelas, engaña, coqueta, al estudiante que ha pagado cuatro margaritas, y extenderá todas las líneas a que ella lo incite, al arquitecto con voz de latón que en el último bar abierto del barrio de La Mariscal ansía alcanzar la cumbre entre las piernas de un camionero. Sentenciados por la bruma y la hora, los comercios de la plaza ruidosa de Quito cierran la boca, hacen silencio, se callan.

El estado desea que las puertas se enrollen áspera, absurdamente, pues quiere devolverte sano y salvo a casa, el estado te protege de “la maldad, la soledad, la barbarie, la ignorancia, el salvajismo”, por lo cual será difícil sortear su vigilancia: el estado es, a fin de cuentas, la seguridad. Solo en él puedes ser libre, solamente en su cuadrícula la libertad es permitida y santa; por fuera al hombre “no le hace ningún bien”, como también ha escrito Hobbes, ese digno pensador al servicio del estado, y lo más probable es que, si se le deja, refocile el ser humano en el barro como el marrano remilgado que puede llegar a ser. No tengas miedo, entonces, de reposar bajo el árbol del estado porque solo a él compete convertirse en tu guardián y garante. Esto equivale por completo a lo que dijo, vehemente y terrible, el teólogo de las almas inconformes: “dentro de la Revolución, todo, contra la Revolución, nada”, dentro del estado todo el provecho que seas capaz de recibir, policía, escuelas públicas, refinadas bibliotecas, agua entubada, fuera de él la abyección de las pasiones, el libre ejercicio de los instintos, la noche, la sumisión por el alcohol.

Ernest Hemingway decía que un hombre inteligente debe beber copiosamente para convivir con los necios. Quizá cuando dijo eso, si es que en verdad lo dijo, Hemingway estuviese haciendo libre uso de un egoísmo primitivo y nada más. Quizá se creyera demasiado listo para granjearse tamañas ínfulas. Aunque, si lo entendemos mejor, tal vez al noble Earnest le asistiera la razón al señalar que con demasiada frecuencia nos convertimos en cruzados de la estupidez. Para observarnos de cerca acaso lo mejor sea hacerlo brumosamente, tal vez de ese modo la aberración del hombre resulte menos evidente, más soportable si se la observa difuminada entre desvaríos. Acaso ésta sea una de las principales virtudes de andar bebido, mezclar la nítida particularidad de los necios con su amorfa generalidad, atentar contra la veracidad de lo fiable para que el hombre que soporta y está ebrio obtenga a cambio la sencilla bondad de la misericordia.

Así es que ahora ya puedo deciros, caballeros de las etiquetas, los brindis y el vómito: misericordiosos del mundo uníos porque vuestro será el reino de los cielos. Misericordiosos del mundo no olvidéis que el estado vela por vuestros intereses, apurad la copa misericordiosos de la Tierra que tenéis contados los minutos, levantad el codo y romped los vasos, verted la sopa sobre la espalda de vuestra anfitriona, besad a la criada, desmayaros en la caseta del perro —como bien lo hizo algún beodo, uno de los peores, Francis Scott Fitzgerald—, haced pronto el ridículo que el estado os cuida. Para defenderos de cualquier cosa el estado ya replica: contra la Revolución nada porque el primer derecho de la Revolución es el derecho a existir. Y frente al derecho de la Revolución de ser y existir, nadie —por cuanto la Revolución significa los intereses de la nación entera— puede alegar con razón un derecho contra ella, nadie, pregona el estado a los cuatro vientos, pues él aguardará ahí, taumaturgo y omnisciente, para ser el custodio. A fin de cuentas eres el benjamín que requiere de su cuidado para que en los albores de la nueva patria devenga el hombre nuevo que se anhelaba. “No puedes tomar aún tus propias decisiones”, murmura el estado, “la libertad te agobia, te fatiga, te conduce a la violencia y el desacuerdo”, advierte. Por ello has de dejar que te arrope al calor de su cordura y quizá puedas aprovechar tu cápsula de libertad como es debido. Deberás, haragán, mocosito, allanarte a sus métodos y practicar su liturgia. El estado levanta la voz, el estado recita su teología.

Ese fue el modo en que quise beber otra copa, pero la razón ilustre no lo permitió. Fue ese el modo en que supe que la hora protege la madrugada, que los días ordinarios se acortan para el bebedor sociable, que los fines de semana no han de ser mejores, y que el domingo, ay, el día más triste de la semana, es el claustro, la soledad, el suicidio de la vida mundana en la provincia. El estado te obliga a ser juicioso y casto, a quedarte quieto en nombre de ciertas aritméticas. Amurallado detrás del fortín del bien común, el ecónomo medieval exhibe cálculos como catapultas y maquilla dichas patrañas con su moral arbitraria, una, ni siquiera trina. Si le apetece, el individuo podría permanecer en la condición original de naturaleza, pero la moral del estado no va a aflojar la cuerda: la entelequia es totalitaria y argumenta beneficios en torno a la paz, la convivencia y la hospitalidad que él mismo desalienta porque son factores contrarios a su dominio cimentado en la guerra, la discordia y un aislamiento que gusta llamar, patéticamente, orgullo nacional. Se atreve a todo ello, la entelequia, de modo asaz despiadado porque su única razón, carnada y alimento eres tú.

A estas alturas quizás no falte el zoquete que diga que no se trata del estado sino del gobierno, acaso se atreva a asomar la cabeza. Subrayo: he dicho estado y no gobierno, ese ridículo epifenómeno del estado. Hay que padecer al estado y su monopolio de la fuerza porque nacemos y habitamos en él desde la cuna; el gobierno, no nos desesperemos, no es más que una aventura, un combate, un mal de noventa y nueve años. Es el estado el que, jactancioso de su fuerza, prohíbe y prescribe desde tiempos inmemoriales, aunque el gobierno no cese de rotar sus peones, los siervos que idean y alientan las peores causas, aquellos que reconocen en el monarca la gracia de la moral anhelada, aquellos a quienes el mismo estado no ha regalado su pedazo de libertad y justicia en el pasado, y ahora caminan resentidos y claman por venganza.

¿Quiénes aplauden en los graderíos? ¿El ángel autoritario, el hijo menor, el débil mental que obedece como un ciego los ucases dictados por el zar prieto, el nuevo y el viejo caudillo? ¿Los pacatos que encuentran sangre en el fondo de un martini sobre la barra de un bar? ¿Los sociólogos con sus máquinas de cálculo y su procaz aritmética en los dedos? La ciudad está llena de hombres buenos, de espíritus piadosos, de cerdos con ideales, la ciudad sobrevivirá al gobierno y quizá al estado, por ello, no hay que temer a la madrugada, no hay que hacer caso de los cívicos, de los teólogos, de los que comen hostias. ¿Tomarlos en serio en un mundo en que todos beben, se drogan, son pornógrafos, en el que todos estamos enfermos de ansiedad? ¿Ajustarnos a la prohibición, dejar que el cerco se estreche si todo está perdido? ¿Para qué? ¿Para liberarnos de la vid y la cebada por “traidoras a la patria y a la decencia” como plañía la Anti-Saloon League, manga de orates que promovieron la ley Seca en el norte tan distante? ¿Para “crear una nueva nación” donde “las cárceles y correccionales pronto quedarán vacíos”, donde “todos los hombres volverán a caminar erguidos, sonreirán todas las mujeres y reirán todos los niños”? Toscamente, yo interpelo: con tolerar la santurronería y temer al estado: ¿se cerrarán para siempre las puertas del infierno, como profería Volstead, el senador tocado por la luz que redactó la ley Seca en los Estados Unidos del 19?

¿Por qué no dejar, por ejemplo, que una muchacha de gran talento muera en su ley bebiendo después de haber caído y haberse levantado varias veces de su baile macabro? ¿Por qué no dejar en paz a Amy Winehouse, rubí del soul, con sus tres botellas de vodka, “dos grandes y una pequeña”, inerte, tendida sobre el piso de su habitación en Londres, Inglaterra, ella y sus 416 miligramos por decilitro de sangre contraídos después de tres semanas de abstinencia? ¿Por qué no beber todos, como ella, hasta la muerte, o fornicar hasta morir o comer hasta morir? ¿No es eso también libertad, otra faceta de la libertad, la que se reserva el gentil, el abnegado estado? Porque si hay alguien que beba, coma, fume o fornique hasta el fin ya no tendremos necesidad de defender su derecho, solo habrá que dejarle y cada uno a su camastro. Porque además de hacernos capaces de tolerar a los zopencos y no caer fulminados por el peso agobiante del estado, la muerte rondando en torno, ¿no proporciona también el alcohol mucho gozo y carcajada, muchas confesiones, enloquecedores romances arengados por su guía y desmayo? ¿No hay obras gigantes construidas en el triste diálogo con una copa de bourbon, no fueron también borrachos conspicuos Poe, Montgomery Clift, Dean Martin, Capote, Rubén Darío, todos ellos? Pues beber también es placer y herida del solitario, su necesidad, su enfermedad y su muerte, pues beber exacerba la sensibilidad y coloca al ser humano al borde de la culpa, en el cruce exacto entre la verdad, la estupidez y la locura, pues beber alcohol permite luchar contra la rutina con un sacacorchos tan simple como el no tener miedo a reconocerse solo y triste. Desconoce el hombre sobrio que la felicidad es el único estado sentimental paralelo a la desdicha, del mismo modo que le sucedía a un personaje de Fitzgerald cuyo camino hacia el alambique se iluminaba por el “deseo de mantener la vieja ilusión de que la verdad y la belleza están de alguna manera unidas”. Sí: la belleza, la felicidad y la tragedia pueden cantar al unísono, con la misma voz y en el mismo coro, con el tono silencioso o estentóreo de un ser humano hundido en el sofá. Eso, queridos todos, es enseñanza y práctica exclusiva del alcohol.

Los motociclistas terminan de irse, las piernas de sus roadies suntuosamente oprimidas por armaduras de cuero, la muchacha de lentejuelas recuerda que sus clientes habitan otro hemisferio, lejos, muy lejos de la inocencia, en el desguace del intercambio y la inmundicia, el arquitecto picado de tóxicos prefiere el camino más corto, un sendero químico: dormido reposa su deseo, corroído por los gusanos y la peste. Ha caído la república alcohólica de los Estados Unidos de América, rezan los diarios, todo se funde, cataclismos, imperio, soberbia, tempestad. Yo, zigzagueante, me dispongo a retornar al útero. La hora es importante, lo ha sido, la hora desde arriba en el Olimpo hasta la Tierra, como un rayo. Aquí, en Quito, en este país que no es país, en este pedazo de caliza de nombre evanescente en que los comercios cierran temprano y entre la niebla avanza un garrote, la monotonía, el tedio de nuevo.

La puerta de acero termina de arrollarse mientras la lluvia, incesante, golpea los tejados despidiendo un ruido áspero y absurdo, el único sonido. Áspero. Tan absurdo. —

Wednesday, November 16, 2011

Dedal o Dédalo


1 Hace semanas ronda mi cabeza la idea de fundar un comercio, el único que podría emprender dado mi nulo olfato mercantil: montar una sastrería.

Quizá esta idea no sea tan descabellada si se atiende a los ancestros: mi abuelo fue sastre y mi tío lo es, mis tías Luz y Ana consumieron su vida en una fábrica de pullovers mientras de niño yo acompañaba a mi madre al taller de la costurera y era alcanzado por el hechizo de la maquinaria y las telas. También puedo ufanarme de que, con su talante compuesto y discreto, mi padre me revelase la incontrovertible persuasión de traje y corbata a la hora de ir al espejo, y de que a mi modo también yo sea un sastre, sin aguja, tijeras e hilo, pero sastre al fin y al cabo. Porque, en suma, ¿qué es un sastre? No más que un artesano que conoce lo que conviene al porte y personalidad de su cliente, a su fatalidad y su gracia, un consejero del gusto cuya fortuna reside en apretar el dedal allí donde el resto no tiene la destreza para hacerlo. Admiro la capacidad de cualquiera que sepa ejercer bien un oficio, la paciente acumulación de mínimos saberes que surten un efecto novedoso e inesperado. Entre novelistas y cuentistas, por ejemplo, aprecio la paciente ejecución de un artesano, su repertorio de trucos aprendidos con serenidad y gracia, su orfebrería tan lejana de la presunción y el falso desafío que con frecuencia identifican al experimentador atarantado: valoro la impecable ejecución de un Graham Greene o un Pérez Reverte por encima de los enredos y dislates sin atino ni concierto que la mayoría de las veces lastran las páginas de Juan Goytisolo o Saramago. Y es que el oficio de sastre esconde el encantador matrimonio entre costumbres que se repiten y adoptan el nombre de tendencias y la prevención acerca de su consumo. En otras palabras, compete a nuestro sencillo artesano sometido a los vaivenes de una moda lejana, imposible y retardada la mayoría de las veces, arbitrar el consumo de sus adeptos y a ellos mismos moldearlos a su criterio y graciosa semejanza. Quizá el día del juicio final ésta sea la mejor defensa de un sastre ante el Altísimo, el haber servido de catalizador entre el mundo que llega (aunque sea por efecto de un eterno retorno) y el capricho que se aferra bajo el alero del pasado, tocado con la careta del llamado gusto personal.

En consecuencia el sastre ha de negociar con las tendencias para ofrecer algo a su habitúe, algo que sea consumible y engarce al ataviado con su ciudad, su presente, su cuenta bancaria y su calle. Como cualquier artesano el sastre cederá parte de su soberanía —sabiduría, experiencia y consejo— para desarrollar un oficio en favor del tranquilo sueño de su arropado.

Intentaré ilustrar esto con un ejemplo: durante años, Loachamín, mi sastre, cosió varios trajes para mí y en todo ese tiempo trabajó siempre con moderada paciencia, mecánica y vegetativamente, hasta el día en que solicité algo distinto. Cuando ello ocurrió y le pedí que imaginara un bolsillo secreto, un chaleco de frac o unas charreteras —aquello que es extemporáneo— o que entallara la chaqueta de un traje, angostara sus solapas, las perneras, y redujera el número de botones —lo contemporáneo—, llegué a conocerlo de veras. Cuando le exigí que desobedeciera la costumbre y caminara con libertad capté de cuerpo entero al artesano que Loachamín es, un pozo de sabiduría práctica:

—¿Cómo se llama este arreglo en la espalda de la chaqueta? —en mi mano sostengo una instantánea de Clark Gable en Mogambo.
—Fuelle. Se llama fuelle.
—Es lo que quiero, maestro. Un fuelle es lo que deseo.

La sonrisa en sus ojos achinados, su alegría instantánea delataron que había activado el dispositivo para que olvidara, al menos por unos días, el tedio impuesto por la repetición de un molde, que dejara, por un instante al menos, de morir para que sus pacientes vivieran. Había cedido mi tranquilidad devolviéndole parte de su gobierno, había mitigado su servidumbre cotidiana por otra menos frecuente aunque similar en impaciencia y desconocimiento del perdón. No obstante, el sastre había entendido: su condición de árbitro siempre ha de ser inversamente proporcional a su libertad como artesano. Si el sastre quiere atender al dictamen de su oficio, la tradición de su taller, su técnica y secretos, saludable es que mantenga a raya el apetito didáctico afianzado a costa de ofertar lo disponible (las tendencias, la moda de temporadas pasadas) a la razón conservadora de su cartera de clientes. Si por el contrario su intención es ser un artesano conocido, de haberes acaso, deberá olvidar de una vez por todas su acervo. Clientes como yo son la ponzoña de este tipo de sastre.

2 Dicho esto, me queda armar el taller con un Loachamín sabio y egoísta al mando. Con un par de grandes mesas de trabajo y tres o cuatro máquinas de coser quisiera que mi local respondiera a un nombre eufónico, algo o menos fortuito que los títulos regulares de esta clase de establecimiento, que suelen responder ora al apellido del propietario (Sastrería Pinto), ora a coordenadas geográficas evidentes (Sastrería Quito, Río de Janeiro, Nueva York) o al clamor por la elegancia y el refinamiento (Gentleman). Me bastaría un nombre connotativo del oficio que espolvoree una pizca de intriga sobre el interés del cliente. Me gustaría ver dibujado un:

DEDAL - O - DÉDALO

en marquesina de luces doradas sobre la puerta y creo que con ese nombre podría esforzarme y echar a andar esta empresa.

Lo primero que el sastre con el ojo puesto en su antiguo oficio podría elevar como precaución universal es que, desde los tiempos de Balzac, solamente la aristocracia, la clase social que ha muerto, puede desfilar la ropa como si el cuerpo se moviera desnudo y representase un acto correspondiente a natura. Los burgueses siempre lo harán desde la envidia, la emulación y el deseo, es decir, como lo apuntaba Georg Simmel, desde la descomposición de la moda, desde la impostura. Ello obedece a la creación misma de la moda a manos de los nobles en las cortes: para el noble se trata de un ejercicio y un uso consuetudinario, la reiteración de un rito ejecutado por padres, abuelos y tatarabuelos. La antigüedad suele conferir carta de legitimación a ciertos usos, uno de los cuales es el porte; en su antigüedad es posible descubrir el árbol del refinamiento de chaqués, fulares, pecheras o bastones. El resto de los mortales, pensará el sastre, no existe para el vestir elegante. Cualquier ejercicio que el plebeyo practique será obra de imitación, disgregación y atentado contra la unidad del concepto de la clase elegante, esto es, de la cohesión del vestir aristocrático. Al tercer estado no le queda más, entonces, que imitar.

Arbitrado lo anterior y dirigiéndose ya a un público por completo plebeyo imagino que el sastre añadirá algo: “puede entenderse que existe una contradicción latente y acaso sin resolución en el hecho de que el contumaz imitador intente diferenciarse, distinguirse, en el seguimiento de un modelo que lo resguarda, que quiera ser uno y distinto siguiendo el camino de otro situado sobre y delante de él, que intente apartarse del rebaño mediante el recurso de la calca”. El plebeyo debe, señala Loachamín, “escapar de tal impasse convirtiéndose en amo de lo nuevo aunque sea esclavo de la costumbre”. A su entender el plebeyo podrá llegar a dominar lo inesperado, a proveer de nuevos efectos a un hecho conocido separándose lo más posible del Otro cuyo fin es colonizarlo y devorarlo, y lo nuevo le permitirá efectuar un salto protegido por la red de lo antiguo. Jamás el hombre ordinario se distinguirá en el sentido de ser único y abrir una secuela, pero al menos se lo verá, al menos su silueta se recortará: el imitador puede ser distinguible pero jamás distinguido. Dominar lo inesperado le permitirá soportar el peso demoledor de la costumbre, a pesar de que ésta siempre dicte la última palabra. Es el precio que la plebe debe pagar por ir vestida.

3 Para ser distinguible, consigna del hombre contemporáneo es abrazar el cambio y cultivar un espíritu abierto, la aceptación plena de lo novedoso. En ese sentido el hombre actual es un hombre moderno: innovador, cambiante y crítico. Esta es la llave maestra de cualquier arbitrio sobre el ropero masculino. Sin ella, cualquier reflexión podría ser derrocada. Arbitraremos, en consecuencia, bajo la égida de lo nuevo.

I

El vestuario es la segunda piel del hombre, la piel del deseo, piel que recubre el manto que interpreta el deseo.

II

La piel del deseo es naturaleza redomada, la antítesis de lo social. La piel del deseo permite el entronque entre el hombre singular y el hombre masa.

III

El hombre de hoy combina, no unifica. La combinación de prendas, texturas y colores es testimonio de su individuación.

IV

Modalidades de combinación. Primero los colores de familias consanguíneas. Segundo los colores de familias afines. Tercero los colores de familias enemigas. Cuarto los colores riesgosamente parecidos. Quinto los colores que la costumbre y el prejuicio ha desunido.

V

Trayectoria de la combinación. La combinación va de lo compaginable a lo que acusa ruptura, y de la ruptura a lo que se compagina. La infancia de la combinación es la armonía, su madurez el contraste, y la vejez, su honorable vejez, la desarmonía, lo feo, lo chocante.

VI

Treinta años tiene el hombre para enseñarse a combinar las prendas, treinta años para templar o exacerbar camisa, chaleco y pantalón, treinta, el tiempo que el individuo gasta en memorizar cualquier rutina, la vida que le es obsequiada antes de hacerse viejo. A partir de esa edad el hombre camina inexorablemente a la unidad, hacia la ostentación del traje como un overol proletario. A partir de esa edad el hombre retorna a la unidad compacta de la naturaleza previsible y anti-creativa.

VII

Que una pieza desbroce el sendero de las otras es la ventana para compaginarlas una mañana. A continuación debe ejecutarse el axioma que versa sobre la ausencia de temor y el espíritu abierto. Cuando desaparece el miedo, las rayas hacen juego con los cuadros y ello valida el precepto quinto en su parte final. Fealdad y valor demuestran que lo inesperado y singular prevalecen.

VIII

Aunque resulte curioso, a cierta edad el chaleco provee al atuendo masculino de un equilibrio y una contención ajena al derroche. Aunque sea inaceptable a primera vista, en determinada época de la vida la acumulación de factores contribuye a la síntesis en lugar de alimentar el despilfarro. Oro, plata, ónix nos dicen mucho cuando adornan la segunda piel de un caballero. El secreto es el siguiente: la vejez otorga licencia y oficio para el crimen, la impunidad y lo invisible. Amparándose en el rito, cierto tipo de vejez repliega los factores. Ante los surcos en su rostro, ellos se amedrentan y obedecen.

IX

Sospechar de lo nuevo como si fuese anticuado y explorar lo viejo como si del futuro se tratase es el modelo de tregua a ser firmada con la costumbre. La época en que uno se inspira, el lugar en que hurta las ideas, la figura a quien emula —Byron, Wilde, Fitzgerald, Porfirio Rubirosa— son variables que permiten luchar con la tradición. Refinarlas y ejercer el derecho a desechar y acoger, el derecho al discernimiento, es el privilegio que la libertad regala a sus pares, criaturas que no conocerán más decoro que el espectro de la elegancia.

X

De igual manera que es preciso desterrar vaqueros, camisas de manga corta, zapatos con suelas de goma y trajes azul marino sin rayas (atavío universal del político, esa escoria), de la misma forma hay que preservar la corbata, defenderla con igual tesón romántico que el aplicado a defender el sombrero, con igual fatalidad y premonición de fracaso. No podría ser de otro modo si la apuesta del plebeyo es jugar con lo imposible.


No es éste, como ustedes pueden ver, un tratado. Es el arbitrio parcial de un déspota, como a su manera también lo es el refinamiento y la clase. Razonar sobre el vestir no deja de ser inútil porque, o se es preceptivo y despótico, o se divaga y teoriza, postizos gratuitos de lo inelegante. Vestir es, ante todo, una praxis.

Lo dicho involucra un dilema estrictamente masculino: el hombre piensa los procesos, la mujer los ejecuta. Como ven, abrir una sastrería puede ser el sueño de un hombre. Confórmese el varón, entonces, con el arbitrio. Pero ya que cuento con el sastre, acaso la palma de una esposa pueda transformar el viento en un árbol.

Manos a la obra, Alejandra. —

Wednesday, January 12, 2011

Carta del indiferente

Situado en la encrucijada que me obligase a mitigar la curiosidad ajena ante mis convicciones políticas, seguramente me encontraría en un apuro no menor, y, ante ella, me inquieta una respuesta que comprometiese el fuero interno y no solamente mi vanidad. Si éste fuera el caso, si debiese descubrir mis razones y alguno de mis padecimientos, imagino que mi deber sería pensar también en lo que interesa a la gente de mi profesión, es decir, tratar de hablar como parte de un grupo y no como un solitario, a pesar de que, en este caso, los pares estén esencialmente solos.

Lo primero que debería decir es que, escritor que pretendo ser, no me queda otra alternativa que votar por las libertades formales y tomar asiento, apoltronarme si se prefiere, ante una mesa servida de libertad de pensamiento y expresión. En una conferencia de 1963 Raymond Aron se preguntaba qué justificaría el negar a los pintores su derecho al formalismo o a los músicos el suyo a la dodecafonía, y su respuesta no hacía más que confirmar que la tendencia al totalitarismo en las sociedades colectivistas, ese vendaval que nos asecha con demasiada frecuencia, habitualmente procura intercambiar las libertades formales con los espejos rotos del igualitarismo. Liberalismo contra democracia, libertad contra igualdad, individuo contra sociedad: escindidos estos dos principios, de ciegos sería no adherir aquí, entre nosotros y ante nuestros interlocutores, al liberalismo a la europea, herencia que permite echar a andar los espectros de la fantasía y zafar la brida a los caballos de la imaginación. Hacer lo contrario, negar los beneficios del pensamiento en la sociedad liberal, despediría sabor a palabra traicionada y a complicidad con el silencio dictaminado por los poderosos; dar la espalda al sueño de la imaginación amparado por el concepto liberal constituiría una inconsecuencia y aun un riesgo, hacerlo atentaría contra lo indeterminado e irracional abrigado en el corazón del parásito social, contra la propiedad de la palabra.

Nunca habríamos dudado sobre certezas así de evidentes de no mediar el consejo de una conciencia cautiva del romanticismo del siglo XIX. Con mesianismo similar al cristiano, esta voz cifró una confianza extrema en la fortaleza y el destino del ser humano a tal punto de enfilar las piedras de una nueva mitología judaica, mitad liberadora, mitad totalitaria, a la cual adhirieron buena parte de las conciencias que de antiguo ansiaban el abrazo entre justicia y libertad. Estoy hablando, por supuesto, de Marx. Lo que de romántico arraigó en su programa no creo residiera en aquello que el Althusser más dogmático rechaza en la lectura tradicional de Marx, la existencia de un socialismo humanista e ingenuo que cede paso al avasallador socialismo científico, sino en la creencia de que los individuos podrían abandonar su secular mezquindad y su proterva voluntad de control y exterminio. Estos horrores convertidos en Estado anidaban ya en el Marx filósofo, como en pirotécnica y algo payasa interpretación denunciaron los ahora antiguos nuevos filósofos franceses. El “dominio del Todo” como premisa de la filosofía detrás del marxismo —y en esto habría que remontarse a Hegel y Fichte, para no exagerar la arrogancia historicista, como hiciera Popper, y retroceder hasta Platón— habría de solapar las condiciones para convertir el sueño de la razón en el infierno del despotismo y el terror.

Fui yo una de las conciencias narcotizadas por la mayor de las mitologías contemporáneas. Era chico, demasiado ignorante y demasiado educado en la épica de los pobres contra los ricos en la factoría de sueños de Hollywood, y en los estudios Churubusco-Azteca de la Ciudad de México. Había leído el Manifiesto, había visto al Godard más irresponsable, el maoísta Godard, había leído con prolija atención al más desprolijo de los rojos, el benefactor Engels, y suponía haber acumulado todas las fuerzas para interpretar el nuevo Espartaco. Mi cabeza era, como ocurría aún con la gente de esos años, un batiburrillo aderezado con las consignas de los viejos demagógicos del 68, de un Lenin avant la lettre, y, para no desentonar con las zarzas y las montañas, con una dosis en tabletas de Revolucionario Guevara. Era, en definitiva, un prospecto de oveja autoritaria lista para cerrar filas en torno al Estado colectivista y antidemocrático.

* * *

En lo que he contado hasta aquí solo cabe agregar un detalle: la gente envejece pronto y solo es lo que es.

Hasta aquí lo que cabe constatar es lo vulgar de la confesión, el resto puede ser inferido: ¡no estoy yo para alegrarles el día! Hasta aquí solo cabe recordar lo que Nietzsche escribió: Allí donde el Estado acaba comienza el hombre que no es superfluo: allí comienza la canción del necesario, la melodía única e insustituible.

Digo esto por si suponían que mi testimonio guardaba intención edificante o doctrinaria, por si pensaban que mi afán era ilustrativo o pedagógico.

Aquí comienza la canción del necesario: no puedo yo predicar ni edificar algo porque mi navío rebelde zarpó mucho antes de volverme un parásito sin conciencia, alguien a quien no interesa el destino de los otros, alguien a quien repugna su desesperación; nada puedo ilustrar yo porque he abierto los ojos a la realidad, a la exigencia de la piedad.

No puedo ser ejemplo de nada porque un día observé al hombre y supe quién era. Lo supe cuando encontré a la palabra y ella me exigió que pusiera la mesa del hombre siempre inferior a ella, siempre atravesado por ella.

Quizá también pude saber de la violencia cuando la percibí regada en mi interior, y supe de la mediocridad, la cobardía y la sevicia cuando descubrí cuán endeble y pequeño yo mismo podía llegar a ser. Y me enteré que el único hombre libre es el testigo, el que contempla, el que se resigna, el que ha dimitido. Me doblegué ante la prueba del rebelde que se venga y del que, inmóvil en una orilla o en la esquina, aguarda el desfile del cadáver del monarca para encaramarse en el carruaje de los nuevos. Abdiqué ante el humillado que humillará, ante el ofendido que ofenderá, ante el violado que violentará, me abandoné cobardemente ante la traición del hombre. Solo entonces miré en torno y la boca no alcanzaba a dibujar en mí ningún gesto.

Me acogí, entonces, a la libertad de la palabra, a la desmañada gracia liberal del respeto y lo diverso. A fin de cuentas, en ella el músico puede optar por la dodecafonía y el pintor puede hacerse formalista. Me acogí a ese derecho por utilidad y conveniencia, por complicidad expresa con mi parasitismo social y por consecuencia con mi pesimismo burgués. De otro modo no podría decir lo que me place y en ocasiones, demasiadas, desear la muerte del prójimo, su irremisible extinción, o soñar con impublicables perversiones. Me serví del dolor de una Ajmátova, de la tenacidad de un Arenas o del valor de un Soljenitzhin para hundirme en mi porquería que es la porquería común a todos nosotros. Por cobardía y comodidad ahora puedo decir lo que quiero en la única sociedad en la que es posible decir y querer.

Pero, ¡alto! No soy tan ingenuo como puede creerse: se sabe, no es difícil, que la sociedad liberal es también una pocilga. Que a cambio de concedernos la palabra nos condena al espectáculo, la simulación y la representación, que nos permite pensar —aunque, en un alba paranoica, la Escuela de Frankfurt quisiera persuadirnos también de que en el mundo contemporáneo el pensamiento es cautivo, ay, también él—, pero su precio es demasiado alto: cambiar papelitos por armas nunca podrá compararse a “lograr por la fuerza el derecho propio”, en el momento preciso, Nietzsche nos lo dice; canjear votos por voluntades y a ello denominar acuerdo no puede ser otra cosa que la consagración estadística de una boba puerilidad. Esto, creo, lo ha escrito también el viejo Borges. A ese acto baboso y vil se le llama consagración del soberano, a esa ciega pasión por las masas intenta dignificársele con el nombre de democracia y la propaganda exige que a través de ella debamos entendernos y arreglar nuestros desacuerdos. A todo el episodio yo denominaría El ordeño de una vaca ciega. El ordeño. De-la-vaca-ciega.

Lo sabemos, lo hemos padecido: las instituciones, cualesquiera ellas sean, aplanan, alienan, remachan el grillete y nos dan una patada. Lo que nos dan nos lo arrebatan al instante, lo que nos permiten se lo cobran con creces: son liberales hasta ser atrapadas, luego dejan de serlo y se convierten en piedras para la libertad. Esto, creo, lo ha escrito el odioso Nietzsche. Consecuente, inevitablemente, el hombre que no es superfluo debe brincar el cerco y atacar la libertad aparente de esas instituciones. Ellas, por su parte, siempre estarán dispuestas a tajar las bolas del que no es superfluo.

Antes, cuando era un niño, suponía que la voluntad de poder, tradición y autoridad, era lo que animaba mi repudio por la democracia. Pero, ustedes saben, los niños no son más que un par de huevos estrellados. Hablo ahora para los adultos: no creo en la democracia, en sus razones ni en sus métodos, porque no confío en el hombre. El hombre es el ser que mata, roba y traiciona, es el rebelde de hoy y el carcelero del mañana, es el joven 1968, la almorrana Louis Vuitton del nuevo milenio, es el demócrata común y corriente de este lunes, no más que el jugador taimado, la celestina del poder del martes. Frente a ello, solo me queda decir: jugad, jugad a la inmundicia demócratas, rebeldes, revolucionarios. Jugad.

A mí, escritor que pretendo ser, a fin de cuentas lo que me lleva a traicionar el semblante democrático de la sociedad liberal y a repudiar la buena intención del colectivismo de Marx es que son dos formas de la ideología. Nunca el marxismo debió transitar de filosofía de la historia a filosofía política, nunca el liberalismo debió transar con la justicia y traicionar su propia naturaleza… bah, el mundo jamás será justo. No temeré decir en este punto, y con ello supongo hablar como parte de un grupo —lo sé: únicamente los individuos hablan, solos ahora más que nunca—, del egoísta club de parásitos que no temen a la realidad y la observan con el mohín del desdén: toda ideología es colectivista y todo colectivismo totalitario, toda ideología es una convicción y creer es ya un síntoma de la ceguera. A la mierda cualquier teoría que intente remplazar a las palabras. A la mierda cualquier teoría que nos destruya en nombre de la abstracción. A la mierda las convicciones: no son más que la represión de la violencia y el instinto de muerte.

El parásito lo sabe: el lenguaje es violento y solo su indeterminación puede ser política. Solo el lenguaje y el arte desgarran la corteza y destruyen la falsa conciencia. Y para ello, con ello, en la adultez del parásito solo cabe la indiferencia, el desdén. Qué más. —

Friday, January 29, 2010

No los desnudos

Entre los representados fuera de casa, en la calle o en las residencias ajenas, vestir acaso sea el más elocuente, revelador y distintivo papel del ser humano, más que el juego del sexo o las ideologías, acaso más, mucho más que el desfile de las palabras. Ataviarse, ornarse, tal como ha escrito Alison Laurie en el clásico El lenguaje de la moda, es la forma de comunicación no verbal más extendida en la realidad, y, creo yo, no esconde más secreto que aceptarla o negarla, ser calificada ésta, la realidad, por el sujeto hablante o, si resulta más grato al oído del lector, por el individuo vistiente.

Miradas las cosas de este modo uno puede detenerse en la mujer que porta un vestido color oliva en tafetán papel de seda ceñido por una faja negra en forma de globo, admirar su abrigo púrpura, sus guantes, su cofia y sus zapatos negros de terciopelo, tal como nos la entregaba una fotografía de octubre de 1951 en algo de veras formidable firmado por Balenciaga para Vogue. Pero no han de importarnos las razones aristocráticas de Balenciaga ni de ningún otro al momento de detenernos en la ropa: nos dará igual si transitamos a velocidad del sonido de la alta costura a la moda callejera y aun hasta la ausencia y desprecio por la moda, pasando indispensablemente por el pret-à-porter más o menos costoso; siempre estaremos hablando de lo mismo, de la necesidad del ser humano por ataviarse y ornarse con Dios sabe qué trapería. Podríamos convenir que el ejercicio de la moda es tan antiguo como la vanidad, y eso es lo que ha de importarnos en este lance.

Sin embargo, no me preocupa recomendar aquello que pueda honrar sus vanidades cuanto recordar —y refutar si fuera este el caso— a quienes dicen no tener interés alguno por las ropas. Es opinión que he oído con frecuencia en boca de personas de distinta ralea, y no puedo decir más que su actitud me deja sabor a ceguera. No puedo hacer nada, ciertamente, por quienes no conceden mayor estirpe a la seda que al paño, pero saber que hay quienes opinan que meditar acerca de lo superfluo es en sí mismo superfluo, me recuerda una frase de Balzac, “el hombre que en la moda solo ve la moda es un idiota”, lo que me ahorra cualquier otra explicación.

Los que se oponen a vestir bien, esto es, quienes reniegan de los parámetros que una época impone para lo elegante y lo correcto, los que cuestionan esos parámetros y le dan la espalda a la elegancia, como si lo frívolo del vestir y sus leyes fuesen actos nefastos en sí mismos, son asaz diferentes entre sí como pueden serlo un ateo, un agnóstico y un hereje. El hombre que se niega a vestir bien —como sucede con el ateo que objeta la creencia en un ser trascendente y vive en torno a esa fe, la no creencia— sella con dicho acto una postura ante la ropa y el sistema de códigos que ella reserva a los iniciados en sus ritos, mediante el vilipendio y el regodeo en su aparente banalidad e inutilidad. Para el malvestido la ropa es algo insulso, fútil, superficial, incluso inmoral si ha tomado posesión de la persona que la profesa. Vive, el malvestido, en atención a otros valores que él considera moralmente más altos y socialmente más aceptables, menos vistosos y quizá más ascéticos que los de aquel que es elegante y refinado. Profesa el valor de lo intenso y profundo, y desprecia el celofán como se detesta lo vano y mentiroso, como se desprecia lo vacuo y reciente, lo absurdamente nuevo. Pero tal vez no ha mirado el malvestido más allá de lo que sus equívocos de casimir le permiten ver, no aprecia que quien viste en rigor de elegancia quizá nos esté diciendo que al ataviarse de esa forma atiende a una tradición que ha inscrito paso a paso sus reglas, usos, leyes y costumbres, a un lenguaje que ha acuñado un puñado de detalles, modos y peculiaridades distintivos y únicos. Podría objetarse que esta decisión, la postura de los cautivos del amor propio, no siempre es tomada de modo racional y meditado. Sin embargo, hay que decir que es el mundo el que viste por uno, a través de uno, y no el individuo quien decide arroparse de ésta u otra manera: el estado anímico de la realidad habla mediante las ropas de los individuos de una generación, expresa la forma de entender la relación entre la mente y el cuerpo y la manera de pensar la belleza en un momento determinado del movimiento del mundo. Vestir es, en consecuencia, una elección no consentida, una galería en la cual podemos escoger aquello que hemos heredado de la tradición, siempre y cuando seamos fieles a sus principios y a sus palabras. El ateo del vestir niega la tradición de ese lenguaje y no estaría mal que la negase si no fuera porque en la mayoría de los casos la desconoce completa y la repugna desde la ignorancia.

Si el ateo del vestir defiende lo auténtico del espíritu desnudo —el hombre sin taparrabos de ninguna especie—, un agnóstico podría no negar las tradiciones sino admitir el no poder conocerlas ni decidir sobre ellas. El agnóstico puede encogerse de hombros ante la pasarela en hastiado escepticismo y exclamar, “Bah, ¡otra moda que fenece!”, como un soldado nietzscheano podría decir: “Ah, otro dios que muere”. Podría, este escéptico, declararse ajeno al fuego cruzado entre ateos y creyentes del vestir, e incluso proclamar su neutralidad. El corazón del escéptico suele ser dominado por la falta de agallas aunque quizá también pueda contarse entre sus arraigos la abstracción del mundo, la enajenación de la realidad, la verdadera indiferencia por lo mundano. Ya podrán enumerar en sus cabezas los especímenes de agnósticos, conscientes e inconscientes, con quienes se han topado o ése que habita en su interior. Habría que decirle al escéptico, al profesor distraído o al noble cínico, que además de honrar una tradición, cual es oficio de quien viste bien, vestir es un acto imitativo movido por la curiosidad, por el interés, por el deseo de decirnos como voces individuales a través de un sombrero, una bufanda, un fular o una corbata. Vestir es una aventura de descubrir, de afirmar con lo aceptado, con la prenda o el uso elegido, y negar con lo pospuesto, con lo despreciado, con lo ridiculizado. Vestir es una imitación que muere y renace cada cierto tiempo, pero que en una extensa onda de apreciación, acumula un saber, una cultura, la distinción de estilo de una época. Vestir es coleccionar el mundo que habitamos, sus claves elocuentes y aquellas más discretas —unas solapas angostas hoy por hoy, unos zapatos bicolores de ayer a hoy—, y ajustarlos a nuestra entonación, a nuestra biología, a nuestro pasado y humor transmutado, si es preciso repetir los tonos con que Barthes refería el estilo literario. De la misma forma que vestir es calificar la realidad contemporánea, aceptándola o negándola, vestir es resumir la historia y la crisis de una época, la violencia de una era, es la síntesis desplegada sobre el cuerpo de un individuo. Vestir es despedir un aroma y liberar un humor, algo sublime y vil a la vez. ¿Podría el indiferente, el escéptico, el distraído, lanzarse a interpretar el mundo, su cultura, una época, atreverse a criticar su realidad, ser alto y bajo al mismo tiempo en ejercicio de la escasa libertad que ostenta el hombre moderno? ¿Será capaz de comprender el agnóstico del vestir que en una apariencia puede resumirse una esencia, como lo dijo el filósofo Theodor Adorno, será capaz de concentrarse y habitar su cuerpo por una vez, una sola?

Naturalmente vestir es un acto superficial: empieza, acontece y muere en la superficie. Es el desprendimiento de la persona que vacilamos en liberar y asume por lo general color de pátina. Vestir es el monólogo de ese ser resguardado. El grato, cortante y excéntrico Salvador Elizondo decía que nadie se disfraza de algo peor que de sí mismo; en consecuencia, si acudimos a una fiesta disfrazados de cerdo no somos ya peores que el cerdo. Puedo inferir por tanto que la diferencia entre el disfraz y la ropa —que, hay que advertirlo, es una variación del disfraz— reside en lo que el hombre significa: el individuo se disfraza de lo que aún no es, viste lo que quisiera ser. Esta brecha entre lo que se es y lo que se desea fastidia a los moralistas, es un anhelo que los revuelve: para el moralista no cabe la ropa ni el disfraz pues habríamos de parecer lo que única y propiamente somos.

Pero entonces, ¿dónde se encuentra al hereje? El que interpreta a su antojo la fe y aun la funda, fanáticamente, al extremo, quien pisa la hoguera por llevar hasta los límites su versión de una creencia, ése es el hereje. Sabe entonces, el hereje, que el cuerpo es la gran incomodidad y la realidad siempre es mayor que el individuo. Por lo primero, cuando elige algo que llevar, elige también una tensión entre ofrecer y guardar, entre esconder y revelar, se debate entre el atuendo y el disfraz. Por lo segundo, viste un poco más allá de lo que es e intenta salvar la franja entre él y la expectativa sobre él. De ahí que el hereje sea otro y sea él mismo cuando está vestido. De ahí que sea yo y seamos nosotros si se ha vestido.

Su meta es vestirse y tratar de desatar el código de una época con lo que debe vestir y aun con lo que no desea, esto es, de acuerdo con las prescripciones heredadas de sus padres. En esta lid, el hereje se venga de los progenitores y de su emanación: la realidad. Asume las tradiciones y asume las prohibiciones de una cadena que se extiende hasta un punto en el pasado, es libre para decidir sobre lo dado pero también es un creyente, un esclavo que lucha y debe luchar con lo que le es dado. El hereje puede mirar la fotografía de la mujer de Balenciaga, escuchar completa su interpretación, venerarla y estar listo para su destrucción. Hay que precisar que la romperá desde el fracaso y la caída, pues el varón viste su fracaso, a diferencia de la mujer, la hembra, quien interpreta la soledad con sus atuendos. Por ello el hombre finge cuando viste, actúa, y la mujer ostenta, aunque padezca.

La fotografía en trizas es la punta del iceberg de la crítica de la cultura. En uno de sus pedazos, podríamos nosotros advertir la cofia y preguntarnos, “¿qué es una cofia?”, pero la pregunta no tendría sentido en sí misma. Porque, como se ha visto, solo tiene sentido interrogarse de quién fue esa cofia, para qué sirvió, contra quién combatió, quiénes fueron sus ancestros, cuál su soledad. Preguntas que solo pueden formular los individuos vestidos, los terroristas que visten, los pensadores que han vestido, la realidad y el arte, vestidos. Nunca los desnudos.

No los desnudos. —

Thursday, August 06, 2009

Michael

1 Yo soy Michael Jackson

Muerto Michael Joseph Jackson —una camilla en que yace su cuerpo extinto—, la noche del 25 de junio advierto una sombra que se agiganta hasta alcanzar el cielorraso. Lleva, la sombra, el corte de pelo a lo Beatle, la silueta fina, alargada, deforme, enredada en los ovillos sonoros de Thriller, Beat it, Dirty Diana, contoneándose, enmascarándose, contoneándose… beat it: soy joven, extraviado en el mundo como solo el joven puede perderse. Hundido y enajenado como solo se hunde un adolescente que examina su rostro inseguro en el espejo, la casa, el barrio de San Juan, yo, solo deseo, falseando la vida, la esquina y el empedrado, estirándolos y extirpándolos, que mi cuerpo se estilice a imagen y semejanza del de Michael, el Jacko. Corre también el 84 —el mejor año que la iconografía de los 80 recuerde, igual que el 86, el 87, el 88, los ochentas en plenitud— y el triángulo rasurado en las páginas de Playboy corre aún más aprisa: es la madona que me pierde, se sacia, me lubrica, me pierde, la starlet que flota como una virgen regentada por el más rojo satén con el que ella a su vez regenta una corte de bobos. Como virgen. Su chambelán, compañero de realeza e icono eterno, es un joven negro y caquéctico vestido con traje plata de confección milimétrica, los zapatos bicolores, la chaqueta colocada al hombro mientras va caminando y las casillas del ajedrez que es la acera se encienden a su paso. Da una vuelta, el joven, ¡relámpago!, suspende la rodilla en el aire y ahora todo él se agita alienígena, milimétrico, geométrico. Mchl Jcksn. Él y la entrepierna Madonna, tan deseables los dos, tan bellos, riegan su esplendor como si la pólvora de un tiempo estirado, optimista, mentiroso, cubriese el planeta de edulcorante.

En San Juan, yo me ocupo de seguir la pista al joven ébano, ladeo el ala de un sombrero confiscado al baúl de mi padre, disfrazo mi ojo derecho y guiño al espejo con mi otro ojo, como si la broma de un joven vecino del Bronx se oficiara en privado. Corto también mis pantalones, dos dedos sobre la curva de los tobillos, los entubo y los afino, estiro mis calcetines blancos, me calzo los mocasines negros. Retroceden los mocasines, se levantan los tobillos, mantengo pegada al piso la punta del pie, lo alterno, ahora el derecho, y así sucesivamente hasta dominar el paso. Billy Jean podría llamarse el baile. Pero es en el Bronx —un barrio enquistado en el sur de Quito, el hogar de mis primos—, el lugar donde habitan los negros, las vivanderas y los obreros, es ahí donde el miedo se fabrica como la miel en una colmena, ahí donde todos somos Michael Jackson, donde todos aprendemos a bailar y a vestir tal cual Mike, orgullosos de mirarnos al espejo y reconocernos, de conjugarnos negros, violentos, venganza, de conjugarnos y hermanarnos en el gospel.

Emocionado y ligero como se encandila el niño solamente, tomo las manos de los únicos pares que tuve, los reconozco idénticos, disfrazados e idénticos. Con ello se queda grabada para siempre en mi alma la convicción de que una de las posibilidades de ser, de existir, la más próxima acaso, sea calcar, imitar, copiar, ser un fan.

Era inevitable: siempre iba a ser Michael Jackson.

2 Man in the Mirror

Muerto Michael Jackson, se dirá que el astro no soportó hacerse viejo y prefirió marchar hacia la muerte. Aparecerán los intérpretes de este hecho, los abogados, los filósofos, los moralistas. Vendrán los médicos, los sirvientes, los testigos, los economistas con sus máquinas de cálculo. E imagino será justo que se asomen todos ellos: a fin de cuentas Michael no solo era yo sino también ellos. No como ellos, sino ellos. No fue él solamente un estupendo accidente del funk, el rock y el pop vertidos en un crisol destilado por la potencia subyugante del disco music, este cincuentón que ahora yace en el ataúd y cuyos mejores días habían quedado atrás —aquellos de Thriller y la fantasiosa cantidad de discos aparecidos en nuestras casas por intervención de la magia o los de Bad, la revolución del vídeo clip y quién sabe cuántas glorias más—, no fue solamente el bailarín imposible y antigravitacional o el hombre impecablemente disfrazado, no solo el pasado triste y sórdido a manos de un padre enamorado del dinero y de una industria enloquecida, además de todo eso, Michael fue el señor de los dominios del escándalo y de aquellos que los tabloides han bautizado como territorios de la “extravagancia”.

Ahora que lo veo en su espléndido féretro, también lo descubro recostado en la cámara de oxígeno, tan pacífico, redimido casi, como si aguardara la llegada de la muerte en la suspensión de la vida, en la congeladora de las arrugas y el tiempo. Ser joven fue siempre una de sus consignas, apresar al niño que nunca fue, y al igual que Howard Hughes, Michael optó por aislar el factor muerte, por suprimir el polvo, la suciedad, la enfermedad y la vida, y echarse a contemplar la eternidad. Aunque la cámara de oxígeno anticipara su muerte, persiguió la elegancia, la juventud y lo bello, las tres grandes fuerzas del hecho contemporáneo, las tres letales víboras de la vida moderna. Sirvió a las tres a partes iguales y con ello sintetizó la añoranza y el ideal de todos sus contemporáneos: fue un hito de la esbeltez, de la delgadez, del hambre —pesaba cincuenta y tres kilos a la hora de su muerte— a la manera de Jagger o de Bowie, estableció las pautas de la desconcertante androginia contemporánea, sirvió a la elegancia a la manera de un maniquí por el que desfilaron los cambios y caprichos del buen porte y la costura robotizada, padeció la juventud en su rostro, en su figura infantil e idiotizada, y caminó del negro al blanco acaso como la más grande desviación humana jamás vista.

Son estos los restos de este tiempo, estas, las excretas de nuestro paso por la Tierra si aceptamos ahora ser contemporáneos de todos los hombres. Por eso, por ser ellos, por ser los hombres, nunca se perdonará a Michael no soportar haber sido él, solo él, joven ébano y belleza, ahora, a su muerte, no soportaremos desconocernos en él, en su rostro cincelado y transfigurado, desconocernos en él quienes nos conocimos en él, los negros, los violentos, la venganza, los hermanos en el gospel. No le perdonaremos haberle otorgado el permiso para entrar en nuestra infancia y hacer de ella, de nuestra adolescencia y juventud una ilusión, tan solo para destruirla con su partida, con su huida. No le perdonaremos situar una muerte dentro de todos nosotros, endebles hombres contemporáneos, algo insoportable, ésta, la muerte de lo que fuimos, de lo que quisimos ser y no fuimos. No le perdonaremos haber sido tan natural y espontáneo en sus orígenes, y llegar a ser tan insoportablemente ambiguo a su hora final, no apreciamos nosotros las indefiniciones, no las admitimos, nos abruman en todo lo arbitrarias que son; no le perdonaremos haber terminado como un andrógino asqueroso. No perdonaremos a este palpable Dorian Gray haber tentado la juventud porque nos tortura a nosotros descubrirnos viejos cuando echamos un vistazo al espejo y constatamos el ardor de los años y del tiempo. Jamás te perdonaremos, Michael, que intentases ser blanco como nosotros, y tampoco hemos de perdonarte habernos repudiado y renegado de nosotros, Michael, nosotros, negros.

Como es visto, con su final inesperado y catastrófico, Michael muere por nosotros, muere para que vivamos en paz.

3 Madonna (ante el cuerpo de Michael)

Muerto Michael, no puedo parar de llorarte. No puedo detener mis lágrimas ante tu cadáver que es el mío. ¿Crecimos juntos, recuerdas? Yo, la chica materialista, tú el joven rey, yo, la reina, tú el pop, la banda sonora de esa gran carretera que es el presente a nuestros pies, el pop tras nosotros, colgado de nuestros pulgares, debajo de nuestros pulgares.

No puedo detener mis lágrimas ante tu cuerpo, Michael, ahora, en el celoso brocal de tu vida.

¿Recuerdas el fulgurante traje rojo, las bragas negras y sedosas, las intimidades de puta que usé para ti esa noche, my sweet prince and lord, mi pequeño niño hundido en el infinito rancho de tu extravío? ¿Recuerdas mi regalo, yo, vampiresa para ti, mi ultrajado bebé, carne tibia de porcelana, infante colgado en mis mamas de tráfico oscuro y sórdido coito? ¿Recuerdas, mi Baby Face, recuerdas la noche en que tu falo frío, inocente, mínimo, negro, no llegó a sentir siquiera mi carne de Mesalina, de Magdalena y Salomé?

¡Dime algo, figura de ébano!: mañana seré vieja, no habrá retorno, no habrá talento ni pureza, no habrá espontaneidad, fiereza, escena ni ruido. Quedaré yo, sola, cansada, derruida, sola, y tú, descompuesto en el infinito para otorgar la gloria a tus fieles, tú y tu máscara de plástico cera. Tú, Michael Joseph Jackson, nacido el 58 y muerto el veinticinco de junio de un año trasmontano, solo tú perdurarás momificado, escupido, vociferado por siempre.

Yo, a la caída del crepúsculo, exigiré que me conduzcan al escenario, que me humillen en él, porque estoy viva y soy la luz.

La luz, Michael.

La luz.

Thursday, May 07, 2009

Retiros imposibles

1

Hace tiempo procuraba ganar ciertos lugares, recorrerlos, aunque es tanto ya, que los he dejado de buscar y olvidado casi. Pero los últimos días han retornado con cautela, como la luz que salpica el rostro de un preso la última mañana antes de irse. La búsqueda había comenzado cuando niño: mi bautismo de sangre —es un decir— lo recibí con el agua y la sal de celuloide en esas películas americanas que vuelven loco a cualquiera, aquellos films con la clásica escena, tan americana por cierto, de un hombre que fracasa o está a punto de fracasar, mientras la noche lo sorprende como la boca de un lobo, una oscuridad que lo encumbra sobre una silla de patas largas mientras se recoda en la esquina de la barra, sorbe un martini, la mirada extraviada en el vacío, y el cantinero se mueve silencioso con los oídos atentos a la confidencia inicial. Bien, este cuadro y otros han sido para mí, leche materna y gorjeo, con lo cual quiero decir que desde siempre fueron de mi propiedad. O casi: para interpretarlos echaba en falta la barra del bar, es decir, la escenografía.

Obsesivo como soy, me puse a buscar el lugar adecuado para recrear mi fracaso. La primera dificultad pudo haber sido mi edad: frisaba yo unos nueve, aunque mi apariencia fuese de diez años. El segundo escollo se escondía en la locación: barrio de San Juan, ciudad de Quito, década del 80. El tercero acaso fueran los bolsillos: ni un talento. Consigno estos detalles, imbéciles ya para la mayoría, porque imagino contribuyen al cuento: no se comportaban geografía ni historia muy dóciles a la hora de respaldar mi cometido. Ya en el terreno de lo concreto, una tarde descendí del cerro con el fin de peinar el lugar y alcanzar mi objetivo, con tan mala fortuna que solo di con un par de músculos agarrotados, la reprimenda del dueño de una cantina y el melancólico contemplar de los lamentables remedos de mi ilusión. ¿Había yo buscado bien? ¿Me permitían mi edad y mi imaginación, husmear, sagaz, en pos de un retiro romántico, alcohólico y triste? ¿Había seleccionado adecuadamente los lugares encontrados en la guía de la ciudad, veinte, treinta años atrás? Recuerdo haber escogido bares y restaurantes de hoteles y algunos restaurantes de lujo sin hotel para dar con la barra de mi dorado bar. Adelanté mis pasos hasta La Rotisserie, por ejemplo, el restaurante de un hotel muy céntrico donde lustros atrás se había rodado una comedia picante mexicana. ¿Encontré en La Rotisserie a mi cantinero, diligente y noble, el cancerbero de la soledad? ¿O tal vez fue en la Belle Époque, un restaurante de húmedas paredes ensalzado por la reina Sofía a su paso por Quito, periplo del que nadie guarda ya memoria en la ciudad? ¿Era Belle Époque, así se llamaba el lugar? ¿Tenía barra, barman, coctelera y dry martini? ¿O lo confundo ahora con un puterío que todo mundo adoraba en la Quito de los 80, uno perdido entre las calles, siempre dadas al extravío, del barrio de La Mariscal? ¿O Kon-Tiki fue el telón donde mi soledad de oficinista neoyorquino, la corbata fina y negra apenas desatada, la camisa blanca con los puños doblados, el cabello revuelto y la mirada de lobo apesadumbrado, inconsolable, desató todo su furor? Kon-Tiki, Kon-Tiki: ¿no era ésa una posada cara de comida polinesia? Esos años además registran una barra de cocteles en la temprana calle Amazonas (la que denominan bulevar) quizá en su cruce con la Robles, igual que una parada de cervezas en la Amazonas cruce con la Orellana, versión de pub inglés bautizada con el nombre de Bush: ¿descubrí ahí a mis compañeros en el sendero del desaliento, en la vecina silla de los cocteles o en la pobre barra del desangelado Bush y su letrero de neón? ¿Habré yo buscado bien?

La verdad no creo haber pasado por ninguno de estos sitios, debí haber sido muy niño entonces, aunque estoy seguro que en ninguno de ellos iba a encontrar mi fugaz estrella de Edward Hopper. Ello por algo que no puedo ocultar: por aquel tiempo, virtud que en algunos aspectos todavía conserva, Quito era, sencillamente, una mierda. Durante aquellos y muchos años después, la soledad seguiría siendo algo cotidiano y muy temido en la ciudad, enfermedad que aislar entre paredes, cual una de ésas que se denominaron en un tiempo entregado a la estupidez y el romanticismo, enfermedades literarias.

2

Pero no me he detenido para recordar a Quito y sus dulces letargos, me he parado, como admite la dignidad mínima de un hombre, a pensar en lo imposible, en lo extinto, en lo negado en cualquier lugar y condición. De esa naturaleza ha sido, por ejemplo, la noción de bar. Don Luis Buñuel, cautivo de bares, medievalías y retiros, lamentaba la época nefasta en que le había tocado vivir, la que no respetaba nada, “ni los bares”, según decía. Su noción de bar era muy clara, un establecimiento apartado, “una docena de mesas a lo sumo”, silencioso, oscuro, bien provisto, retiro monástico en que la moneda de uso corriente era el anonimato y su correlato, el sosiego. Contemplación y sosiego, altas notas del cerrado egoísmo, defectos que se alejan en retirada en un tiempo de bullicio y cofradía, en uno en que el tiovivo y la campanada de la masa han vencido y campean con su traje omnipotente. Ya Buñuel vagaba por los interiores del hotel de “San José Purúa”, en México, en compañía de sus fieles Jean-Claude Carrière y Serge Silberman, guionista y productor de algunas de sus cintas, tras la clausura del bar del hotel, en 1980. ¿Qué sucederá con nosotros, bárbaros tecnológicos de inicios de milenio?

En el 80, cuando Buñuel contaba igual número de años, yo apenas tenía seis y ya comenzaba a inquietarme el pasado y la necesidad de retiro. Antes del bar, entre las páginas de las revistas y acaso en algún film, había reconocido el ambiente de París y sus pintorescos cafés. En uno de ellos, el «Cyrano», “un auténtico café de Pigalle, popular, con putas y chulos”, Buñuel se había integrado al grupo surrealista, tras la exhibición de su obra primera, Un chien andalou, la película del globo ocular seccionado por la navaja barbera y los dos maristas que arrean una dupla de pianos con sus respectivos burros podridos encima. Aunque desconociera el «Cyrano», creo haberlo presentido en esos años mozos y observarme sentado a una de sus mesas con la sola compañía de un largo café con crema, cigarrillo en una mano, pluma en la otra, concentrado en la tarea de llenar blocs y libretas con nombres de calles parisinas, prescripciones de guardarropía, la trama de un policial en que el verdadero asesino es un campesino idiota, la descripción física detallada de Quint, el personaje de Otra vuelta de tuerca, y muchas estampas pornográficas, zoofílicas y antropofágicas. Aunque pudiera pasar por presuntuoso, la tercera parte de aquello navegaba por mi mente y eso supo dejarme conforme.

Sobre los cafés ansío extenderme en otra entrega, pero lo que sí diré es que su añoranza ciega no me indujo a salir de casa, al revés de lo que me ocurrió con los bares: me conformé con ensoñar París, cerrar el paraguas, dejar el abrigo blanco bien doblado sobre la silla contigua y sentarme a escribir. Al fin y al cabo, París siempre será París.

Algo que me asombra es la negativa del tiempo a darme la razón, a mí, a Buñuel y a París, la obstinada resistencia de mi ciudad, Quito, para dejarse persuadir por la necesidad de apartamiento y contemplación, algo que en realidad no debería asombrarme si advertimos que los bares del mundo van extinguiéndose a paso de gigante y ninguno queda acaso, y los cafés son hoy por hoy lugares de chacoteo y exhibición antes que refugios de ensimismamiento y trabajo. Si la inspiración es despertada, como Flaubert escribió, por “la contemplación del mar, el amor, la mujer”, con lo que terminamos presa de las musas, ¿arrobarse con el sigiloso paso de los fantasmas, escuchar su respiración fatigada, apurar la copa, o mejor, no apurarla, dejar sobre la mesa un cubo de hielo y contemplar cómo se derrite y forma un lago en el que la barcaza de nuestros sueños naufraga inexorable, extraviarse en ello, en una meditación, constituye la zozobra de esta despreciable era?

Hecho y deshecho, como gustaba decir Onetti, algunas veces he intentado tomar una copa en la barra de un restaurante o sentarme a escribir un par de ideas en la servilleta de un café, pero siempre fracasé rotundamente y con sistema; apenas principiado el whisky o el vermú sentí clavados en mi espalda decenas, cientos, miles de ojos o comenzó a escocerme la hora de retornar a mi encierro casero. En el café, no ha faltado la ocasión de sentir una palmada familiar en el hombro y admitir el reflejo inmediato que oculta la servilleta en los bolsillos o, hecha una pelota, la salva dentro de un puño.

—Nada…, espero a alguien… Pensaba.

Hemos salido juntos, con el recién llegado, y nos hemos sumergido en la plebe.

Aunque ahora que lo pienso, no nos caería mal tentar el riesgo y fundar entre ambos distinta cofradía: la Sociedad de los Amigos del Crimen, los Bares y los Cafés.

Inscrita ella sea. —

Wednesday, January 07, 2009

Atrapados en Caracas

Feria Internacional del Libro de Venezuela 2008

Dígase, para justificar la primera persona, que solo tenía ganas de salir de casa, patear calles y trotar mundo. Recuérdese además, a la hora de zanjar las cuentas, que el Ecuador es un paisito de capillas literarias, de favores pequeños y prolongada cobranza, que su república de las letras oscila entre la burocracia, el exilio y la inercia. Téngase esto en mente a la hora de asestar un porrazo al crítico.

Liemos el grupo para montar la escena: los novelistas Javier Vásconez y Juan Pablo Castro, el editor Yanko Molina y el ensayista Estrella, pálidos, sendas las chaquetas e imaginarias las corbatas, abandonan Quito con destino Caracas. Desde el principio no albergan mayor esperanza: van a la Feria del Libro de Venezuela en plena era del Coronel Chávez. Se dice que el Ecuador es el primer país convidado a la feria, que la invitación se extiende a setenta artistas, que los escritores Adoum y Donoso Pareja serán honrados. Se dice. Desde las páginas de una revista, Adoum ha interpuesto sus palabras para agradecer y plañir con cursilería el honor que le cabe por haberse tomado su nombre para bautizar uno de los pabellones de la Feria y hacer fila junto a los conspicuos nombres de, ay, Manuelita Sáenz y el Libertador Bolívar. Adoum, el patriota.

Decía que partimos sin más esperanza que revisar títulos y conocer a uno que otro colega, un mexicano aquí, un centroamericano allá, novelistas, poetas, venezolanos, dramaturgos. Decía que el escepticismo nacía aquí, en el Ecuador, donde las notificaciones, los cronogramas, el programa de conferencias llegaban tarde y nada quedaba en claro. ¿Una página web, un plan de viaje, un itinerario? ¿Para qué? Basta una tabla de conferencias que se anticipan, por decir lo menos, grises. Y Chávez. Y el terrorismo mediático. Y la mesa del nuevo socialismo. Y las mujeres en la literatura, el sesgo correctamente político que abruma. Y los recitales. Y el carrusel poético. Y algunos malentendidos en el camino de Caracas. Y el irrespeto.
Pero habíamos aceptado salir y a algo debíamos dedicarnos. A patear calles y trotar mundo. A conocer un poeta aquí, un novelista allá, según la suerte echase las cartas. A descubrir que en Venezuela los verdes de un dólar se cambian oficialmente a 2.50 bolívares, y a 3, 3.50 y hasta 4 en el mercado negro. Así es que henos aquí los del cuento, Vásconez, Castro, Molina y el que raya, sentados a horcajadas en taburetes de la trastienda de una pastelería cuasi italiana, transando el cambio de uno por cuatro, mejor no es posible, ahí los que cierran el trato con vasos de café humeante sobre la mesa —la temperatura en Caracas es de 30 y 35 grados—, ahí nosotros en el papel de mafiosos de pastelería. De manera que casi habíamos olvidado nuestro objetivo pues la cosa pintaba cariz de acción, calle y mundanidad, aquello que a los novelistas excita y a los críticos estimula en grado extremo. Aparentemente Caracas iba a resultarnos hermana.

En el vestíbulo del hotel —un gigante gris expropiado por Chávez a la cadena Hilton—, el Alba Caracas, pululan los ecuatorianos, la “delegación”. Es cosa de invocar y pedir: si usted desea un poeta, tenga aquí un poeta, si un novelista, he aquí un novelista, si un teatrero, venga por un teatrero. ¿Percusionistas, actores, arlequines? ¿Matadores de toros? Todos caben en esta fiesta: no podría esperarse cosa distinta a que el gobierno hermano del Ecuador se solidarice con el de Venezuela y colme las habitaciones del Alba (trasunto de Alternativa Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América, el proyecto de integración alternativo al ALCA propugnado por Chávez), que cubra sus pasillos, ascensores, vestíbulos con la crème ecuatoriana. De hecho, nunca antes en el Ecuador había visto yo tanta intelligentia reunida, todo gracias al gobierno bolivariano de Venezuela y a su proyecto de república populista. ¡Unir nada más y nada menos que a moros y cristianos andinos en feliz procesión hacia la nada, los brazos enlazados y la frente altiva! Y todo gracias a los pasajes estatales, a las habitaciones estatales, a las blancas sábanas estatales, a la suculenta comida de un hotel del Estado.

(A propósito de comida: los cocineros chavistas terminan por ofrecer una lección de fordismo y producción en serie a los buenosparanada de la cadena Hilton. Si la comida es aceptable y sirve para nutrir a los cerebros ecuatorianos es porque hay un sustrato básico que elimina diferencias entre la entrada, el plato fuerte y los postres, de tal manera que al segundo día ya no se distingue si el postre es la entrada, el plato fuerte la bebida o la entrada el pan: todo se remite a una raíz común combinada en las secretas ollas del Alba. Aceptable es sinónimo de deseable y deseable es sinónimo de popular en la cocina de los países socialistas. ¿Para qué más? ¿Para qué, si da con el combustible que alimentará los huesos y músculos de los artistas de la nación convidada? Ahí radica la diferencia ética entre Paris Hilton y su cadena de hoteluchos y el bien faire del Coronel Chávez, en ello se oculta la esencia del bienestar para todos versus el privilegio de pocos).

Bien alimentados, echamos un vistazo a la feria. “¡Bienvenidos a la Feria del Libro de Venezuela!”, reza la voz de una presentadora de circo. “¡Bienvenidos a la Feria del Libro de Venezuela!”, repite a voz en cuello, y ya comienzo a perder la paciencia. El lugar elegido es el parque de Los Caobos, situado a unos pasos del hotel en que nos quedamos. Para no descuidarlo, empecemos por el hígado: extraviados en el mundo contemporáneo, a la deriva en el parque, Vásconez y yo nos declaramos ajenos al manoseo del arte como un espectáculo de masas, consumo y variedad: Claudio Magris y un bello libro, Ithaca y más allá, por ejemplo, comparte cartel con sombreros de paja, caldo de lagarto, té helado de un dólar y unas abominables sudaderas de Guevara, el doctor Castro y Karl; los estantes, dispuestos en el largo corredor de dióxido de carbono de los que practican trote matinal, lucen precarios, desordenados, exiguos. Afinando la búsqueda, la decepción final: ediciones antiguas, tomos baratos subvencionados por el milagro socialista de Venezuela, escasas novedades, grandes editoriales en lengua española ausentes casi por completo. Fuera de la feria, un librero chavista de las Librerías del Sur —misión ideada por el gobierno bolivariano para difundir la cultura entre el pueblo llano a través de la expropiación de librerías privadas— me contará que algunas editoriales extranjeras pensaban usar el espacio de la feria para montar un show y acusar al régimen de colocar óbices a la circulación y distribución de los libros. “No podía permitirse y por eso quedaron fuera”, dirá, y yo cerraré el pico para que él siga soltando el suyo. Me entero, por ejemplo, que el régimen paga los derechos de ciertas obras a las editoriales y a los autores con el objetivo de publicar títulos subvencionados. Es el caso de El vano ayer, de Isaac Rosa, penúltimo premio Rómulo Gallegos, que compramos a poco más de un dólar, volumen que en el Ecuador viene a costar algo más de veinte en su edición de Seix Barral. Como andamos bajo sospecha, los cuatro del grupo nos dedicamos a juntar las piezas: el régimen bolivariano practica una competencia desleal aparejada de estrategias como la expropiación y el espanto a las editoriales internacionales, principalmente españolas. El resultado: ausencia casi total en la feria de títulos de Tusquets, Anagrama, Santillana-Alfaguara, Océano, casas que se la pensaron muy bien antes de acudir y terminaron por no hacerlo o enviar los huesos. Vásconez y yo nos miramos. ¿Bienvenidos a la Feria del Libro de Venezuela?

* * *

Revelada la pobreza del evento, la noche del primer día acudimos a escuchar la exposición de Vásconez quien se llegó a Caracas con la conferencia La novela como naturaleza muerta. Vásconez viste una chaqueta nueva color azzurra, camisa blanca y corbata de puntos. Bajo el toldo, discurrimos sobre ecología, naturaleza, imaginación y el arte de novelar. Esa noche asisten José Sánchez Lecuna y su esposa Ana María Velázquez, dos venezolanos amigos de Vásconez. Sánchez Lecuna, un hombre pacífico y tierno, ha hecho su carrera en Francia, se especializa en literatura francesa y vivió algún tiempo en el Japón cuando niño. Resulta, de hecho, un ser tan extraño en Venezuela como un argonauta europeo atrapado en un cyber tropical. En un momento de la ronda de preguntas, Vásconez recuerda a Conrad y su “Horror, horror”, del Corazón de las Tinieblas. Mientras habla, observo a Martin Sheen emergiendo de las entrañas del terror embadurnado de grasa y verde vegetal, pero me expulsa del ensueño la nueva gracia de la masa: una orquesta comienza a tocar en el lote contiguo al parque interrumpiendo la audición. La cultura de masas, el deporte de la cultura, la homogenización. El horror.

Otros seis días se suceden en el marco de la Feria, el Alba Caracas y Venezuela. Las mesas de conferencia inician tarde, mal o nunca, los conferencistas hablan de aquello que no saben, se instalan con un tema que los sorprende minutos antes de montarse al potro, apelan al populismo tan rentable en estas tierras. Que Manuela Sáenz no es la amante de Bolívar, que se trata de una heroína por cuenta propia, armada por el mismísimo San Martín. Que es cuestionable hablar de literatura ecuatoriana del siglo XXI por premura e inconsistencia de concepto, que es mejor hacer una retrospectiva del último siglo XX y declarar muerta a la nueva generación: al fin y al cabo, ¿a quién le interesa si ya Adoum ha expresado su pesar por la falta de compromiso de esos paletos? Que las mujeres leen a los hombres dice una matrona, no así los varones a las mujeres quienes prefieren a los machos de su género, Hemingway, Faulkner, Miller, en lugar de practicar la calceta con las escritoras del género femenino. En todas las mesas hay quienes aplauden. En todas las mesas alguien reclama no haber sido tomado en cuenta, “yo también escribo sobre esto y estotro” se emperra. En todas las mesas las moscas caraqueñas zumban sobre la frente de los ecuatorianos muertos de sueño frente a las iluminaciones de otros ecuatorianos. Como es costumbre, todo queda entre nosotros. Bajo un velo de silencio.

* * *

La generosidad de Vásconez no conoce límites: día tras día intenta conseguirme una mesa para que lea las cuartillas que he llevado a Venezuela. Se lo agradezco, en persona y por escrito ahora. Pero lo que mi amigo parece haber perdido de vista por un instante es que nos dirigimos lentamente hacia la nada. Ex nihilo nihil fit.

Mientras tanto, el mismo Vásconez, J. P. Castro, Yanko y yo nos dedicamos a pasar por la piedra al universo y a platicar de literatura en los bares, restaurantes, salones y vestíbulos del hotel. Aguzando el oído, una mañana escuchamos la interpretación de un argentino afiebrado que intenta apuntalar la hipótesis de que la caída de las Torres Gemelas es una farsa maquinada por los americanos para encender la mecha de la guerra. Cientos de pequeñas bombas y explosivos se han instalado en cada piso del World Trade Center para colapsarlo como un edificio viejo. Una película de mala factura se ha rodado para consumar la comedia universal. El argentino es locuaz y exhibe ojos de fanático. Nos brinda tela que cortar para el resto de la tarde. Si la guerra no ha tenido lugar, como deliró ya un francés, la caída de las Torres tampoco es real. Nada es real. La guerra no es real. Bush no lo es. Ni el socialismo. Ni Caracas. Ni el argentino. Ni tú.

* * *

¿Algo puede ser internacional por el mero hecho de reunir un ecuatoriano aquí, un argentino loco allá, un venezolano desesperado, un cubano con ojos de Goebbels que se ha, literalmente, colado en nuestra mesa para darnos lecciones de revolución y liderazgo?, me pregunto mientras doy vueltas en la cama y el ruido de los coches toma mi habitación por las paredes y ventanas. ¿Puede llamarse internacional un pegoste hecho al apuro para promocionar a un régimen? ¿Qué es lo internacional si no una forma de ver las cosas, una actitud, un diálogo, el flujo libre de las ideas, no una mancha diluyéndose en la frontera?

* * *

Extraño a mi mujer, extraño a mi hijo.

* * *

A la hora del almuerzo en el Alba veo a Jorge Enrique Adoum sentarse a la mesa con un cigarrillo negro encendido y comenzar el rito. Se lo ve disminuido, opacado, abatido casi, un hombre que mastica, bebe un sorbo de agua, da una chupada al cigarro y mastica otra vez. Lo han tratado mal, peor, y él lo sabe, pero declara a la prensa que Venezuela vive un buen momento político. Ninguna atención, ningún servicio, ningún protocolo han prodigado al Patriota. Solo una arenga del Ministro de Cultura de Venezuela, que nos perdimos pero nos cuentan, una medallita y ya está. Los incondicionales contentos, la revolución y la cultura revolucionaria. Una mordida a un pan reseco, un sorbo, otra calada. Masticar.

A Donoso Pareja lo veo de lejos una tarde en el vestíbulo del hotel; la mata plateada, ciertamente gallarda, la cabeza ladeada, la mirada intensa. Quien empujaba su silla lo ha dejado por un momento, instante que Donoso aprovecha para descansar del viaje. Después no lo vuelvo a ver. Permanecerá en la habitación, supongo, en compañía de su esposa o de un asistente. Encarcelado en una habitación de hotel.

Caracas se desdibuja. No es, o no lo parece, la metrópoli mundana que esperábamos. Lo de más riesgo ha sido cambiar dólares en la pastelería. Pero ya estamos empachados de café y de intentar hacernos entender. De hecho, algo sucede con los venezolanos, es como si no se enterasen, como si hablasen un idioma de tronco común con el nuestro, pero ajeno en el fondo. Dentro de la habitación las cosas tampoco mejoran: en la televisión Chávez habla, grita, chilla, convoca a las masas, a la multitud. Elecciones de no sé qué. Muros pintarrajeados, camisetas rojas, brigadas femeninas, activismo. Apago el aparato e intento dormir, pero el murmullo de la calle no cesa. Lo enciendo otra vez: más Chávez, todo es Chávez. Más chillidos. Más verborrea. Más sermones. Zappeo. La televisión por cable del hotel debe ser la más aburrida del planeta Tierra. La revolución, el socialismo son castos, verticales, impolutos. El lugar más procaz que hallamos en Caracas es el Museo de Arte Contemporáneo. De no ser por el Museo, Caracas hubiese sido una fábrica de pacata militancia y algo más apenas.

Ahora sé también que el Ecuador no es el primer país invitado, que no voy a trotar calles ni buscar mundo, y que no voy a leer jamás mis cuartillas ni vencer el tedio. Al fin y al cabo a mí no me gusta trotar mundo ni viajar a ninguna parte. Al fin y al cabo no sé en qué escala del deshonor puede ser medido el hecho de que hubiese aceptado venir, volar en una aerolínea dudosa, ser recibido por fantasmas al punto de que nunca se nos da la bienvenida, un mimo, una patada en el culo a la hora de irnos, al punto de que no se nos entrega un programa de mano, una volante, una ruta de peligros de la ciudad, que jamás supimos ni sabremos quién es el director del evento, cómo viste ni si es fiel. Pero, y esto es una moraleja, hemos reído incontables horas con el novelista Castro y nos hemos relatado nuestras vidas. Al fin y al cabo la amistad se labra en cualquier parte, en la desgracia y mucho más, lo sé ahora, en el tedio. La amistad ha de servirnos como tabla de salvación en el mar del tedio. Por eso hablamos y hablamos y hablamos, con Castro, con un Yanko que hace horas extras de sueño y aparece a media mañana en el hall, reluciente y desesperado, y con Javier. Ahora, la feria es una bruma, un borrón sin trascendencia sumergido bajo la lluvia que cae, esporádica, sobre Caracas, algo ante lo que solo cabe la queja, la llamada de atención, el grito. Es el retrato del nuevo socialismo, de cómo las cosas no pueden ni deben ser hechas, en el Ecuador, en Perú, en Mongolia, aunque sabemos, presentimos, que este hacer encierra un contagio. Al menos los convidados, con nuestra carga de inocencia, bobería y humor negro, moros y cristianos enlazados de las manos, nos hemos puesto por primera vez de acuerdo sobre cómo no deben hacerse las cosas. Después vendrán las mentiras y las declaraciones a favor, la burocracia, el exilio, la inercia, pero esa es una historia casa adentro, la historia de nuestras vidas. La Feria ha sido una estupidez, un error, un equívoco. El socialismo —y el capitalismo de masas— es el caos.

En el hotel en el que nos confinan a la vuelta (el vuelo de la aerolínea estatal, Santa Bárbara, se ha cancelado y nos abandonan en un hotel de playa), Juan Pablo toma nota de la actitud de los gallinazos que rodean el lugar como una lúgubre amenaza. “Torva la mirada”, escribe. La verdad, me entra un miedo, un miedo contra el cual no previene la amistad siquiera. Algo que puede contaminarlo todo, algo que nos rebasa, que nos abisma e invade. Algo incrustado en la pupila negra del ave de rapiña.

El horror. Las horas.

El horror. —